Hoy es Miercoles 22 de Abril del 2026


Los libros y el arte de no desaparecer

Por: David Vallejo El Día Miercoles 22 de Abril del 2026 a las 19:00

La Nota se ha leido 312 veces. 312 en este Día.

Cada año, cuando llega el Día del Libro, algo dentro de mí se detiene un instante y vuelve a  ese gesto antiguo de abrir una página como quien abre una puerta hacia algo más amplio. A esa certeza silenciosa de que, entre todas las invenciones humanas, pocas han sido tan decisivas como el acto de leer.

Leer es una de las hazañas secretas de la especie. Parece un gesto sereno, casi inmóvil, un cuerpo detenido frente a una página, una lámpara encendida y una tarde que se diluye sin prisa. Sin embargo, dentro de esa quietud ocurre una conmoción extraordinaria. El ojo recorre signos que antes fueron tinta, fibra y luz. El cerebro recibe esas marcas y realiza una operación prodigiosa. Convierte formas en sonido interior, sonido en sentido, sentido en imagen, imagen en emoción, emoción en memoria que se aferra o libera. Cada libro activa una arquitectura íntima donde la percepción se encuentra con el lenguaje, el recuerdo con la imaginación y la razón con la sensibilidad. Leer, en el fondo, es una forma de reorganizarse.

Quizá por eso escribo. Al principio fue por ellas, por mi hija y por mi esposa, por dejarles algo que pudiera permanecer cuando el tiempo hiciera su trabajo inevitable, por intentar trascender en una palabra que las alcanzara incluso en mi ausencia. Después, la escritura encontró otros caminos dentro de mí. Se volvió desahogo en los días de lluvia, obsesión en las noches largas, reto frente a mis propios límites, un gesto inevitable de vanidad, también un intento por ordenar el caos y aliviar el olvido. Fue refugio, fue disciplina, fue una forma de conversar conmigo mismo cuando el mundo hacía demasiado ruido. Con el tiempo entendí que escribir es también una manera de fijar lo que de otro modo se perdería, una forma de insomnio voluntario donde la conciencia decide quedarse despierta un poco más para entender, para nombrar, para no dejar ir del todo aquello que importa y que si no se escribe, desaparece.

Quizá allí reside una de las grandezas menos celebradas de la cultura. Caminar, respirar, reconocer rostros, temer, desear, recordar a la madre o al padre, distinguir una tormenta, huir del peligro, amar la música y a la pareja, todo eso pertenece a la larga biografía biológica del ser humano. Leer pertenece a otra historia, la del artificio que termina injertándose en la carne. El cerebro humano llegó al mundo sin un circuito nacido para descifrar letras. Tuvo que aprender a enlazar regiones destinadas a otras funciones y crear con ellas una nueva capacidad. Cada lector repite en su propia vida una revolución antigua. Cada niño que aprende a leer reedita una de las transformaciones decisivas de la civilización.

Por eso el libro importa de una manera que rebasa la educación entendida como trámite o rendimiento. Leer fortalece la atención sostenida, esa facultad que permite permanecer dentro de una idea el tiempo suficiente para que revele su profundidad. Leer afina la memoria porque exige retener personajes, relaciones, ritmos, matices, argumentos y símbolos. Leer ensancha el lenguaje y, con ello, ensancha el mundo. La mente piensa con palabras. Cuando el vocabulario crece, la conciencia adquiere instrumentos nuevos para nombrar lo que siente, sospecha o comprende. Una persona con pocas palabras suele vivir dentro de una realidad estrecha. Una persona tocada por los libros lleva dentro un territorio vasto, un país interior lleno de caminos de cuentos o conocimiento. 

Existe además una dimensión conmovedora y casi milagrosa. La lectura permite habitar otra mente sin invadirla. Entramos en la voz de Victor Hugo y caminamos entre las sombras de París como si la ciudad nos perteneciera. Nos sentamos con Ernest Hemingway frente a un mar que pesa como una vida entera. Viajamos con Isaac Asimov hacia futuros donde la razón intenta descifrar su propio destino. Escuchamos a David Foenkinos hablar del amor con una delicadeza casi invisible. Nos perdemos en las capas de memoria que construye Orhan Pamuk, en las grietas íntimas que abre Samanta Schweblin, en la vastedad narrativa de Mario Vargas Llosa, en los territorios oscuros de Stephen King, en la sensibilidad silenciosa de Han Kang, en la introspección elegante de Javier Marías, en los laberintos infinitos de Jorge Luis Borges, en los misterios precisos de Agatha Christie, en la mirada crítica de Javier Cercas, en la melancolía profunda de Sándor Márai o en las catedrales narrativas de Ken Follett. Cada uno abre una puerta distinta y, sin embargo, todas conducen al mismo lugar, la expansión de la conciencia y la imaginación.

El cerebro, al leer, simula experiencias ajenas y las vuelve íntimas. De allí brota una forma refinada de empatía. Quien lee con hondura aprende a mirar de otra manera a los vivos y también a los muertos. Comprende que cada persona guarda un relato, una herida, un fervor, una lucha cuya superficie apenas asoma en la conversación cotidiana. En tiempos ásperos, donde la velocidad empuja al juicio instantáneo y a la caricatura del otro, leer puede ser una escuela de delicadeza.

Nuestros días vuelven esta defensa todavía urgente. Vivimos rodeados por estímulos que compiten por fragmentos de atención. El dedo se desliza, la imagen sustituye a la frase, la frase se desvanece antes de convertirse en pensamiento y el pensamiento cede ante el impulso. En medio de esa corriente, el libro propone otra cadencia. Pide paciencia, permanencia y entrega. Pide un pacto casi sagrado entre una conciencia que escribe y otra que decide acompañarla. Esa disciplina discreta fortalece una capacidad preciosa, la de habitar el tiempo. Y quien lo hace, observa mejor. Quien observa mejor comprende mejor y suele herir menos y construir con mayor sabiduría o conciencia de las consecuencias de sus actos.

Leer también protege una parte esencial de la libertad. Un cerebro acostumbrado a la complejidad resiste con mayor firmeza la consigna fácil, la manipulación sentimental y el dogma vestido de consuelo. Los grandes regímenes del miedo han sospechado siempre de los libros por una razón profunda. El lector aprende a comparar, a dudar, a reconocer contradicciones, a escuchar ecos históricos y a descubrir trampas en el lenguaje del poder. Un pueblo lector posee mejores defensas contra la obediencia ciega. Cada biblioteca es una reserva de ciudadanía sólida en estos tiempos líquidos.

Y luego aparece la belleza, ese territorio donde el libro deja de ser herramienta y se convierte en destino. Una frase puede quedarse a vivir dentro de alguien durante décadas. Una escena puede acompañar silenciosamente una decisión crucial. Un personaje puede ofrecer el reflejo que faltaba para comprenderse. La literatura obra en ese nivel invisible donde las grandes transformaciones comienzan. Sin ruido, sin espectáculo, ni likes.

El cerebro lector adquiere una elasticidad singular. Aprende a moverse entre lo concreto y lo abstracto y entre la secuencia y la interpretación. Mientras sigue una historia, anticipa, corrige, recuerda, siente, imagina rostros y voces, completa vacíos y construye atmósferas. Mientras lee historia, enlaza causas y consecuencias. Mientras lee pensamiento, sostiene ideas complejas sin simplificarlas. Mientras lee poesía, afina el oído de la conciencia. Pocas actividades convocan a la vez tantos niveles de la mente humana.

Por eso una habitación con libros produce una extraña sensación de compañía. Cada lomo guarda una voz dispuesta a regresar. Cada página contiene una forma de presencia venciendo al tiempo. Leer establece una conversación con los muertos, con los vivos lejanos y con la versión futura de uno mismo. Quien abre un libro quizá busca una historia, una idea, una compañía o una tregua. Sin advertirlo del todo, encuentra también una expansión de su propio cerebro y una ampliación de su destino interior.

Defender la lectura en nuestros días equivale a defender la profundidad contra la superficie, la atención contra la dispersión, la complejidad contra el reflejo y la interioridad contra el estruendo. Equivale a recordar que una civilización puede poseer tecnología inteligentemente adictiva y aun así empobrecerse si pierde la costumbre de leer con fervor. Porque donde la lectura se apaga, el lenguaje se adelgaza mientras la conciencia pierde precisión haciendo áspera la vida pública y la vida íntima confusa.

Leer cambia el cerebro y cambia la época. Cambia la forma de mirar, de escuchar, de disentir, de amar, de recordar y de imaginar futuros. Leer vuelve a la mente un lugar menos frágil y al alma un sitio menos desierto. Entre el ruido de esta era, con cada lectura nos jugamos la posibilidad de mantenernos plenamente humanos.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la memoria lo permiten. 

Placeres culposos: Te invito a leer mis libros “El vendedor de cuentos” (quedan muy pocos de la primera edición en Gandhi) y “Cuentos del fin del tiempo” (quedan muchos de la primera edición en Gandhi).

Punto y aparte: Gracias al ITCA por la publicación de mi libro “El rumor de un nombre”.

Mis letras para Greis y mi imaginación para Alo.

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

DONA AHORA

Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ


DEJA UN COMENTARIO

HoyTamaulipas.net Derechos Reservados 2016
Tel: (834) 688-5326 y (834) 454-5577
Desde Estados Unidos marque: 01152 (834) 688-5326 y 01152 (834) 454-5577