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¿Cambia nuestra percepción del mundo con las guerras?

Por: Ricardo Hernández El Día Miercoles 25 de Junio del 2025 a las 19:26

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Una reflexión sobre la conciencia en tiempos de violencia

Las guerras no solo se libran con armas. También transforman silenciosamente nuestra manera de ver el mundo. Cada conflicto bélico redibuja los mapas, pero también reconfigura nuestras certezas, nuestras emociones y nuestra visión del ser humano. ¿Qué ocurre con nuestra percepción de la realidad cuando las bombas caen sobre una ciudad que hace semanas parecía lejana y ajena?

Durante años, muchos han creído que las guerras ocurren “allá”, en otros países, en otras culturas, en tierras que no conocemos. Pero las imágenes que vemos hoy —niños ensangrentados, ciudades destruidas, gente huyendo de su hogar— nos obligan a replantear esa distancia. La guerra, en un mundo globalizado, ya no es un espectáculo remoto: entra en nuestras casas, en nuestros teléfonos, en nuestra conciencia. Y de pronto, lo que parecía lejano se vuelve insoportablemente humano.

Las guerras también alteran nuestros valores. Lo que antes parecía inaceptable —como el sufrimiento de inocentes o la destrucción masiva— empieza a ser relativizado, explicado, justificado. Cambia nuestra noción del bien y del mal, porque ahora todo depende de qué lado se esté. Y en esa polarización, corremos el riesgo de perder el sentido crítico y la empatía. Basta ver cómo, en lugar de compadecernos por un niño muerto, buscamos primero su nacionalidad para saber si merece nuestra tristeza.

La filosofía ha advertido sobre esto. Simone Weil decía que la guerra embrutece a todos: al que mata y al que muere, al que la dirige y al que la padece. Nos arrebata el lenguaje, nos obliga a pensar en términos de fuerza, y no de justicia. Y cuando solo queda la fuerza como criterio de verdad, se oscurece toda posibilidad de pensar con profundidad.

Además, las guerras reordenan las narrativas del mundo. Se reescribe la historia, se cambian los héroes y los villanos, y se impone una visión del futuro donde el miedo ocupa el lugar de la esperanza. La percepción de la vida cotidiana se llena de sospechas, de rumores, de desconfianza hacia el otro. Todo se vuelve precario, provisional.

Pero también hay otro efecto, menos visible y más íntimo: la guerra, en algunos casos, despierta una conciencia dormida. Nos obliga a pensar en lo que no queríamos ver: la fragilidad de la paz, la superficialidad de ciertos discursos, la necesidad urgente de reconstruir lo humano. En medio de la violencia, algunas personas se hacen preguntas esenciales. Y esa puede ser, paradójicamente, una forma de resistencia.

Sin embargo, conviene advertir: no se trata de tomar partido por una bandera o un país. No se trata de estar “a favor” o “en contra” de una nación, como si el mundo se dividiera en buenos y malos de forma automática. Se trata, más bien, de tomar partido por la humanidad. De posicionarse del lado de quienes sufren, de quienes no tienen voz, de quienes mueren sin saber por qué. Lo humano está por encima de cualquier frontera.

Hay momentos en que el pensamiento debe atreverse a decir algo incómodo: que ninguna causa, por justa que parezca, justifica el exterminio del otro. Que ninguna victoria militar vale más que una vida. Y que nuestra percepción del mundo está enferma si empieza a normalizar la muerte como parte de la lógica política.

Por eso, la guerra también interpela al espectador. ¿Qué hacemos con lo que vemos? ¿Nos volvemos cínicos? ¿Nos desensibilizamos? ¿O somos capaces de indignarnos sin caer en la simplificación? No basta con estar informados. Hace falta una conciencia ética que nos impida convertirnos en testigos indiferentes.

Los medios de comunicación y las redes sociales juegan aquí un papel ambiguo. Nos acercan a los conflictos, pero también pueden distorsionar lo que vemos. La edición selectiva de imágenes, el énfasis en unas víctimas y el silencio sobre otras, todo eso moldea nuestra percepción. Humanizar el mundo también implica humanizar la forma en que lo miramos.

Tal vez la verdadera pregunta no sea solo cómo vemos el mundo después de una guerra, sino cómo queremos verlo antes de que otra comience. Porque el modo en que percibimos el sufrimiento ajeno define, en última instancia, el grado de humanidad que conservamos.

La filosofía, en medio del estruendo, no ofrece soluciones inmediatas. Pero sí nos recuerda que hay otra manera de mirar. Una mirada crítica, lúcida, compasiva. Y tal vez esa sea nuestra única resistencia posible ante la barbarie: no dejar que nos arrebaten la capacidad de pensar y de sentir al mismo tiempo.

Pensar, en tiempos de violencia, es un acto de dignidad. Sentir, todavía, es una forma de esperanza.

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.

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