El ABC de la salud mental: más allá del consultorio
Durante décadas hemos hablado de salud mental principalmente cuando algo ya salió mal.
Depresión, ansiedad, adicciones, autolesiones, crisis emocionales o intentos de suicidio. Entonces aparecen el psicólogo, el psiquiatra, los medicamentos y, en los casos más graves, la hospitalización.
Todo ello es indispensable.
Pero hay una pregunta que durante demasiado tiempo hemos dejado en segundo plano:
¿qué estamos haciendo antes de que aparezca la crisis?
El pasado 31 de agosto arrancó en México la Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes, anunciada por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, denominada “El ABC de las Emociones”, dirigida principalmente a adolescentes y jóvenes de entre 14 y 18 años y con un alcance previsto de alrededor de 6.8 millones de estudiantes.
La estrategia contempla tutorías de una hora semanal y seis grandes ejes: sensibilización; guías para jóvenes, madres, padres, cuidadores y docentes; actividades en las escuelas; asambleas informativas; pláticas interactivas y el fortalecimiento de la Línea de la Vida.
Más allá del nombre de la estrategia o de cualquier valoración política, existe una idea de fondo que merece ser reconocida:
la salud mental no puede abordarse exclusivamente desde la atención clínica.
Ese cambio de paradigma importa.
No porque debamos sustituir al psicólogo o al psiquiatra. Todo lo contrario. Cuando existe un padecimiento que requiere atención profesional, ésta debe ser accesible, oportuna y de calidad.
El problema es que esperar a que toda la respuesta ocurra dentro del consultorio resulta insuficiente.
El déficit de especialistas permite dimensionarlo. Datos atribuidos al Instituto Nacional de Salud Pública señalan que México cuenta con menos de 0.4 psiquiatras y 1.5 psicólogos por cada 100 mil habitantes.
La matemática, simplemente, no alcanza.
Por eso necesitamos ampliar la mirada.
La salud mental también se construye en casa, en la escuela, en nuestras relaciones, en el deporte, en el arte, en los espacios públicos y en nuestras comunidades.
Se construye cuando un adolescente aprende a reconocer lo que siente. Cuando existen redes de apoyo. Cuando duerme adecuadamente, realiza actividad física, encuentra espacios de expresión, desarrolla sentido de pertenencia y sabe a quién recurrir cuando algo comienza a desbordarlo.
La mejor política de salud mental no es solamente aquella que atiende mejor una crisis, sino también aquella que consigue evitar que muchas de esas crisis ocurran.
La generación de los algoritmos
Existe además una nueva variable que hace esta conversación todavía más urgente.
Estamos criando a una generación que prácticamente no conoce un mundo sin redes sociales, teléfonos inteligentes y algoritmos compitiendo permanentemente por su atención.
La hiperconectividad ha transformado la infancia y la adolescencia.
Sería simplista afirmar que las redes sociales son por sí mismas la causa de la depresión infantil o adolescente. La salud mental es resultado de múltiples factores biológicos, familiares, sociales y ambientales.
Pero tampoco podemos ignorar la creciente evidencia y preocupación internacional alrededor del uso problemático de redes sociales, el ciberacoso, la comparación social permanente, las alteraciones del sueño, el aislamiento y determinados mecanismos digitales (el famoso algoritmo) diseñados para prolongar nuestra permanencia frente a una pantalla.
La propia Organización Mundial de la Salud reportó que el uso problemático de redes sociales entre adolescentes aumentó del 7% en 2018 al 11% en 2022, a partir de un estudio realizado con casi 280 mil jóvenes de 44 países y regiones.
Incluso “El ABC de las Emociones” incorpora entre sus contenidos los efectos de las redes sociales y ejercicios individuales y colectivos para trabajar estos temas.
La pregunta, entonces, ya no es solamente cuánto tiempo pasan nuestros hijos frente a una pantalla.
La pregunta es:
¿qué está haciendo esa pantalla con ellos y qué herramientas les estamos dando para relacionarse con ella?
El mundo comienza a reaccionar.
Australia dio un paso sin precedentes: desde diciembre de 2025, las plataformas sujetas a su regulación deben tomar medidas razonables para impedir que menores de 16 años mantengan cuentas en servicios como Facebook, Instagram, TikTok, Snapchat, X, YouTube, Reddit, Threads y Twitch.
Reino Unido anunció este año que avanzará hacia una prohibición de redes sociales para menores de 16 años, acompañada de mayores controles y restricciones sobre determinadas funciones digitales, cuya entrada en vigor está prevista para 2027.
Y en Estados Unidos la discusión ya llegó mucho más lejos: a los tribunales.
En agosto, Meta (empresa que engloba a Facebook, Instagram, WhatsApp, Messenger y Threads) alcanzó un acuerdo de hasta 16 mil 680 millones de dólares con 29 estados norteamericanos para resolver acusaciones relacionadas con los efectos de Facebook e Instagram sobre menores, el diseño de sus plataformas y la recopilación de datos infantiles.
Meta negó haber actuado indebidamente y el acuerdo no constituye una admisión de responsabilidad.
Pero el tamaño del litigio revela hasta dónde ha llegado la conversación.
Durante años pedimos a niñas, niños y adolescentes que aprendieran a autorregularse.
Hoy debemos preguntarnos si también corresponde exigir que los productos digitales que utilizan dejen de estar diseñados para dificultar precisamente esa autorregulación.
México necesita entrar de lleno en esa discusión.
Necesitamos hablar de bienestar digital y alfabetización emocional con la misma seriedad con la que hablamos de otras herramientas de prevención.
La tecnología también puede ser parte de la solución
Sin embargo, sería un error convertir a la tecnología en el villano de esta historia.
Las mismas herramientas que generan nuevos riesgos pueden utilizarse para acercar información, prevención, orientación y mecanismos de detección temprana a millones de personas.
Desde Vibra/TAM A.C. hemos intentado explorar ese nuevo paradigma desde distintos frentes.
Durante este año impulsamos, junto con TV Azteca Tamaulipas, una serie de cápsulas dedicadas a colocar la salud mental en la conversación pública, reuniendo voces provenientes de la psicología, medicina, deporte, arte, educación, neuro divergencia y sociedad civil.
La experiencia nos confirmó algo fundamental:
hablar de salud mental significa hablar de mucho más que enfermedad.
También significa hablar de prevención, sueño, actividad física, relaciones humanas, arte, hábitos, comunidad y propósito.
Desde otro frente hemos trabajado en Vibra App, una plataforma que incorpora inteligencia artificial como herramienta de orientación, prevención y detección temprana.
La inteligencia artificial jamás deberá pretender sustituir a un profesional de la salud mental.
Pero bien utilizada puede convertirse en una primera puerta: acercar información, ofrecer herramientas de bienestar, identificar señales de riesgo y facilitar la canalización hacia servicios profesionales cuando sean necesarios.
Y aquí aparece una conexión particularmente interesante con la nueva estrategia nacional.
Uno de los seis ejes del ABC de las Emociones es precisamente el fortalecimiento de la Línea de la Vida.
En Vibra App hemos incorporado el acceso a este servicio nacional de atención en salud mental y consumo de sustancias, disponible en el número gratuito 800 911 2000.
Ese debe ser el principio:
la tecnología como puente, no como sustituto del ser humano.
La oportunidad de Tamaulipas
Tamaulipas tiene hoy condiciones particularmente interesantes para llevar esta discusión un paso más adelante.
Este año entró en vigor la nueva Ley para la Atención Integral de la Salud Mental y el Bienestar Psicosocial del Estado de Tamaulipas, que establece una visión integral, comunitaria, preventiva e interinstitucional de la salud mental.
Tenemos, por un lado, un nuevo marco jurídico estatal.
Por otro, una estrategia nacional que busca llevar la prevención directamente a las escuelas, familias y comunidades.
Y tenemos universidades, organizaciones civiles, profesionales de la salud, instituciones culturales, organismos deportivos y herramientas tecnológicas que pueden contribuir a convertir esa visión en una política pública transversal.
El reto ahora consiste en conectar las piezas.
Porque las leyes no cambian realidades simplemente por aparecer en el Periódico Oficial y las estrategias no transforman comunidades por anunciarse en una conferencia de prensa.
Necesitamos presupuesto.
Necesitamos coordinación entre salud y educación.
Necesitamos incorporar a las familias, universidades, municipios, organizaciones de la sociedad civil, especialistas, cultura y deporte.
Necesitamos mecanismos de detección y canalización.
Necesitamos educación para el bienestar digital.
Y necesitamos medir resultados.
No basta contabilizar cuántas pláticas se impartieron, cuántas personas asistieron o cuántas guías fueron entregadas.
Hay que preguntarnos si nuestros jóvenes desarrollaron mejores herramientas emocionales; si aprendieron a identificar señales de riesgo; si saben dónde pedir ayuda; si estamos detectando oportunamente a quienes necesitan atención profesional y, sobre todo, si las intervenciones están generando cambios medibles en su bienestar.
Ese es el siguiente nivel de la conversación.
México necesita construir un verdadero ecosistema de prevención y bienestar emocional, donde salud, educación, familia, comunidad, cultura, deporte, sociedad civil y tecnología dejen de trabajar como mundos separados.
Quizá ahí esté la transformación más profunda:
dejar de entender la salud mental solamente como un servicio que se presta cuando alguien enferma y comenzar a entenderla también como una capacidad que podemos construir desde la infancia.
Que nuestros jóvenes aprendan matemáticas, ciencias, historia e idiomas.
Pero también que aprendan a reconocer una emoción, pedir ayuda, manejar una frustración, cuidar su sueño, relacionarse sanamente con la tecnología, construir vínculos y acompañar a alguien que atraviesa un momento difícil.
Porque la salud mental no comienza cuando cruzamos la puerta de un consultorio.
Comienza mucho antes.
En casa.
En la escuela.
En una cancha.
En una conversación.
En la pantalla que llevamos todos los días en el bolsillo.
Y en la comunidad que decidimos construir alrededor de nuestros jóvenes.
El ABC de las Emociones puede ser un gran comienzo. Ahora nos corresponde construir el resto del alfabeto.
Jorge Alejandro Torres Garza
Es internacionalista con una maestría en Ciencia Política y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Durante su carrera realizó un intercambio en España y ha trabajado en los tres niveles de gobierno tanto en México como en Estados Unidos, incluyendo en un consulado de México en la zona de Los Ángeles, California. También ha participado en campañas políticas en México, colaborando con candidatos a alcaldes, diputados locales y gobernadores, así como en la campaña del senador de la República y precandidato presidencial del Partido Demócrata, Bernie Sanders, en Estados Unidos.
Recibió el reconocimiento "30 Under 30 Award" por la Asambleísta Eloise Gómez Reyes del Congreso del estado de California, un galardón que distingue a jóvenes líderes menores de 30 años por su dedicación, innovación y servicio a la comunidad.
Su pasión por el bienestar y la transformación social lo llevó a fundar Vibra/TAM, una asociación civil que promueve la salud mental de jóvenes a través de la música y las artes. Actualmente, brinda consultoría en desarrollo económico, turismo y salud mental, integrando enfoques holísticos y sostenibles.
Es amante de la música, disfrutando géneros como el rock clásico, jazz, electrónica, folk e indie. También es un practicante comprometido de yoga, meditación y senderismo, actividades que inspiran su conexión con la naturaleza y el bienestar integral.
Correo electrónico: jatorresgarza@gmail.com
Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ