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Zertuche le pide peras al olmo

Por: María Jaramillo Alanís El Día Martes 20 de Octubre del 2026 a las 23:20

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Luego de los ejercicios internos en los que Morena designó coordinadores de la defensa de la transformación en 17 estados, lo que el diputado Armando Zertuche Zuani reclama para la selección de candidaturas en Tamaulipas parece, cuando menos, una inocentada política. Porque si alguien conoce —o debería conocer— cómo funciona la maquinaria de su partido, es precisamente quien lleva años participando en sus filas.

Zertuche pide que las encuestas no sean el único criterio para elegir candidatos y que también se valoren la trayectoria, la preparación, la experiencia y el compromiso con los principios del movimiento. A eso suma una exigencia elemental: piso parejo y ninguna utilización de recursos para favorecer a determinados aspirantes.

Pero la pregunta es: ¿de verdad cree que Morena resolverá sus candidaturas mediante una evaluación objetiva de méritos? Cuesta trabajo pensar que ignore el peso de las dirigencias, los acuerdos entre grupos y las negociaciones que suelen acompañar las decisiones partidistas. Por eso, cabe preguntarse si su reclamo responde a una preocupación general por la democracia interna o si también tiene que ver con la forma en que se está acomodando la baraja política en Reynosa.

Morena ha convertido las encuestas en una de sus principales banderas para presumir democracia interna. Sin embargo, al llegar la hora de las definiciones, el resultado de una medición no siempre agota la discusión. Entran en juego los órganos partidistas, las alianzas entre grupos y las decisiones de quienes conducen el proceso.

Ahí es donde el discurso democrático enfrenta su prueba más incómoda: demostrar que las reglas son iguales para todos.

Porque las encuestas, por sí solas, no garantizan transparencia; pero sustituirlas por una evaluación de trayectoria, preparación y compromiso tampoco resuelve el problema. ¿Quién determina quién está mejor preparado? ¿Quién califica la lealtad al movimiento? ¿Con qué criterios y bajo qué mecanismos de revisión?

Si esas respuestas no son claras, cambiar un método por otro solo abre la puerta a nuevas formas de discrecionalidad.

El verdadero dilema de Morena no consiste en elegir entre encuestas y méritos, sino en demostrar quién toma las decisiones, cómo las toma y qué garantías tienen los participantes de que el proceso no está condicionado por intereses particulares.

El partido que llegó al poder con la promesa de desterrar las viejas prácticas políticas tampoco está libre de las tentaciones que durante años denunció. El dedazo, las cuotas de grupo, los acuerdos cupulares y la promoción de perfiles cercanos a quienes controlan las decisiones son prácticas que una organización democrática debería combatir, no reproducir bajo nuevas etiquetas.

Y en esa maquinaria tampoco faltan los saltimbanquis políticos que hoy se declaran convencidos morenistas y mañana podrían encontrar una nueva causa que defender, si las circunstancias así lo aconsejan.

A su lado están los trepadores y las trepadoras que descubren en cada proceso electoral una oportunidad para escalar posiciones, sin otra ideología que la de alcanzar el poder para medrar. Mientras, la militancia, la de carne y hueso, observa cómo los espacios se disputan entre grupos con mayor influencia política o vinculados a los grupos fácticos.

No es un fenómeno exclusivo de Morena, desde luego. Pero un partido que hizo de la transformación su principal argumento político tiene una responsabilidad especial de demostrar que sus prácticas internas corresponden a los principios que proclama. No basta con señalar los vicios del pasado si no puede acreditar que los está corrigiendo en el presente.

En Reynosa, Zertuche Zuani puso sobre la mesa el llamado factor Peña, al que relacionó con el impulso de determinadas figuras políticas. Se trata de un señalamiento del propio legislador, pero abre una discusión sobre el peso de los grupos en las decisiones internas y las garantías de equidad para quienes aspiran a una candidatura.

Si existen sospechas de que algunos perfiles cuentan con ventajas, la respuesta no puede reducirse a declaraciones, advertencias o llamados a la unidad. Se necesitan criterios verificables, decisiones transparentes y explicaciones claras sobre por qué un aspirante es seleccionado y otro queda fuera. De lo contrario, el tan mencionado piso parejo terminará siendo una frase atractiva para el discurso, pero insuficiente para convencer a la militancia.

El diputado recordó que en 2021 y 2024 la definición de candidaturas estuvo a cargo del Consejo Nacional de Morena. Sin embargo, que intervenga un órgano partidista no elimina automáticamente las dudas sobre la equidad del proceso. La cuestión de fondo es bajo qué criterios se decide, qué información se toma en cuenta y qué mecanismos existen para exigir explicaciones.

En medio de estos cuestionamientos, Zertuche también deja entrever sus propias aspiraciones. Sostiene que contribuir al desarrollo de Reynosa no depende exclusivamente de ocupar la presidencia municipal y menciona su trayectoria como psicólogo y empresario. No confirma una candidatura, pero tampoco despeja las interrogantes sobre su futuro político.

Y aquí conviene distinguir entre los principios y la conveniencia. Pedir que se valore la experiencia y la preparación es razonable; suponer que esos atributos bastarán para resolver las disputas internas sería desconocer el peso que tienen las estructuras y las dirigencias en la vida partidista.

Zertuche le pide peras al olmo, pero Morena también tiene cuentas pendientes con su propio discurso. Si las encuestas son el instrumento que presume para legitimar sus decisiones, debe explicar qué sucede cuando sus resultados no coinciden con las determinaciones partidistas. Y si la trayectoria y el compromiso cuentan tanto como plantea el legislador, la dirigencia debe precisar cómo se evalúan y quién garantiza que esos criterios no se conviertan en otra herramienta de selección discrecional.

La democracia interna no se acredita con discursos, fotografías de unidad ni anuncios de coordinadores estatales. Se demuestra cuando las reglas se conocen antes de competir, se aplican sin distinciones y las decisiones pueden justificarse públicamente.

De lo contrario, Morena corre el riesgo de reproducir el mismo esquema que prometió desterrar: una política en la que la militancia aporta el entusiasmo, los aspirantes ponen la cara y las decisiones importantes quedan en manos de quienes controlan la estructura.

Esa es la contradicción que el partido no ha terminado de resolver: llegó al poder denunciando el dedazo, los privilegios y las decisiones cupulares, pero sus propios procesos obligan a preguntar cuánto cambió realmente y cuánto conservó de aquello que juró combatir.

Porque cambiarles el nombre a los procedimientos, revestir las designaciones con el lenguaje de la transformación y convocar a la unidad después de cada decisión no convierte automáticamente una imposición en un ejercicio democrático.

Morena, por su parte, tiene una deuda que no puede saldar con propaganda ni discursos: demostrar que sus candidaturas no dependen de las conveniencias de grupo, de las cercanías con las dirigencias o de acuerdos que la militancia desconoce.

Cuando las reglas solo se invocan si alguien siente amenazada su posición, la democracia interna se convierte en una consigna de ocasión. Y cuando la transformación sirve para justificar las prácticas de siempre, el problema deja de ser únicamente el método de selección: se convierte en una cuestión de credibilidad política.

La pregunta para la dirigencia morenista: ¿quién se atreverá a demostrar, con reglas claras y decisiones transparentes, que Morena no terminó convertido en aquello que juró desterrar?

Porque si para llegar al poder denunció el dedazo y ahora no puede garantizar que sus candidaturas estén libres de decisiones discrecionales, ¿qué transformó realmente: la política mexicana o solamente a los beneficiarios del poder?

Y todavía hay otro asunto que incomoda: personajes que se presentan como defensores de los migrantes, pero sobre quienes pesan señalamientos de haberles cobrado pesos y dólares de manera indebida, también buscan abrirse paso en la política. Esas acusaciones existen, deben investigarse y aclararse; la defensa de los derechos humanos no puede servir de fachada ni convertirse en un negocio a costa de la vulnerabilidad ajena.

¿De verdad no hay otros perfiles, con trayectoria limpia y compromiso comprobable, para representar a Morena?

Desde Mi Trinchera…

María Jaramillo Alanís.
Periodista desde 1987. Con Diplomado en periodismo impartido en la Facultad de Derecho de la UAT. Participante del Taller de narrativa, guiones radiofónicos  realizado por el Colegio de la Frontera Norte, dado en la casa del Arte en  Cd. Victoria. Curso de Apreciación Musical dado en el CCT por el Mtro. José Luis Pariente Fragoso. Cofundadora de diversos medios de comunicación en Tamaulipas. Desde hace dos décadas mi trabajo se ha publicado en mis propios medios webs, radio y algunas colaboraciones en Televisión. 

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