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El mundo en sus propias palabras

Por: David Vallejo El Día Lunes 28 de Septiembre del 2026 a las 21:52

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Esta columna será distinta. Durante seis días, 194 delegaciones pasaron por la tribuna de Naciones Unidas. Hablaron 113 jefes de Estado y de Gobierno, ministros, cancilleres, países poderosos y países que rara vez consiguen que el mundo los escuche. Podría intentar resumir cientos de discursos. Prefiero algo diferente. Elegí algunas frases que ayudan a entender dónde estamos. Leídas juntas, dicen mucho más que cualquier comunicado diplomático.

Khalilur Rahman, presidente de la Asamblea General, abrió con una frase incómoda. “Fuera de estos muros, la gente no se pregunta si Naciones Unidas todavía existe. Se pregunta si funciona”. Es difícil encontrar una mejor descripción de la crisis del multilateralismo.

António Guterres, en su última Asamblea como secretario general, redujo buena parte de la geopolítica contemporánea a unas cuantas palabras. “El poder militar por sí mismo jamás puede asegurar la paz”. Habló también de una transferencia extraordinaria de poder desde los gobiernos hacia unas cuantas corporaciones y, ahora, desde los seres humanos hacia las máquinas. Guerra, dinero y algoritmos aparecen ya dentro de una misma discusión sobre poder.

Donald Trump ofreció probablemente la frase más dura de la semana. Frente a Irán planteó públicamente dos caminos: alcanzar un acuerdo o “aniquilar a la República Islámica”. Su discurso resumió una visión de las relaciones internacionales en la que negociación, presión económica y fuerza militar forman parte de un mismo instrumento de poder.

América Latina ocupó también un lugar importante en su mensaje. Trump comparó a los grandes carteles con “el ISIS del hemisferio occidental” y prometió emplear una capacidad militar sin precedentes contra ellos. Su administración impulsa además una coalición regional contra el narcotráfico y ha colocado a Venezuela, las drogas, la migración y la seguridad hemisférica dentro de una misma concepción estratégica. El mensaje resulta inequívoco. Washington vuelve a mirar hacia el sur como un espacio decisivo de su seguridad y de su poder.

Masoud Pezeshkian respondió desde la misma tribuna un día después. “Nunca inclinaremos la cabeza ni doblaremos la rodilla”. El presidente iraní agregó que su país seguía dispuesto a negociar, aunque rechazaba hacerlo bajo amenaza. Dos discursos pronunciados con veinticuatro horas de diferencia explicaron mejor que muchas páginas de análisis por qué el estrecho de Ormuz, el petróleo y el programa nuclear iraní siguen condicionando al planeta.

Volodímir Zelenski dejó otra frase difícil de ignorar. “Esta guerra ridícula e interminable debe acabar”. Después de años de invasión, sanciones, drones, trincheras y millones de vidas alteradas, Ucrania llegó a Nueva York hablando ya también de treguas energéticas y negociación. La guerra continúa, pero incluso su vocabulario empieza a cambiar.

Emmanuel Macron pronunció su último discurso ante la Asamblea como presidente de Francia y describió la situación de Gaza como “un espectáculo que debería avergonzarnos a todos”. Defendió el derecho internacional, la solución de dos Estados y una idea europea cada vez más difícil de sostener entre Washington, Moscú y Pekín: la posibilidad de que las reglas sigan pesando aun cuando las grandes potencias prefieran actuar por su cuenta.

Benjamin Netanyahu respondió desde otra lógica. Al referirse a los ataques contra las instalaciones nucleares iraníes, dijo que habían sido una de las decisiones más fáciles de su mandato porque, según afirmó, “si no lo hubiéramos hecho, todos estaríamos muertos”. Antes de comenzar, decenas de delegados abandonaron el salón. Pocas escenas condensaron con tanta claridad la fractura alrededor de Israel, Gaza e Irán.

Mahmud Abás apareció en una pantalla y dejó una de las frases más sencillas de la semana. “El pueblo palestino permanecerá en su tierra. No aceptará el desplazamiento y no desaparecerá”. Dos pueblos describiendo su supervivencia en términos existenciales explican también la profundidad del conflicto.

Lula da Silva habló de otra clase de soberanía. “La democracia brasileña pertenece a los brasileños”. A pocos días de las elecciones de su país, advirtió contra cualquier interferencia extranjera y defendió además que los minerales críticos, las tierras raras y los recursos naturales de Brasil generen valor dentro de su propio territorio. La geopolítica ya se disputa también debajo de la tierra.

México llevó un mensaje parecido desde otra circunstancia. El canciller Roberto Velasco sostuvo que “la soberanía no se mide en ejércitos ni en recursos materiales” y defendió la posibilidad de cooperar estrechamente con otros países sin subordinación. En un momento de presión económica, migratoria y de seguridad sobre México, la frase tuvo un destinatario universal y un contexto evidente.

Entonces ocurrió algo que hace pocos años habría parecido extraño. Algunos de los personajes capaces de alterar el equilibrio mundial ni siquiera representan países.

Sam Altman, director de OpenAI, compareció ante el Consejo de Seguridad y dijo que, si la inteligencia artificial pretende ser democrática, “las decisiones más importantes no pueden tomarse únicamente en laboratorios de San Francisco”. Dario Amodei, director de Anthropic, fue todavía más lejos. Una IA mal administrada, advirtió, podría representar “un riesgo para la humanidad en su conjunto”. China respondió mediante su embajador Fu Cong que el desarrollo de la inteligencia artificial debe orientarse hacia “el bien y la humanidad”. Por unas horas, el Consejo encargado de guerras, armas nucleares y seguridad internacional discutió también cómo gobernar máquinas que todavía estamos aprendiendo a comprender.

Ésa es la fotografía que deja esta Asamblea. Estados Unidos habla de fuerza. Irán, de resistencia. Ucrania, de terminar una guerra. Israel y Palestina, de sobrevivir. Brasil y México, de soberanía. Europa, de reglas. Las empresas de inteligencia artificial, de un poder que todavía carece de dueño político.

La ONU nació para impedir que el poder decidiera por sí mismo el destino del mundo. Ochenta y un años después, el problema empieza a ser otro. El poder ya tampoco vive en un solo lugar.

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la geopolítica lo permiten.

Placeres culposos: Esta semana se estrena Digger en el cine. Lo nuevo de Iñárritu y Tom Cruise.

Una cocada para Greis y una calabaza para Alo.

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

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