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Habitar la noche

Por: David Vallejo El Día Miercoles 01 de Abril del 2026 a las 20:57

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Durante mucho tiempo la humanidad aprendió a mirar el cielo como una extensión infinita que servía para explicar el origen, para proyectar dioses, para imaginar destinos, hasta que en algún punto esa mirada dejó de ser suficiente y apareció una inquietud más profunda, una necesidad de comprobar si aquello que parecía lejano podía tocarse, entenderse y, quizá algún día, habitarse. Mi imaginación favorita está en lo sideral y luego en las profundidades del mar, dos territorios donde la oscuridad guarda promesas. Ese impulso, que en apariencia pertenece a la ciencia, en realidad nace de algo más antiguo, una incomodidad persistente frente a los límites, una intuición difícil de explicar que ha llevado a la humanidad a cruzar mares, a atravesar continentes y, finalmente, a levantar la vista con una pregunta distinta sobre la posibilidad de llegar.

Cuando Sputnik 1 cruzó el cielo en 1957, el mundo sintió que algo se había movido de lugar, porque aquel objeto diminuto rompió una frontera que había permanecido intacta durante toda la historia y, al hacerlo, introdujo una verdad inquietante, la capacidad de alcanzar el espacio implicaba también la capacidad de extender el poder más allá de la Tierra. A partir de ese instante, el cielo dejó de ser solamente misterio y se convirtió en escenario. La competencia entre Estados Unidos y Unión Soviética transformó ese escenario en lenguaje, cada lanzamiento decía algo, cada órbita construía un mensaje, cada avance buscaba convencer al mundo de que un sistema político tenía la capacidad de imaginar mejor el futuro.

Cuando Yuri Gagarin orbitó la Tierra, la emoción fue global, aunque en el fondo ese viaje consolidaba una disputa mucho más profunda. Cuando el Programa Apolo logró colocar al ser humano en la Luna, la imagen parecía definitiva, casi perfecta, una síntesis de inteligencia, ingeniería y voluntad, aunque detrás de esa escena existía una paradoja que el tiempo terminaría revelando, porque aquella hazaña extraordinaria también marcó el inicio de una pausa, una especie de silencio en el que la humanidad decidió que había llegado lo suficientemente lejos, como si tocar la Luna hubiera sido el final del camino y no el inicio de algo más grande.

Durante décadas esa idea se instaló con fuerza, mientras el espacio se llenaba de satélites y sistemas que transformaron la vida cotidiana sin necesidad de repetir aquella épica inicial, hasta que, lentamente, comenzó a percibirse que la historia había quedado inconclusa, que aquel momento había sido una demostración, una conquista simbólica sin continuidad. Ese vacío es el que comienza a llenarse ahora con el Programa Artemis, cuyo significado trasciende la tecnología que lo hace posible, porque plantea una ambición distinta, más silenciosa y al mismo tiempo más profunda, una ambición que busca permanencia.

Hoy, con Artemis II en trayectoria hacia la Luna tras un lanzamiento exitoso que devolvió a la humanidad al espacio profundo después de más de medio siglo, la sensación que se instala resulta difícil de describir con precisión, porque se trata de algo que ocurre por segunda vez y, sin embargo, se siente completamente nuevo sobre todo para los de la generación X y los que llegaron después. Cuatro astronautas viajan en la nave Orion impulsada por el cohete SLS, recorriendo una distancia que vuelve a colocar al ser humano en un territorio donde la Tierra deja de ser referencia inmediata, donde la comunicación se interrumpe al cruzar la cara oculta de la Luna y donde, durante algunos minutos, el silencio del espacio adquiere una dimensión absoluta. Esa imagen, más que cualquier dato técnico, revela la magnitud del momento.

a diferencia con el pasado resulta evidente, el Programa Apolo respondió a la urgencia de demostrar capacidad en un contexto de competencia directa, mientras Artemis responde a una lógica distinta que tiene que ver con permanencia, con la construcción de condiciones que permitan que la presencia humana deje de ser episódica y comience a volverse continua. Ese cambio obliga a enfrentar problemas de otra escala, relacionados con la vida misma, con la energía, con el uso eficiente de recursos y con la adaptación del cuerpo humano a entornos que durante siglos pertenecieron únicamente a la imaginación.

En ese proceso, la Luna deja de ser una meta y comienza a entenderse como un punto de partida, como un espacio donde se ensayan las condiciones necesarias para sostener la vida fuera de la Tierra, donde el hielo puede transformarse en agua, en oxígeno, en combustible, donde la superficie se convierte en base, en infraestructura y en posibilidad. Lo que antes parecía un destino lejano empieza a parecerse a algo mucho más concreto, un lugar donde se construyen las primeras piezas de una arquitectura mayor que apunta hacia Marte y más allá.

Ahí aparece una dimensión que transforma por completo la manera de entender la exploración, porque por primera vez la humanidad contempla con seriedad la posibilidad de una economía fuera de la Tierra, un sistema en el que la extracción de recursos, la generación de energía y la construcción de infraestructura se convierten en actividades sostenidas, capaces de producir valor, de articular nuevas industrias y de modificar el equilibrio tecnológico global. La Luna comienza a perfilarse como el primer nodo de esa economía, un espacio donde la innovación deja de ser únicamente científica y adquiere una dimensión productiva.

Esta transformación también redefine la idea de poder, porque el liderazgo ya no se construye únicamente a partir de la capacidad de llegar, sino de la capacidad de permanecer, de organizar y de integrar. La propia tripulación de Artemis II refleja ese cambio, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen encarnan una narrativa distinta, una en la que el espacio se presenta como una empresa que busca representar a la humanidad en su conjunto, incorporando diversidad, experiencia e integración internacional como parte del mensaje. Esa composición dice tanto como la tecnología que los transporta.

Cada etapa de la historia moderna ha estado marcada por la expansión de sus límites, por la decisión de avanzar hacia lo desconocido aun cuando el costo resultaba incierto, y el espacio aparece ahora como la siguiente frontera natural, aunque con una diferencia esencial, porque esta vez el desafío consiste en transformar las condiciones de la vida, en aprender a sostenerla en entornos donde nunca antes había existido.

Mientras la nave se aleja y la Tierra se reduce a una imagen suspendida en la oscuridad, comienza a instalarse una sensación que combina asombro y vértigo, la conciencia de que algo está cambiando de manera irreversible. Y en ese desplazamiento, casi imperceptible y al mismo tiempo histórico, la humanidad comienza a entender que su historia, aquella que durante milenios se escribió en un solo planeta, está a punto de ampliarse, mientras imaginamos un mundo extraterrestre que, en el fondo, también busca volverse más humano.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el viaje lo permiten.

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Mi cielo para Greis y mis estrellas para Alo.

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

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