El sentido de la vida
La pregunta surge inevitablemente en tiempos de enfermedad: ¿qué sentido tiene vivir? No aparece como una curiosidad intelectual, sino como una grieta. Es en la crisis del cuerpo donde se pone a prueba la persona que somos, nuestras creencias, la idea del éxito y, en el fondo, la imagen que habíamos construido de nosotros mismos.
La enfermedad no solo interrumpe la rutina; interroga. Nos obliga a medir la solidez de nuestra fortaleza emocional y a descubrir si aquello que creíamos firme era convicción o simple comodidad. Frente al diagnóstico, muchas certezas resultan ser decorados.
Cuando el miedo se instala —no de forma abrupta, sino progresiva— el pensamiento desciende a zonas que normalmente evitamos. El silencio adquiere densidad y la soledad deja de ser ausencia de otros para convertirse en presencia de uno mismo. El cuerpo, frágil y vulnerable, se transforma en un recordatorio constante de finitud.
No se trata necesariamente de la cercanía inmediata de la muerte, sino de su posibilidad. La conciencia de que la vida no es un derecho garantizado, sino una condición provisional. En ese umbral, la existencia deja de ser automática y comienza a ser interrogada.
Tengo una concepción de la muerte que pertenece más al terreno simbólico que al dogmático: la idea de que no es un final, sino un tránsito. Un puente. No una negación del ser, sino un retorno. Tal vez una forma de reconciliación con aquello que nos precede.
Desde esa perspectiva, la vida en la Tierra no sería un estado definitivo, sino un proceso. Un espacio de formación, de desgaste y de aprendizaje. No una conquista, sino una experiencia.
En este punto, la enfermedad deja de ser únicamente una amenaza y se revela como un acontecimiento revelador. No porque sea deseable, sino porque despoja. Quita lo superfluo y deja al descubierto lo esencial. Solo cuando algo se quiebra comprendemos su valor.
El sentido de la vida no aparece en la ausencia de dolor, sino en su contraste. Sin oscuridad, la luz carecería de significado. No es casual que en el libro del Génesis se afirme que, antes de toda creación, “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Gn 1,2). El sentido no nace después de las tinieblas: nace en diálogo con ellas.
Desde esta experiencia, el sentido de la vida no se define por la mera continuidad biológica ni por el entretenimiento del tiempo. No basta con vivir, pasear o acumular momentos agradables. El sentido emerge cuando algo se pone en riesgo, cuando la fragilidad irrumpe y nos obliga a mirar de otro modo.
Mientras el cuerpo funciona, lo damos por hecho. Cuando falla, se convierte en pregunta. Cuando la visión se nubla, no solo se altera la percepción del mundo, también se desdibuja el significado mismo de existir. Entonces surge la interrogante decisiva: ¿de qué depende realmente el sentido de la vida?
Esta reflexión podría parecer pesimista, pero en realidad es una forma de lucidez. Recuerda al mito de la caverna descrito por Platón: quienes viven en la oscuridad creen que esa es toda la realidad posible, hasta que uno de ellos sale y descubre otra forma de ver. No regresa siendo el mismo, porque ya no puede fingir ignorancia.
Así ocurre con la enfermedad. No garantiza sabiduría, pero abre una grieta por donde entra la conciencia. Cuando pasa —si pasa—, la vida se retoma con cautela, con una respiración más consciente, sabiendo que aquello que parecía sólido era, en el fondo, transitorio.
Tal vez el sentido de la vida no consista en evitar el dolor, sino en comprender lo que revela cuando aparece.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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