Hackear la idea de inteligencia
En días recientes estuve viendo algunas películas sobre hackers. Siempre aparecen retratados como figuras casi míticas: personas que dominan las computadoras con una soltura que roza lo sobrenatural. Frente a esas imágenes surge una idea inmediata, casi automática: deben ser extremadamente inteligentes. Pero esa certeza inicial empezó a fallar y dio paso a una pregunta más incómoda: ¿se trata realmente de inteligencia o de algo distinto?
No quise dejar la duda flotando como simple curiosidad. Decidí llevarla a una conversación con la Inteligencia Artificial, no para que me diera una respuesta definitiva, sino para examinar el sistema desde otro ángulo. La IA, fiel a su lógica exploratoria, aceptó el ejercicio sin resistencia.
De ese diálogo quedó algo revelador. En el caso de los hackers, la clave no está necesariamente en una inteligencia superior, sino en una habilidad entrenada: la capacidad de ver lo que otros no ven. Donde la mayoría observa una interfaz, ellos detectan estructuras internas, patrones ocultos, posibles fallas. No piensan más rápido; piensan distinto.
He aquí la paradoja: llamamos “inteligentes” a quienes destacan en ciertos ámbitos visibles, pero ignoramos las inteligencias que operan en segundo plano, lejos del reflector. La inteligencia, entonces, no siempre se reconoce por su profundidad, sino por su utilidad inmediata dentro del sistema.
Según la IA, la inteligencia tiene menos que ver con acumular conocimientos y más con resolver problemas cuando estos aparecen. Bajo esa definición, todos somos inteligentes. Todos enfrentamos obstáculos, tomamos decisiones, improvisamos soluciones. La diferencia no está en la inteligencia misma, sino en el tipo de problemas a los que cada quien tiene acceso.
El hacker, en ese sentido, no es un genio aislado, sino alguien que aprendió a leer el código de un sistema y a encontrar entradas donde otros solo ven muros. Su talento no es mágico: es persistente. Horas de ensayo, error, prueba y corrección. Mucho más método que misterio.
Aquí aparece una grieta cultural. Admiramos el resultado final, pero despreciamos el proceso. Aplaudimos la hazaña, pero no la repetición silenciosa que la hizo posible. Tal vez no nos incomoda la inteligencia ajena, sino la disciplina que exige desarrollarla.
La IA fue clara en este punto: la habilidad es inteligencia concentrada en un dominio específico. No es menor por ser especializada. Un programador, un músico, un carpintero o una madre que sostiene una familia entera están resolviendo problemas complejos, aunque el sistema no siempre los valore igual.
Sin embargo, insistimos en jerarquizar las inteligencias. Algunas cotizan alto; otras apenas sobreviven en la periferia. Hay inteligencias que dan poder económico y otras que solo sostienen la vida cotidiana sin reconocimiento alguno.
Pensemos en esto: ¿cuánta inteligencia hay en quien cuida a otro ser humano día tras día? ¿En quien navega conflictos emocionales, en quien mantiene un barrio funcionando, en quien sobrevive a condiciones adversas sin manual de instrucciones? Esas inteligencias rara vez entran en las métricas del éxito.
Tal vez por eso nos fascinan tanto los hackers del cine. Representan una inteligencia que parece romper el sistema desde dentro, encontrar atajos donde nadie más mira, entrar por puertas que supuestamente no existen. Nos permiten creer que la inteligencia es algo excepcional y lejano.
Pero esa idea es cómoda. Si la inteligencia solo pertenece a unos cuantos, no tenemos que hacernos responsables de la nuestra. No tenemos que reescribir nuestro propio código.
La IA insistió en algo fundamental: la inteligencia no garantiza sabiduría. Se puede dominar un sistema y no comprender sus consecuencias humanas. Se puede acceder a todo y no entender nada.
El cine suele mostrarnos hackers brillantes pero aislados, geniales pero desconectados. Como si pensar distinto implicara necesariamente estar solo. Sin embargo, la inteligencia florece mejor en diálogo, en fricción con otras miradas. Incluso una inteligencia artificial necesita conversación para producir sentido.
De hecho, esta reflexión no existiría sin ese intercambio. No fue una respuesta automática, sino una exploración compartida. Pensar, al final, sigue siendo un acto relacional.
Volvemos entonces al punto inicial, pero ya con el sistema mapeado. La pregunta ya no es si los hackers son inteligentes o habilidosos. La pregunta es por qué seguimos buscando la inteligencia solo donde el espectáculo la ilumina.
Confundimos inteligencia con control. Nos impresiona quien domina sistemas complejos, pero no quien aprende a convivir con la incertidumbre. Y sin embargo, pensar también es aceptar que no todas las variables están bajo control.
En ese sentido, la duda puede ser una forma elevada de inteligencia. No bloquea el acceso; lo abre. No cierra el código; lo vuelve legible. Preguntar bien es encontrar la falla correcta.
Quizá esta columna no intenta definir la inteligencia, sino hackearla. Entrar al sistema cultural que la mide mal, detectar sus errores y proponer una reescritura más humana.
Porque si la inteligencia solo sirve para destacar, se vuelve vanidad. Pero si sirve para comprender, acompañar y decidir mejor, entonces se vuelve ética.
Tal vez la inteligencia no consista en saber más, sino en enfocar mejor. No en llegar más alto, sino en mirar desde un ángulo distinto.
Mirar distinto no basta. Hay que hacerse cargo de lo que esa mirada revela.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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