Hoy es Martes 15 de Septiembre del 2026


Antes de gritar ¡Viva México!

Por: David Vallejo El Día Martes 15 de Septiembre del 2026 a las 09:39

La Nota se ha leido 320 veces. 320 en este Día.

Vengo de los pueblos originarios y de España. Vengo del maíz y del trigo, del cacao y del olivo, de lenguas que nombraban estas montañas mucho antes de que alguien imaginara cruzar el océano y de hombres que llegaron desde el otro lado del mundo cargando otra lengua, otra fe, otros animales, otras formas de amar, combatir, construir y rezar. En mí, como en México, aquellas historias dejaron de caminar separadas hace siglos.

Somos hijos de un encuentro terrible y fecundo. Hubo conquista, violencia, epidemias, sometimiento y destrucción. Sería absurdo embellecerlo, pero igualmente insuficiente reducir cinco siglos de historia a vencedores y vencidos, como si después de la caída de Tenochtitlan el tiempo se hubiera detenido. De aquel choque nació algo que antes carecía de existencia, una civilización mestiza capaz de levantar una iglesia sobre un antiguo recinto sagrado y, siglos después, entrar en ella con flores y veladoras mientras afuera estallan cohetes y alguien vende tamales.

Eso somos, una contradicción que aprendió a volverse belleza. México puede arrodillarse ante un Cristo español y hablarle con palabras indígenas, celebrar a la muerte, ponerle flores, cocinar para ella y reservarle un lugar en la mesa. Puede reunir a Guadalupe y Tonantzin en un mismo horizonte espiritual sin sentir la necesidad de resolver el misterio. Las creencias se abrazaron, pelearon, se escondieron unas dentro de otras y terminaron creando una espiritualidad difícil de explicar desde la razón pura. Nuestro catolicismo aprendió a oler a copal, nuestros santos adquirieron barrio y la eternidad terminó llena de cempasúchil.

Una de las claves de México se encuentra en esa resistencia a elegir una sola pertenencia, porque tampoco existe un México, existen muchos. Está el México maya entre selvas y cenotes, el rarámuri de las barrancas, el wixárika y su peregrinación hacia Wirikuta, el purépecha de los lagos y las montañas, el zapoteco del Istmo, el mixteco de una de las memorias más antiguas de América y el nahua extendido por buena parte del centro del país. Persisten decenas de pueblos y lenguas que recuerdan algo elemental. Esta nación comenzó mucho antes de llamarse México.

Somos, a la vez, las campanas de las catedrales, los patios, los arcos, los conventos, las plazas y una lengua española que aquí dejó de ser únicamente española. La hicimos nuestra. La llenamos de chocolate, tomate, aguacate, chile, coyote, mezcal y petate. Le cambiamos el ritmo y la cruzamos con palabras indígenas hasta construir una manera de hablar que lleva la historia escondida en la boca. España transformó estas tierras y estas tierras terminaron transformando cuanto España dejó en ellas.

Nuestra comida acaso sea una de las autobiografías más precisas del país. Antes del encuentro estaban el maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el jitomate, el cacao, la vainilla y el aguacate. Del otro lado llegaron trigo, arroz, azúcar, ganado, lácteos, cítricos y especias. Cinco siglos después resulta casi imposible separar aquellas genealogías cuando uno tiene enfrente un mole, donde conviven ingredientes indígenas, europeos y asiáticos junto con la memoria de conventos, mercados, cocineras anónimas, pueblos y generaciones que fueron corrigiendo lentamente una receta que jamás perteneció a una sola persona. México recibió el mundo y lo volvió mexicano.

Nuestra cultura desborda cualquier definición. Podemos ser barrocos e indígenas, profundamente católicos y habitados por creencias anteriores al cristianismo, solemnes frente a una imagen religiosa y burlones frente a la muerte. Construimos altares y colocamos junto a los santos la fotografía de la abuela, tequila, pan, juguetes y el guiso favorito del difunto. Aquí la metafísica termina inevitablemente entrando a la cocina.

La muerte nos acompaña desde hace siglos. Sacrificios rituales, guerras, epidemias, revoluciones, terremotos y violencias contemporáneas nos enseñaron demasiado pronto la fragilidad. Frente a lo inevitable aprendimos a domesticar el miedo mediante flores, canciones, azúcar y memoria, y a entender que desaparecer y ser olvidado son cosas distintas.

Somos un territorio que parece haber exagerado deliberadamente la geografía. Desiertos y selvas, volcanes y mares tropicales, manglares, bosques, cañones, penínsulas y altiplanos contribuyeron a crear nuestros muchos Méxicos. El norte aprendió otras distancias, el sureste otros ritmos y el centro construyó ciudades sobre ciudades. Veracruz miró al Atlántico, Acapulco hacia Asia y la frontera se convirtió en un territorio de identidades cruzadas.

Mucho antes de que inventáramos la palabra globalización, por estas tierras circulaban plata americana, sedas asiáticas, ideas europeas, personas africanas y mercancías de medio planeta. Venimos de África, aunque durante demasiado tiempo lo dijimos poco, y de migraciones libanesas, judías, chinas, japonesas, francesas, italianas y de tantos otros rincones. Cada llegada dejó una huella.

Y México devolvió al mundo algo enteramente suyo. Está en una canción de mariachi escuchada en Tokio, en un taco preparado en Berlín, en Frida observada en París, en un mezcal servido en Nueva York, en una novela de Rulfo leída por alguien que jamás ha visto los llanos de Jalisco. Está en los millones de mexicanos y descendientes de mexicanos que viven al norte del Río Bravo y llevan consigo una parte del país.

El mundo nos mira y reconoce algo de inmediato, aunque muchas veces resulte incapaz de explicarlo. El color, la música, la comida, la fiesta, nuestra familiaridad con lo sagrado y lo absurdo, esa obstinación antiquísima por seguir celebrando después de la tragedia.

Amo a México porque conozco sus heridas. Amar un país pierde sentido cuando exige imaginarlo perfecto. México arrastra desigualdad, violencia, racismo, corrupción, injusticias antiguas y deudas inmensas con sus pueblos originarios, con las mujeres y con quienes emigraron buscando lo que su tierra fue incapaz de ofrecerles. La patria adulta comienza cuando podemos contemplar todo eso y seguir sintiendo que su destino nos pertenece.

Una nación tampoco es únicamente su gobierno, sus fronteras ni sus símbolos. Es una memoria compartida. México está en la mujer que convierte el maíz en tortilla antes del amanecer, en el niño que rompe una piñata sin saber que participa de una tradición centenaria, en quien todavía habla maya, náhuatl, mixteco o zapoteco, en el migrante que escucha una canción lejos de casa y durante tres minutos regresa.

A veces pienso que México es eso, una conversación de miles de años que sigue ocurriendo dentro de nosotros. Hablaron quienes miraron estos volcanes y aprendieron a sembrar maíz. Después llegaron otras voces desde el mar. Hablaron indígenas y españoles, africanos y asiáticos, criollos y mestizos, campesinos y obreros, creyentes y descreídos, revolucionarios, artistas, científicos y migrantes. Unos intentaron borrar a otros y, de alguna forma, permanecieron todos.

Yo llevo esa multitud. Vengo de quienes estaban y de quienes llegaron, de la pirámide y del convento, del maíz y del trigo, de los antiguos dioses y de Cristo, de la palabra indígena que sobrevivió a la conquista y del castellano que cruzó el océano para terminar convertido en nuestra lengua. Vengo de una historia luminosa y brutal.

Cuando llega septiembre comprendo que el grito verdadero comenzó mucho antes de la noche de Dolores. Viene de quienes pronunciaron los primeros nombres de estas montañas, de quienes atravesaron el mar sin saber que sus descendientes terminarían perteneciendo a este lado del mundo, de quienes pelearon por independizarse y de quienes levantaron un país sobre los sueños y los huesos de quienes estuvieron antes.

Ese grito sigue en las plazas y los mercados, en las cocinas y los templos, en una madre llamando a sus hijos a la mesa, en las familias que cada noviembre vuelven a poner un plato para quien ya se fue, en quienes cruzaron una frontera llevando unas fotografías, una receta, un acento y la certeza de que existe un lugar al que seguirán perteneciendo aunque nunca regresen.

Porque los países tienen fronteras, pero la patria puede caber en una canción, en un olor, en una palabra pronunciada lejos de casa, en el sabor de algo que preparaba nuestra madre, en la voz de alguien que ha muerto y que por un instante creemos volver a escuchar.

México se hereda, se cocina, se habla, se canta, se recuerda y, sobre todo, se lleva dentro. Dentro llevo a quienes estuvieron aquí antes de que existiera mi nombre, a los que hablaron lenguas que desconozco, a quienes llegaron de tierras lejanas, a los que rezaron frente a otros dioses y a los que levantaron cruces, a quienes sembraron, combatieron, construyeron, escribieron, amaron y murieron sin imaginar que una pequeña parte de ellos alcanzaría este día a través de nosotros.

Por eso, cuando llega la noche del 15 de septiembre y escucho ¡Viva México!, siento que aquello viene de mucho antes de nuestra Independencia. Escucho a los muertos, a los míos y a los de todos, a millones de vidas anónimas que hicieron posible que hoy estemos aquí, hablando esta lengua, comiendo estos alimentos, pronunciando estos nombres y llamando nuestra a esta tierra.

Entonces el grito deja de venir de una plaza y viene de adentro. Cuando digo ¡Viva México!, pienso en quienes me precedieron, en quienes amo y en quienes vendrán cuando yo tampoco esté. Y entiendo lo que estoy gritando. Que vivan los que estuvieron, los que estamos y los que vendrán. Que viva todo lo que de ellos sigue respirando en nosotros.

Que viva México.

Placeres culposos: Pedro Páramo, las letras de Rosario Castellanos, los chiles en nogada, el pozole, la lucha libre, los volcanes de José María Velasco, la Catrina de José Guadalupe Posada, Pedro Infante, María Félix, la voz de José José, las letras de José Alfredo, el “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez, el Huapango de Moncayo… y cantar “México lindo y querido” como si nadie estuviera escuchando.

Lo mejor de dos mundos para Greis y Alo.

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

DONA AHORA

Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ

Reels



HoyTamaulipas.net Derechos Reservados 2016
Tel: (834) 688-5326