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Día de muertos

Por: David Vallejo El Día Sabado 31 de Octubre del 2026 a las 13:24

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En una ofrenda puede haber una taza despostillada que nadie se atreve a tirar. Perteneció a alguien que tomaba el café demasiado caliente, siempre en el mismo lugar, a una hora que todavía recordamos. Junto a las flores y las veladoras, esa taza devuelve una costumbre, una voz, una mañana cualquiera. Quien la coloca sabe que su dueño ha muerto y, aun así, se ocupa de servirle. Hay algo conmovedor en ese cuidado que continúa cuando la persona que lo recibía ha dejado de estar.

En México hemos dado a ese gesto un lugar en el calendario. Preparamos la comida que le gustaba al abuelo, buscamos una fotografía donde mamá se vea contenta, discutimos si aquella canción era realmente la favorita de alguien. Entre el cempasúchil y el olor del copal regresan las historias, incluidas las que nuestros difuntos habrían preferido mantener en secreto. También vuelven sus defectos. El cariño puede admitir que el homenajeado era terco, impuntual o bastante difícil de complacer. Recordarlo entero, sin convertirlo en santo, permite recuperar algo de la intimidad que tuvimos con él.

Esta relación con los muertos reúne tradiciones que se han transformado a lo largo de los siglos. Entre los mexicas, el destino después de la muerte dependía principalmente de las circunstancias del fallecimiento, antes que de un juicio sobre la conducta. El Mictlán suponía un tránsito hacia el descanso dentro de una concepción del universo distinta de la cristiana. La colonización puso aquellas creencias en contacto, bajo relaciones de imposición y resistencia, con las ideas de alma, resurrección y eternidad. Las celebraciones actuales guardan huellas de ese proceso, además de diferencias entre regiones y familias que impiden reducirlas a una única manera mexicana de vivir el duelo.

Octavio Paz exploró nuestra familiaridad con la muerte, esa disposición a frecuentarla y burlarnos de ella. La observación conserva fuerza, aunque basta perder a alguien para descubrir cuánto puede doler aquello de lo que sabemos reírnos. Una calavera de azúcar difícilmente prepara a nadie para volver a una casa vacía. La fiesta ofrece compañía, palabras y gestos para atravesar una experiencia que cada persona lleva de forma distinta, sin exigirle que deje de sufrir porque ha llegado noviembre.

Epicuro intentó desarmar el miedo a morir al señalar que la muerte y nuestra experiencia de estar vivos nunca coinciden. El argumento puede tranquilizarnos respecto de nuestra propia desaparición, pero queda la otra experiencia, la de seguir viviendo después de alguien. Queda el impulso de llamarlo para contarle una noticia, el número que conservamos en el teléfono, una duda cuya respuesta conocía. Con los años aprendemos a convivir con esas interrupciones, a veces mediante el llanto y otras mediante una historia que termina haciéndonos reír.

También descubrimos cuánto de esa persona permanece en nuestros actos. Repetimos una expresión suya, cocinamos siguiendo sus instrucciones, reconocemos en nuestras manos un gesto que habíamos visto miles de veces. Esa herencia suele llegar sin solemnidad. Un día nos escuchamos dando el mismo consejo que antes nos fastidiaba recibir y entendemos que parte de nuestra educación continúa en esa conversación interior. El recuerdo cambia con nosotros, adquiere matices y permite comprender cosas que, mientras aquella persona vivía, éramos incapaces de ver.

Nuestra relación con el tiempo podría cambiar también si la investigación sobre el envejecimiento consigue prolongar los años de vida saludable. Entre esa aspiración y la promesa de una vejez libre de deterioro existe una distancia que conviene respetar. Pero imaginar una vida de cien años o más obliga a pensar en asuntos que exceden la medicina. Habría que revisar los tiempos del trabajo, las formas de cuidar, la convivencia entre generaciones y el acceso a tratamientos que podrían ampliar todavía más las desigualdades.

Una existencia prolongada ofrecería oportunidades para aprender otro oficio, reparar una relación o descubrir un amor. También permitiría seguir posponiéndolo todo. Séneca reconoció esa facilidad nuestra para desperdiciar el tiempo mientras nos quejamos de su escasez. Podemos imaginar veinte años adicionales y tener dificultades para dedicarle una tarde a alguien que queremos. La posibilidad de vivir más merece entusiasmo, acompañado de una revisión bastante menos espectacular de nuestras prioridades.

Escribir sobre la muerte en México exige detenerse, además, ante las familias que buscan a una persona desaparecida. Ellas viven una incertidumbre distinta del duelo por una muerte confirmada. Mantienen la búsqueda, exigen respuestas y esperan un regreso. Confundir ambas experiencias, o disolverlas en una celebración de nuestras tradiciones, borraría lo que reclaman. También están las vidas arrebatadas por la violencia y las muertes evitables. La belleza de una ofrenda convive con responsabilidades que corresponden a los vivos, entre ellas buscar, esclarecer y hacer justicia.

Cuando se recoge el altar, la taza vuelve a guardarse y la casa recupera su aspecto habitual. Quedan quienes ayudaron a prepararlo, quienes contaron las historias y quienes las escucharon por primera vez. Podemos quedarnos un rato con ellos, preguntarles algo que todavía ignoramos de su vida, preparar café. Con frecuencia descubrimos demasiado tarde cuánto habríamos dado por una conversación así.

Que noviembre nos encuentre recordando a nuestros muertos y haciendo tiempo para quienes todavía pueden sentarse a nuestra mesa.

Recordando a mi abuelos Ángel y Carlos y a mis abuelas Dora y Paz. A mi tío Memo y David y a mi primo Salvador. 

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la Catrina lo permiten. 

Placeres culposos: El álbum de Física y Química de EÓN. 

Pizza de Briones y taquitos del viejo para Greis y Alo.

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

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