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La política del desencanto

Por: Alberto Rivera El Día Martes 03 de Noviembre del 2026 a las 17:19

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La política parece haber desarrollado una extraordinaria capacidad para hablar y una preocupante incapacidad para escuchar. Nunca habíamos tenido tantos discursos, mensajes y contenidos disputándose la atención ciudadana. Sin embargo, comunicar más no significa comunicar mejor, y mucho menos comprender a quienes están del otro lado.

Vivimos una época en la que la información abunda, pero la confianza escasea. Una sociedad permanentemente conectada no necesariamente está mejor informada. La saturación de contenidos, la desinformación y la confrontación constante dificultan distinguir entre hechos, opiniones y creencias. Paradójicamente, mientras aumentan las posibilidades de comunicarnos, disminuyen los espacios para escucharnos.

En este escenario encontramos ciudadanos que pueden sentirse desinformados, desprotegidos, desconfiados, desesperanzados, demandantes y desafiantes. Seis condiciones que expresan distintas manifestaciones del malestar social y que permiten comprender una relación cada vez más compleja entre ciudadanía, instituciones y poder político.

El ciudadano que desconfía no necesariamente rechaza la política; muchas veces cuestiona la distancia entre las promesas y los resultados. Quien exige no siempre está inconforme con todo; quizá simplemente ha dejado de conformarse con explicaciones. Y quien desafía a la autoridad no necesariamente pretende destruir las instituciones, sino reclamar que funcionen.

El problema comienza cuando la política confunde la inconformidad con el resentimiento y la firmeza con la agresividad.

La confrontación se ha convertido en un recurso para disputar la atención pública. Descalificar parece más sencillo que argumentar; provocar, más inmediato que convencer; y señalar culpables, menos exigente que construir soluciones. Así, la política corre el riesgo de convertirse en una competencia por administrar agravios, en lugar de ofrecer alternativas para resolverlos.

La política iracunda, además, contagia. Cuando la agresividad domina la conversación pública, las diferencias se convierten en antagonismos y los adversarios en enemigos. Mientras los extremos elevan el tono, quienes prefieren el diálogo pueden terminar alejándose del debate, no por falta de convicciones, sino por cansancio frente a la intolerancia.

Una democracia necesita ciudadanos capaces de pensar críticamente, instituciones dispuestas a rendir cuentas y liderazgos que reconozcan la legitimidad del desacuerdo. Su fortaleza no consiste en eliminar las diferencias, sino en procesarlas sin destruir la convivencia.

Una de las mayores amenazas aparece cuando dejamos de considerar la posibilidad de estar equivocados. Cuando nuestras convicciones se transforman en verdades incuestionables, cualquier opinión distinta parece una provocación y cualquier crítica se interpreta como una agresión.

La duda no debilita nuestras convicciones; nos obliga a encontrar mejores razones para sostenerlas.

Las nuevas tecnologías han intensificado estos desafíos. Los algoritmos, las redes sociales y la inteligencia artificial modifican la velocidad con la que circulan las ideas y se construyen las percepciones. Hoy podemos alcanzar a millones de personas en segundos, pero esa capacidad de difusión no garantiza información verdadera ni conversaciones más profundas.

La tecnología multiplica nuestra capacidad para comunicar, pero no sustituye nuestra responsabilidad de pensar.

También debemos reconocer que las decisiones políticas no responden exclusivamente a cálculos racionales. Las emociones, experiencias, valores e identidades influyen en nuestra interpretación de la realidad. El miedo, la esperanza, el enojo y la confianza pueden pesar tanto como la información disponible.

Sin embargo, comprender las emociones no significa renunciar a la razón. Significa reconocer que ambas intervienen en nuestras decisiones y que una comunicación responsable debe contribuir a que las personas reflexionen, contrasten información y decidan libremente.

En este contexto, los liderazgos enfrentan un desafío que ninguna estrategia de imagen puede resolver por sí sola: la congruencia.

La autenticidad no consiste únicamente en mostrarse cercano o hablar con naturalidad. Se construye cuando existe correspondencia entre lo que se dice, lo que se hace y las decisiones que se toman. La comunicación puede hacer visible esa congruencia, pero difícilmente puede inventarla y sostenerla indefinidamente.

Conviene distinguir entre popularidad y credibilidad, entre atención y confianza, entre capacidad de movilización y capacidad de gobierno. La popularidad puede ser momentánea; la credibilidad exige consistencia. La atención puede conquistarse mediante una polémica; la confianza requiere tiempo.

Hay, además, una preocupación mayor: el desgaste de la esperanza.

Cuando una sociedad acumula expectativas incumplidas, puede comenzar a desconfiar no solamente de determinados políticos o partidos, sino de la propia utilidad de la participación democrática. El desencanto deja entonces de ser una reacción frente a un gobierno y puede convertirse en una actitud frente al sistema político.

Quizá necesitamos cambiar las preguntas que orientan nuestra manera de entender la política. En lugar de preguntarnos únicamente cómo captar la atención ciudadana, deberíamos comprender por qué se ha debilitado su confianza. En lugar de concentrarnos en construir mensajes más eficaces, tendríamos que preguntarnos qué experiencias y expectativas están detrás del malestar social.

Y, sobre todo, en lugar de obsesionarnos con ganar cada discusión, deberíamos recuperar la capacidad de dialogar.

La política pierde su sentido cuando se preocupa más por derrotar adversarios que por resolver los problemas de la sociedad.

La ciudadanía no está obligada a confiar en quienes ejercen el poder. Son quienes ejercen el poder los que tienen la responsabilidad de construir razones para merecer esa confianza.

Porque cuando la política deja de escuchar, tarde o temprano la ciudadanía encuentra otras maneras de hacerse escuchar.

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.

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