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Sección: Editoriales / En la Remington

El árbol retorcido y el ladrón

Por: Ricardo Hernández 02/09/2012 | Actualizada a las 10:53h
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_ ¡corre, corre!, ¡date prisa!, ¡se fue para allá! –El Cachetes se agazapó sobre un estrecho árbol de almendras. Su voz se escuchó  trémula a través del radiotransmisor.
En eso arranqué a correr  por el pasillo principal de la escuela, pero luego me detuve:
_ ¡Adelante, Cachetes! – Hablé  a través del radiotransmisor.
 
_ ¡Si, adelante, Polo!, ¿Qué novedad? –  contestó  angustiado el Cachetes.
_Le voy a salir por el otro lado –dije-, nos reunimos en la parte de atrás, donde está el árbol retorcido.
 
_ Enterado, Polo. Llévate a Polar y al Manchas. Conmigo está la Negra.
_Enterado. ¿Traes la lámpara?
 
_Si. Apresúrate, ¡ese maldito ratero se va a arrepentir!...
 
Era la media noche. La luna llena se veía blanca y resplandeciente, parecía  estar encinta con esa imagen fetal del conejo gris en su interior. Un minuto hacia la diferencia entre el día viejo y el nuevo, por lo que la manecilla del reloj había brincado a las cero horas con un minuto y ya era sábado, y perseguíamos a un presunto ladrón cuya sombra  logró ver mi compañero en la penumbra,  cerca del taller de ebanistería. Minutos antes conversábamos  el Cachetes y yo, sentados en la banca de cantera  de  la plazoleta  iluminando nuestros húmedos rostros a través de la lánguida luz de los cuatro faroles, cuando el Cachetes dijo: “al fondo se escucha ladrar a la Negra”. El Manchas y Polar estaban echados al pie de nosotros. El Cachetes se incorporó de la banca de cantera  e inmediatamente apresuró el paso para irse a asomar y darse cuenta de lo que sucedía  en las orillas de la escuela, donde  todo estaba  oscuro y era terreno baldío. Los perros al escucharlo, solo pararon las orejas, irguieron  la cabeza y estiraron la vista hasta que el Cachetes  se apartó de nuestra presencia.
 
Por las noches, solamente se encienden algunas lámparas de la escuela como la de los pasillos principales y la que alumbra la cancha de basquet  bol. La cooperativa  y la cocina se quedan con la luz apagada; a veces, por la noche, cuando hacemos el rondín de vigilancia, nos hemos llegado  a sentar en una de las bancas de madera que tienen  techo en forma de pirámide, escuché decir a una maestra que eran palapas con mesa de madera en el centro,  de esas hay quince  en total. En ese espacio se respira a puro olor a madera, pues la cocina y la cooperativa están construidas de madera también.  Todo ello está justo en medio de tres edificios en frente y otros tres edificios a tras.
 
El taller de mecánica está entrando por la puerta principal de  la escuela a mano izquierda, pegado a la pared que da a la calle, enseguida sigue el de soldadura,  dando vuelta a mano derecha de éste  y a escasos metros de distancia, están dos naves en construcción cuyos techos son esqueletos de estructuras metálicas;  más al fondo  está un árbol de mezquite muy singular, no tiene nada de extraordinario en el día, cualquiera pensaría que da mal aspecto en esa parte del terreno que está vacío; ese árbol está retorcido como una hoja de papel y sus hojas tienen un color amarillento ocasionado  por los quemantes rayos del sol. Llegada la noche, el árbol adquiere una sombría apariencia, las ramas parecen los cabellos desaliñados de una andrajosa anciana, y de lejos parecería  que esa anciana estuviera observando  hacia la tierra, con su cuerpo viejo y encorvado. A escasos metros de distancia frente a éste árbol, se encuentra el taller de ebanistería.
 
 Al Cachetes, le hablé del árbol cuando recién llegamos a trabajar en esta escuela, y desde ese día, a él no le gusta para nada darse un vuelta por este lugar, sobre todo en la noche, y mucho menos cuando es  luna llena.
 
_Me voy a ir por el taller de mecánica –di un traspié, enseguida continué trasmitiendo-, hasta llegar cerca de las naves. Tú acércate con cuidado al taller de ebanistería, pégate a la pared, pero no enciendas la lámpara, solo hasta que yo te indique, ¿entendiste?
 
_Creo que sí, Polo, solo que esta maldita perra no para de estarme  mordiendo el pantalón –El Cachetes agachado, avanzaba a pasos cortos, arrastrando a la perra que yo había bautizado como la “Negra”.
 
Los tres perros normalmente seguían al Cachetes por donde quiera que andaba, esta vez fue la excepción,  al escuchar  ladrar a la Negra,  al fondo, mi compañero se fue a investigar el motivo, quizá  la perrita al verlo que se acercaba, se le pudo haber olvidado por qué causa ladraba tanto.
 
_ ¡Adelante, Cachetes!  –Transmití con voz baja.
 
_Si. Adelante, Polo. Te escucho. Estoy en la esquina del taller.
 
_ ¿Alcanzas a ver algo?
 
_No. Nada. ¿Y tú?...
 
_ ¿Estará escondido en el árbol retorcido?
 
_ ¿Y los perros, Polo? ¡Aviéntale los perros!...  Arroja una piedra hacia el árbol, tiene que salir.
 
_Esta bien, solo que hay un problema, Cachetes, éstos perros parecen unos niños, están jugando,  se revuelcan a cada rato. Vamos a hacerle frente solo tú y yo. Alúzale al árbol, y si ese ladronzuelo corre hacia a ti,  lo atacamos, a lo mejor los perros se acercan: ¡Hazlo! ¡Ahora!
 
Un viento fresco se sintió enseguida y comenzó a agitar  las ramas del árbol de mezquite, y yo veía –a mi manera-  ondular los cabellos opacos de la vieja al mover la cabeza, quejándose y diciendo: “¡no!”, “¡no!”, “¡no!” y… “¡no!”.
 
_  ¿Lo viste, Polo?... ¿adelante, Polo?... ¿Polo?... ¿Polo? –El Cachetes con la mano izquierda giraba la lámpara aluzando hacia todos lados, después volvió aluzar al árbol retorcido; con la mano derecha sostenía el radiotransmisor pegado a su boca;  estaba en cuclillas recargado en la esquina de la pared del taller de ebanistería junto  con la Negra que seguía mordiendo  la bastilla de su pantalón de la pierna izquierda.
 
Arrojé hacia el árbol una piedra  grande como del tamaño del puño de mi mano, tal como se le pudo ocurrir al Cachetes. Guardé silencio, se escuchó un  silencio... Esperé  a que algo se moviera, o que el Cachetes hiciera algo que llamara la atención del ladrón.
_ ¿Polo, estás ahí?, ¿Te pasó algo? ¡Adelante, Polo, contesta!
 
_ ¡Ssh! ¡silencio!, ¡silencio! –Musité a través del radiotransmisor. Después de un breve rato dije -: Cachetes, dejémonos de bromas,  aquí no hay ningún ladrón, de lo contrario los perros lo sabrían. ¿Estas seguro que viste una sombra cuando la perra ladraba?
 
Salimos de nuestra trinchera  y nos fuimos acercando sigilosamente al árbol retorcido, Polar y el Manchas se correteaban por las orillas del terreno baldío, enseguida la Negra los siguió.
 
_ ¡Te lo juro Polo,  que vi una sombra!
 
_ ¿Hacia dónde ladraba la perra?
 
_Justo hacia éste árbol – Señaló con la antena del radiotransmisor y le dio unos golpecitos con la punta de su pié derecho al árbol.
 
_ ¿Estás seguro, Cachetes? – Se me erizaron los bellos de los brazos y mi voz cambió de tono.
 
De pronto un murciélago revoloteó  cerca del árbol  en un vaivén constante y  las ramas  comenzaron a crepitar. Nos agachábamos sin perder de vista a esa ave nocturna que revolaba sobre nuestras cabezas sin romper la quietud del aire. El Cachetes se desabrochó el primer botón de su camisa y metiendo la mano en su interior sacó un crucifijo de madera que pendía de su cuello, en lugar de aluzar con la lámpara, se estiraba el crucifijo,  apuntando con éste al  murciélago como si hubiera descubierto la formula precisa para espantarlo.
 
_ ¡Vámonos, Cachetes! Aquí no hay nada.
 
_ Si, Polo, vámonos, esta cosa es de mal agüero. ¿Y los malditos perros?  No más se la pasan jugando, no paran de hacer eso, juegan en la mañana, en la tarde, en la noche y ¿qué mas hacen? ¿Eh?...
 
_Estoy seguro que la Negra vio otra cosa, ¡pájaro implume! y no a un ladrón, ni al dichoso árbol, algún ratón quizás, por eso no han parado de jugar el Manchas y Polar, sé que son buenos perros y no dudo de su capacidad. Por cierto, ¿descansas primero tú o me voy  enseguida?
 
_Vete tu primero, Polo, cualquier cosa, te hablo.
 
_Tendré en volumen alto el radio, ya sabes la clave para alertarme, oprimes dos veces este botón –con el radio en la mano izquierda le señalé el botón moviendo el pulgar -,  enseguida me levanto,  ¿de acuerdo?
 
_...de acuerdo… 

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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