Aunque la novela de Mario Vargas Llosa es sin lugar a dudas una excelente novela que causó grandes polémicas en el Perú luego de su aparición en 1963, en este espacio no voy a referirme a la obra literaria, sino hasta el final. Haré referencia por lo pronto a la cantidad de perros sueltos que han sido, son y seguirán siendo un peligro inminente para la población.
Específicamente en las colonias: La Estrella, Enfermeras, Vamos Tamaulipas, La Peregrina, entre otras de ese sector. Vayamos al grano. A inicios de este año 2015, allá por el mes de enero, cuando el frío de invierno no dejaba de atenuar, y los tenues rayos de sol apenas lograban tibiar el rostro de las personas, estando yo en el negocio de abarrotes de un buen amigo, en la colonia La Peregrina, siendo la hora como eso de las once de la mañana, se presentaron tres jóvenes de tez morena, uno de ellos de complexión delgada, y los otros, de cuerpo ancho.
Se habían quitado la chamarra, incluso el suéter. Dos de ellos se dirigieron al refrigerador y sacaron tres refrescos de botella de vidrio. Al momento de pagar, don Jaime le preguntó a uno de ellos que qué era lo que le había sucedido al amigo que se manoseaba con delicadeza el músculo del brazo izquierdo; en el rostro de este hombre se reflejaba una expresión de terror, de miedo.
El hombre más ancho de espaldas, dijo que ellos provenían de la ciudad de San Luis Potosí a comerciar baños, bandejas, que se ocupan para almacenar agua, y que por acuerdo de los tres, decidieron hacer una parada en la colonia Las Enfermeras.
Una vez que estacionaron su camión, buscaron una tienda abierta por el lugar. Caminaron por una calle, a esa hora, vacía.
Sin que ellos se lo esperaran, vieron como un perro, de pronto, se lanzó contra la humanidad de uno de sus compañeros, específicamente del hombre delgado, quien intentando huir del animal, cayó al suelo hasta que el perro le fue quitado por los dueños: el joven comerciante tenía dramáticamente desgarrado el músculo del brazo izquierdo.
De acuerdo a las versiones de sus dos compañeros no heridos, pero asustados, expresaron que no pondrían ninguna denuncia contra los dueños del perro ya que aquellos lograron llevar al herido hasta la clínica.
Lo cierto es que el comerciante se quejaba de la mordida; eso fue, repito, a inicios de año. Los días transcurrían como todo en la vida. Por el mes de mayo, cuando el curso del sol se encuentra en el peor momento de calentamiento en la bóveda celeste, doña Cleotilde, mujer de la tercera edad, apoyándose de su bastón, salió de su casa una calurosa mañana del domingo.
Como jamás le había sucedido algo en las empedradas calles de la colonia Vamos Tamaulipas, nunca llegó a imaginar (ni a soñar, por supuesto), que una perra recién parida, la fuera a atacar, derribándola inmediatamente al suelo, causándole una impresionante mordida en el pie derecho.
Doña Tiodula esperaba a su amiga, Cleotilde, en su casa.
Con el pie desangrado, Cleotilde llegó finalmente a la casa de su amiga. Aunque después la mujer herida se recuperó, lo cierto es que a partir de ahí tiene pavor caminar sola por cualquier calle de la colonia.
En la colonia Libertad, a un lado del ex rastro municipal existe una calle privada, empedrada, maloliente e infestada de perros. Justamente cuando iba pasando por ese lugar para cruzar hasta el otro extremo de la calle, me salieron tres perros negros, si no fuera porque en lugar de correr, los enfrenté con coraje, los animales me hubieran atacado hasta hacerme harapos.
Una señora salió de su casa para ver lo que ocurría con tanto ladrido. Al ver que los perros se habían alejado de mí, y yo de los perros, exclamó: “¡Esos pinches perros acaban de morder a un señor apenas hace un momento, le desgarraron el pantalón, que por cierto, tuvo que pagárselo el dueño de éstos animales!”.
Si de historias de mordidas de perros se trata, solamente basta con que uno comience a platicar con las personas que viven en estos lugares para darse cuenta de la proliferación de esos animales que andan sueltos y sarnosos, que atacan a los transeúntes; lo peor del caso es que son de raza de pelea, cruzados, pero no dejan de ser peligrosos.
Por si fuera poco, otro caso que escuché, fue motivo de una riña entre dos mujeres, aunque no llegó a mayores. Una era dueña de la perra, la otra, mamá del niño herido. La historia es breve: se llevaron a la perra detenida, y a los pocos días, el animal se paseaba como dueña de la calle.
La verdad, ¡es increíble ver tanto animal suelto!
Me he referido hasta aquí a los perros sueltos, ahora vayamos a los que se encuentran amarrados.
Tal vez no sea necesario mencionar tal o cual colonia, basta decir que en las ya mencionadas en el inicio de esta columna. He visto perros atados de ventanas de casas; con cadenas pesadas; perros amarrados de árboles sin sombra cuando el sol se encuentra su cenit; perros amarrados de arbolitos en solares enmontados; perros amarrados de ventanas cuando al parecer sus amos salieron de vacaciones; perros en azoteas de casas, etc.
La pregunta obligatoria es: ¿a qué autoridad se supone que le compete alguna inmediata acción al respecto? ¿Necesariamente tiene que haber quejas para emprender una acción correctiva?
Doña Cleotilde no interpuso ninguna demanda contra el dueño de la perra, pero ¿a cuántos más no habrá mordido el animal?
De hacer un conteo de perros sueltos tan sólo en una colonia, cualquiera de las ya mencionadas, quizá estamos hablando de cien, y tal vez me quedo muy…, pero muy corto.
Tener perros no es ningún delito, se sabe que son los mejores amigos del hombre, ¿pero qué diría el perro con respecto al maltrato recibido por su amigo si éste lo maltratara y hablara?
Tal vez no se tenga que esperar a otra administración municipal para reparar los daños causados por mordedura de perros. Algo se tiene que hacer al respecto. Es una imagen pésima ver en las colonias tanto animal suelto, apestosos, sarnosos, algunos sin dueño; los pobres animalitos no tienen la culpa, reaccionan por instinto y por hambre.
Hace un par de días, un matrimonio de ancianos esperaron a que llegara yo a su casa para tomarme un café. La ancianita me veía con ojos inquisitivos, una chispa de alegría destello a través de sus pupilas. Al momento de servirme una taza de café, expresó:
“Le tengo un regalito. Estoy seguro que le agradará. ¡Viejo!, ¡trae la Corbata!” Imaginé una corbata amarilla; una corbata azul con rayas; tal vez una roja: el anciano traía entre sus manos un cachorro de apenas dos semanas de nacido; parecía de peluche, era de pelo negro con una raya blanca en el pecho. Por ese motivo la ancianita le había puesto Corbata.
Cuando me dijo que ese era mi regalito, sentí mucha pena al decirles que no podía aceptarlo. Entre todo mi argumento, les expliqué una de las principales razones: No me gusta que los animales sufran la ausencia del amo; es decir, el descuido. Yo por lo general _continué_, no estoy en casa. Les voy a agradecer que ese perrito se lo obsequien a quien sí pueda cuidarlo.
Los ancianitos comprendieron mis palabras.
LA CIUDAD Y LOS PERROS, LA NOVELA
Mario Vargas Llosa sabía de antemano la conmoción política que causaría su obra literaria en el Perú, por ello, y tal vez por sugerencia de amigos, se tuvo que ir hasta España lugar donde terminaría la novela que, a mi gusto, es una de las mejores del escritor peruano.
Se supo que la novela fue incinerada en los patios del colegio Leoncio Prado por verse reflejado en una verdad convertida en mentiras.
Vargas Llosa lo sabía desde que comenzó a guisar la historia en su mente. Mientras los críticos discutían si la novela pertenecía al género negro, o de la línea policiaca, por aquello del robo de exámenes, cómplices y demás; lo cierto es que en el Perú no deseaban saber del escritor. ¡Y cómo son las cosas!, no pasó mucho tiempo cuando todo el mundo tenía puesto los ojos en un Perú lleno de conflictos políticos, y puesto los reflectores en un escritor de primer nivel que marcaría un nuevo estilo de hacer novela, a un ejemplo vivo, a un artista capaz de transformar las mentes de las nuevas generaciones de escritores. Todo mundo volteó a ver y a preguntar quién era ese escritor joven cuya carrera literaria era merecedora del Premio Biblioteca Breve de 1962 y Premio de la Crítica en 1963.
Vargas Llosa llegó a declarar alguna vez que el problema que tuvo su padre al tener un complejo de inferioridad en su relación con su madre (ya que ella era de buena familia y conservaba principios morales y religiosos), fue por los complejos morales de ésa época, y por las consecuencias de un mal régimen de gobierno.
La crítica resolvió finalmente que lo que Mario Vargas Llosa había hecho era simple y sencillamente: ARTE; arte al estilo moderno, arte como su maestro Flaubert.
La ciudad y los perros es una historia de jóvenes cadetes, se trata del robo de exámenes, de una chica que espera a su novio (El Esclavo)), pero que el tal Alberto madruga al amigo con la novia. Un conflicto entre Alberto, protagonista, y su padre. Es una novela de lo mejor que siempre he leído.