Lo que aprendí en la campaña de Bernie Sanders
En 2020, Los Ángeles parecía una ciudad suspendida entre el silencio y la sirena. La pandemia de COVID-19 había vaciado sus avenidas, cerrado comercios y confinado a millones de personas. Las noticias hablaban de contagios, hospitales saturados, desempleo y muerte. Estados Unidos se encaminaba, además, hacia una de las elecciones presidenciales más tensas y polarizadas de su historia reciente.
Yo acababa de concluir mi etapa de trabajo en el Consulado de México y tuve la oportunidad de participar en actividades de la campaña interna del Senador Bernie Sanders por la nominación presidencial del Partido Demócrata, particularmente en la promoción del voto latino. Realicé tareas de organización territorial y recorridos puerta por puerta, el tradicional door to door de las campañas estadounidenses, para conversar con la comunidad, explicar las propuestas y promover su participación.
En muchas de aquellas jornadas me acompañó entre tantos, una voluntaria de más de setenta años, de cabello rojo escarlata y rizado, con una vitalidad capaz de desmentir cualquier calendario. Creía profundamente en el proyecto de Bernie. Durante la primera campaña había aportado recursos para sostener una oficina y, en 2020, continuaba entregando su tiempo y parte de su propio dinero.
Vivía modestamente y no pertenecía a ninguna élite económica; precisamente por eso su compromiso me parecía tan poderoso. No contribuía porque esperara un contrato, un nombramiento o una fotografía con el candidato. Lo hacía porque estaba convencida de que una sociedad diferente todavía era posible. Era vivaz, divertida y su energía terminaba contagiando a quienes recorríamos las calles con ella.
Aquella mujer me recordó la importancia de una campaña de tierra. Las redes sociales pueden amplificar un mensaje, los anuncios pueden repetir un nombre y las encuestas pueden medir tendencias, pero ninguna herramienta sustituye completamente el encuentro personal. Cuando alguien abre la puerta de su casa, la política deja de ser una estadística: aparecen el empleo que no alcanza, la enfermedad que no se puede pagar, la deuda universitaria y la desconfianza hacia las instituciones.
No todas las puertas se abren ni todas las personas quieren conversar. Sin embargo, ahí se construye la confianza política más profunda: no hablándole a un segmento electoral, sino mirando a una persona a los ojos. Bernie era el candidato, pero voluntarios como ella eran quienes convertían sus ideas en presencia territorial.
Sanders no llegó a 2020 como un desconocido. Cuatro años antes había disputado contra la primera Secretaria de Estado en la Administración de Barack Obama, Hillary Clinton, la nominación demócrata mediante una campaña sostenida por jóvenes, trabajadores y ciudadanos que no se sentían representados por la estructura tradicional del partido. Clinton obtuvo la candidatura, pero entre numerosos simpatizantes de Bernie quedó la convicción de que el movimiento había chocado contra el establishment. Los correos del Comité Nacional Demócrata filtrados aquel año exhibieron la hostilidad de algunos funcionarios hacia Sanders y obligaron al partido a ofrecer una disculpa pública.
El desencanto tuvo consecuencias. Donald Trump comprendió mejor que muchos dirigentes demócratas la profundidad del enojo social. Se presentó como enemigo de las élites políticas de Washington, particularmente de la familia Clinton, aunque él mismo pertenecía a la élite económica. Mientras Sanders dirigía el malestar hacia la concentración de la riqueza, los bajos salarios y el poder corporativo, Trump lo canalizaba contra el establishment, los migrantes, los medios de comunicación y los supuestos enemigos internos. Ambos identificaron el descontento, pero decidieron conducirlo hacia lugares diferentes.
Bernie volvió a buscar la candidatura en 2020. Esta vez la competencia terminó concentrándose alrededor del Vicepresidente de Obama, Joe Biden, en quien confluyeron buena parte de las fuerzas tradicionales del partido. La herida de 2016, sin embargo, permanecía abierta.
El lema de la campaña era “Not me. Us.”: no se trata de mí, sino de nosotros. En sus materiales aparecía otra frase que explicaba su modelo político: “Paid for by Bernie 2020, not the billionaires”; pagado por Bernie 2020, no por los multimillonarios. La campaña se sostenía fundamentalmente mediante pequeñas aportaciones ciudadanas, en contraste con las candidaturas apoyadas por grandes donantes e intereses económicos.
La diferencia con México era importante. En nuestro país, el financiamiento público de los partidos debe prevalecer sobre el privado. En Estados Unidos existe un programa federal voluntario para las campañas presidenciales, pero acceder a él implica aceptar límites estrictos de gasto. Por esa razón, las candidaturas competitivas contemporáneas suelen renunciar a esos recursos y dependen fundamentalmente de aportaciones privadas.
No era lo mismo reunir millones de pequeñas contribuciones que depender de grandes fortunas. El dinero seguía siendo privado, pero su procedencia modificaba la relación política. La apuesta de Bernie consistía en demostrar que muchas aportaciones pequeñas podían competir contra el peso económico de unos cuantos.
Sanders se define como socialista democrático, una expresión que todavía provoca fantasmas. Muchas personas escuchan la palabra “socialista” e imaginan expropiaciones, partido único, abolición de la propiedad privada y control absoluto del Estado. Sin embargo, sus propuestas no equivalen al comunismo ni plantean eliminar las elecciones, la iniciativa privada o el libre mercado.
El socialismo democrático de Bernie sostiene que la democracia política debe acompañarse de justicia social y económica. Defiende que el acceso a la salud, la educación y una vejez digna no debería depender exclusivamente del dinero de cada persona; propone fortalecer los derechos laborales, reducir las deudas estudiantiles, cobrar mayores impuestos a las grandes fortunas y limitar la influencia corporativa.
Buena parte de su programa se aproxima a la socialdemocracia europea: una economía de mercado regulada, empresas privadas, elecciones libres e instituciones democráticas, pero también un Estado capaz de reducir desigualdades y garantizar derechos sociales. No se trata de que el gobierno controle la economía, sino de impedir que la economía termine controlando la democracia.
Para Sanders, la justicia social no era una idea descubierta durante una elección. A lo largo de varias décadas sostuvo esencialmente las mismas causas, incluso cuando hacerlo no resultaba popular. Se puede estar de acuerdo o no con sus propuestas, pero resulta difícil acusarlo de haber inventado sus convicciones después de consultar una encuesta.
Otro detalle que me impresionó fue la seriedad con la que la campaña abordó mi posible incorporación formal. Me ofrecieron un contrato con salario, prestaciones y los derechos laborales correspondientes. Sin embargo, después de revisar mi situación migratoria, el documento no pudo ser autorizado: mi visa diplomática y mi autorización para trabajar estaban vinculadas exclusivamente a las funciones que había desempeñado en el Consulado de México.
El contrato, por lo tanto, nunca llegó a firmarse. Lejos de restarle valor a la experiencia, aquello me permitió observar algo importante: la campaña no intentó ignorar la restricción, pagarme por fuera ni disfrazar una relación laboral. Si no era posible contratarme conforme a la ley, sencillamente no se formalizaba la contratación.
La diferencia con muchas campañas mexicanas era inevitable. En nuestro país, miles de jóvenes, brigadistas, operadores y profesionistas trabajan durante meses sin contrato, prestaciones ni horarios definidos. Si tienen suerte, se les paga en efectivo; si no, reciben palmadas, promesas y la esperanza de que el candidato recuerde sus nombres después de ganar. Si el proyecto pierde, descubren que también perdieron su tiempo, sus ingresos y cualquier posibilidad de reclamar lo acordado.
Las campañas hablan de justicia social mientras precarizan a quienes las hacen posibles. Esta práctica no pertenece exclusivamente a un partido: se ha normalizado en campañas de todos los colores. En la campaña de Bernie encontré, al menos en este episodio, una lógica distinta: los derechos laborales y el cumplimiento de la ley debían comenzar por casa. La justicia social no podía esperar hasta llegar al gobierno.
La experiencia también tuvo su lado cómico. Alrededor de la campaña conocí a algunos activistas vinculados con el Democratic Socialists of America. DSA no es formalmente un ala del Partido Demócrata, pero dentro de su ecosistema progresista representa una de las expresiones más radicales y organizadas de la izquierda. Entre bromas y largas discusiones ideológicas, mi presencia despertaba curiosidad.
Yo no pertenecía a DSA ni era particularmente afín a sus posiciones; simplemente conocía a algunos de sus integrantes. Era mexicano, acababa de trabajar en una representación diplomática y aparecía interesado en el movimiento de Sanders. Durante algún tiempo tuve la impresión de que algunos me consideraban una especie de espía del gobierno mexicano: un internacionalista tamaulipeco infiltrado para derrocar la revolución socialista de California.
La hipótesis era bastante generosa con nuestras capacidades de inteligencia. La anécdota me hizo sonreír, pero también me enseñó que todos los movimientos pueden construir sus propias aduanas ideológicas. La izquierda tampoco está exenta de prejuicios, dogmatismos y contradicciones. Una causa justa no vuelve automáticamente infalibles a quienes la defienden.
La pandemia golpeó directamente la esencia de la campaña. El movimiento de Sanders se alimentaba de concentraciones multitudinarias, voluntarios, conversaciones frente a frente y organización comunitaria. De pronto, las calles quedaron vacías, las reuniones fueron canceladas y la energía colectiva quedó reducida a llamadas telefónicas y pantallas.
No porque el confinamiento hubiera sido diseñado para detener a Bernie, sino porque afectaba precisamente su mayor fortaleza: reunir físicamente a miles de personas alrededor de una causa. La estructura tradicional del partido podía apoyarse en su maquinaria y sus relaciones; una insurgencia política necesitaba las calles.
Para entonces Biden ya había construido una ventaja importante y buena parte del establishment se había agrupado alrededor de su candidatura. El encierro no fue la única causa del desenlace, pero terminó de cerrar el espacio en el que Bernie podía intentar revertirlo. Sanders suspendió su campaña en abril de 2020. Había terminado una candidatura, pero no la conversación que había provocado.
Estados Unidos atravesaba una emergencia que no era solamente sanitaria. Millones habían perdido sus empleos o visto reducidos sus ingresos; los negocios permanecían cerrados y las deudas se acumulaban. Después comenzaron a llegar los cheques federales de estímulo, que representaron un respiro, pero no podían disipar la incertidumbre económica ni reparar el desgaste emocional.
Los Ángeles estaba bajo presión y hacía un calorón tremendo. El aire caliente parecía inmóvil y volvía todavía más pesado el encierro. Al temor de enfermar se sumaban el aislamiento, el desempleo y la sensación de que la vida cotidiana podía derrumbarse. La ciudad aparentaba quietud, pero debajo del silencio se acumulaban miedo, cansancio y enojo.
En ese ambiente ocurrió el asesinato de George Floyd a manos de un policía en Minneapolis. Las imágenes de su asfixia recorrieron el mundo y la gente salió molesta a las calles para denunciar una historia mucho más larga de racismo, abuso policial y desigualdad ante la ley. Aquella indignación tenía raíces propias en la historia estadounidense. La pandemia no originó el reclamo, pero encontró a la sociedad exhausta, económicamente golpeada y emocionalmente al límite.
El silencio del confinamiento fue sustituido por helicópteros, patrullas, consignas y movilizaciones. En plena pandemia y bajo un calor sofocante, miles decidieron que permanecer callados también representaba un riesgo. Estados Unidos discutía el racismo institucional, la desigualdad económica, la actuación de la policía y el futuro de su democracia.
Aquello confirmó que la justicia social no era una abstracción académica. Se encontraba en la posibilidad de conservar un empleo, recibir atención médica, pagar una vivienda, caminar sin miedo frente a la policía y ser tratado con dignidad sin importar el origen o el color de la piel.
Con el tiempo entendí que la justicia social tampoco se limita al salario, la educación o los servicios médicos. Incluye cuidar la salud mental, contar con comunidades que acompañen y recibir atención antes de que una crisis destruya una vida. La prevención, el bienestar y la construcción de paz también forman parte de una sociedad más justa.
En aquel 2020, mientras Los Ángeles contenía la respiración entre la pandemia, el calor, las protestas y la incertidumbre electoral, comprendí que una campaña no puede prometer para el futuro lo que se niega a practicar en el presente. La justicia social comienza en la forma de financiar una campaña, respetar los derechos de quienes participan, escuchar a una comunidad y reconocer la dignidad de quienes suelen permanecer invisibles.
Bernie se aproximaba a los ochenta años y, sin embargo, representaba para millones de jóvenes una alternativa más renovadora que muchos de sus adversarios. Aquella experiencia me confirmó que la justicia social no se demuestra con eslóganes y que el relevo político no depende de la edad. Ambos comienzan en la congruencia entre lo que se promete y la manera en que se ejerce el poder.
El verdadero relevo no se mide en años ni en fotografías. Se mide en ideas, congruencia y justicia social.
Rola del día: Changes de 2Pac https://www.youtube.com/watch?v=eXvBjCO19QY&list=RDeXvBjCO19QY&start_radio=1
Jorge Alejandro Torres Garza
Es internacionalista con una maestría en Ciencia Política y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Durante su carrera realizó un intercambio en España y ha trabajado en los tres niveles de gobierno tanto en México como en Estados Unidos, incluyendo en un consulado de México en la zona de Los Ángeles, California. También ha participado en campañas políticas en México, colaborando con candidatos a alcaldes, diputados locales y gobernadores, así como en la campaña del senador de la República y precandidato presidencial del Partido Demócrata, Bernie Sanders, en Estados Unidos.
Recibió el reconocimiento "30 Under 30 Award" por la Asambleísta Eloise Gómez Reyes del Congreso del estado de California, un galardón que distingue a jóvenes líderes menores de 30 años por su dedicación, innovación y servicio a la comunidad.
Su pasión por el bienestar y la transformación social lo llevó a fundar Vibra/TAM, una asociación civil que promueve la salud mental de jóvenes a través de la música y las artes. Actualmente, brinda consultoría en desarrollo económico, turismo y salud mental, integrando enfoques holísticos y sostenibles.
Es amante de la música, disfrutando géneros como el rock clásico, jazz, electrónica, folk e indie. También es un practicante comprometido de yoga, meditación y senderismo, actividades que inspiran su conexión con la naturaleza y el bienestar integral.
Correo electrónico: jatorresgarza@gmail.com
Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ