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“Te amo al infinito y más allá”; Madre ha luchado 4 años por volver a abrazar a su hijo

La historia comenzó en 2020, cuando Adriana denunció a su expareja, Edgar Eduardo "N", por violencia familiar y lesiones, desde ese momento ha sufrido amenazas y enfrentado una pelea legal que parece no tener fin
Por: Marco Esquivel El Día Viernes 20 de Febrero del 2026 a las 12:24

Adriana Elizabeth Almaguer Espinosa en entrevista con medios de comunicación
Autor: Fabián Meléndez
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Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Han pasado casi cuatro años desde la última vez que Adriana Elizabeth Almaguer Espinosa abrazó a su hijo. Desde abril de 2022 no lo ha visto, no ha escuchado su voz por teléfono, no ha podido felicitarlo en persona en su cumpleaños. El niño está por cumplir nueve años. Cuando se lo llevaron, estaba por cumplir cinco.

La historia comenzó en 2020, cuando Adriana denunció a su expareja, Edgar Eduardo "N", por violencia familiar y lesiones. Un año después, asegura, vinieron las amenazas: que retirara la denuncia o atuviera a las consecuencias. En 2022, bajo engaños, él se llevó al menor. Desde entonces, la madre inició una lucha legal que hoy acumula denuncias en Fiscalía y en FENAM, audiencias diferidas, ministerios públicos cambiados y procesos que avanzan a cuentagotas.

El 4 de febrero pasado, el hombre fue vinculado a proceso por violencia familiar y lesiones. Sin embargo, en el ámbito familiar, la custodia provisional fue otorgada a él el 29 de enero. Las reglas de convivencia, que permitirían al menos un encuentro supervisado entre madre e hijo, no se han fijado. 

Las terapias de integración no avanzan porque, según la denuncia, él no se presenta. Y sin terapias concluidas, no hay convivencia. Un círculo que parece diseñado para no cerrarse nunca.

Pero detrás de los expedientes, hay una escena que Adriana no puede olvidar.

El último cumpleaños que pasaron juntos fue especial. Su hijo le pidió una mascota. Ella pensó en un perro. El niño quería una vaca. Sus abuelos viven en un ejido, así que le cumplieron el deseo. Compraron una becerra. 

Él la llamó “Yaya”, porque de pequeño no podía pronunciar bien su nombre, Edgar, y decía que se llamaba “Yayo”. La becerra creció. Tuvo crías. Sigue ahí.

El abuelo, a veces, dice que quiere venderla porque ya son muchos animales. Pero luego se detiene. “Cuando regrese mi hijo, va a ver que ahí está su vaca”, se dicen en casa. Y la cuidan como si fuera una promesa viva. Como si en cada becerro nuevo hubiera un pedazo de esperanza.

Adriana recuerda también el día que intentó verlo en 2023. Él le permitió acudir al domicilio, en un fraccionamiento privado. Dentro, asegura, fue golpeada junto a su madre. Llegaron patrullas y Cruz Roja. En el forcejeo, su hijo también fue jaloneado. Volvió a denunciar. Volvieron las demoras.

En la escuela del menor le negaron información. Le dijeron que había órdenes de restricción en su contra. Ella afirma que no existen. Ha ido acompañada de un agente ministerial. Ha presentado constancias psicológicas que acreditan que es apta para convivir con su hijo. Nada ha sido suficiente.

“¿Qué esperan? ¿Que me maten?”, pregunta con la voz quebrada. Dice que ha denunciado tres veces. Que ha cumplido cada trámite. Que ha acudido a terapia no porque esté “loca”, sino porque cuatro años sin un hijo destrozan a cualquiera.

La escena más dura no está en un juzgado. Está en su casa, frente a un teléfono.

Cada cumpleaños, cada fecha importante, le manda un mensaje aunque no tenga respuesta. Llora mientras escribe. “Te amo al infinito y más allá”, le dice. Era la frase que compartían. Él sabe que esa es su forma de decirle cuánto lo ama. Ella no sabe si él alcanza a leerlo. Pero lo escribe igual.

Sigue esperando. Dice que seguirá luchando los años que sean necesarios. Que no quiere venganza. Quiere ver a su hijo. Quiere abrazarlo. Quiere que un día vuelva al ejido y vea que “Yaya” sigue ahí, creciendo, como la esperanza de una madre que se niega a rendirse.

Porque mientras esa vaca siga pastando en el rancho de sus abuelos, hay una promesa que no se rompe: la de que algún día, al infinito y más allá, madre e hijo volverán a encontrarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

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