Hoy es Domingo 30 de Agosto del 2026


Nostalgia

Por: Humberto Gutiérrez El Día Domingo 30 de Agosto del 2026 a las 16:51

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A mis casi setenta y cinco años, me preguntaron: ¿Cuál de los tiempos vividos fue mejor?

Tardé en contestar. Un sentimiento de melancolía con nostalgia invadió mi cerebro al recordar y mirar en el mapa mental. Los recuerdos golpean mi mente, se amontonan como queriendo decir: ¡Yo primero!

Puse orden.

Y me dije: primero los más antiguos.

Los tiempos que viví de niño fueron felices, ausentes de responsabilidades y compromisos.

Después llegó el tiempo de estudio. La primaria fue una feliz rutina: levantarse, “hacer la cama”, salir bien pulcro, el uniforme que lavaba y planchaba sin una arruga mi mamá MARÍA, bien peinado, los zapatos boleados y una bendición me acompañaron los días de primaria. Al regreso, hacer la tarea, comer y después cenar y luego, al otro día, empezar de nuevo.

Mi padre fue comerciante desde que lo conocí hasta el último día de su existencia. Tuvo un espacio en el Mercado Zaragoza, a unas cuantas cuadras del puente internacional Reynosa-Hidalgo.

Cuando estuve en quinto año en la primaria Miguel Hidalgo, en el turno vespertino, me permitió el acceso a las primeras responsabilidades.

Llevarle, en una portavianda, la comida a don BENJAMÍN. Después de comer se iba a echar “un coyotito” en el mezzanine de la tienda y yo me quedaba al frente del negocio, con el encargo de atender a los clientes, la mayoría turistas, en un 70%, vender y cobrar por dos horas.

Corrían mis once años de edad.

Esa época me gustó.

En esa época aprendí del placer que se siente trabajar y recibir una remuneración. En ese tiempo me daban 20 centavos mexicanos para comprar algo en el recreo. Era suficiente.

Del trabajo, me pagaban un “tostón”, una moneda de 50 centavos que traía la imagen de Cuauhtémoc.

Eso me gustó, y mucho. ¡No saben el placer que sentía traer un tostón en la bolsa secreta del pantalón!

Pasó la primaria y llegué a la Secundaria José de Escandón.

Debo decirle, comentarle y contarle que fui muy buen estudiante. Apodado “Homo Sapiens”, pasé mi vida secundaria y prepa trabajando con mi papá y cada dos meses como notificador del IMSS. No recuerdo quién me recomendó.

En secundaria ya no le llevé “el lonche” a mi padre. Lo que más extrañé fue el tostón que me ganaba todos los días.

En ese tiempo mi padre, emprendedor, como ahora se les llama, se dedicó a un negocio familiar que era comprar a granel, tostar o freír cacahuates y semillas de calabaza, empacados como snacks, además de frutas secas y especias.

Fui un vendedor, changarro por changarro, de un sector determinado por mi padre para que no nos amontonáramos unos con otros vendedores.

A cambio de una comisión por las ventas.

De ese concepto aprendí que el esfuerzo tiene su recompensa: entre más vendiera, más era mi ganancia.

(Encontré un nicho de mercado de consumo e-s-p-e-c-t-a-c-u-l-a-r).

El sector que me tocó atender era de la calle Aldama hasta Madero, de la calle Bravo hasta una cuadra más de la Plaza de Toros.

En ese sector se encontraba la zona roja. Un lugar que estaba prohibido para mí, tan solo mirar.

Mi horario de trabajo era de las 6 p. m. a las 7:30. En ese tiempo debía recorrer los negocios.

Batallaba para vender todo lo que cabía en una caja de manzana trepada a una bicicleta “Búfalo”, rin 28.

Pero me encontré con esos lugares no santos que, tan solo dos de ellos, me compraban todo en 20 o 30 minutos.

La pregunta era qué hacía con esa hora que me faltaba para cubrir mi horario.

Como era temprano y “aún no llegaba la clientela habitual”, pedí permiso al “bartender” para que me permitiera tomar una hora para aprender a jugar carambola de tres bandas.

Me hice vago (competente) para la carambola. Hay testigos entre los compañeros con los que nos íbamos de pinta en la escuela preparatoria en los tiempos libres, sábados y domingos, en los “Billares Tampico”.

Todo iba bien… hasta que un día…

Un tío me descubrió y me puso el dedo con mi apá.

Aparte de ser un buen estudiante, fui buen jugador de billar y trabajador. Fue una buena época, de mucho aprendizaje. La escuela de la academia y la de la vida fueron una simbiosis que antecedió a la persona que soy hasta este día.

Aprendí que la constancia, perseverancia, actitud y, lo más importante, la audacia producen la adrenalina del riesgo que se corre en cada decisión.

Como la que tomé con un grupo de compañeros para fundar una logia ajefista, “Juárez y la Reforma”.

Tiempos de juventud, divino tesoro, tiempos felices, sin alcohol, sin drogas, sin celular.

Pero con un profundo convencimiento de que estudiar para trabajar produce emociones necesarias para pronosticar el futuro económico.

Llegó el tiempo de partida. A los 18 años emprendí la salida de mi familia y de Reynosa.

Estudié la carrera de Contador en la UAT, Facultad y Universidad que son como unos segundos padres, MI ALMA MATER.

De mis padres biológicos aprendí los valores de la familia y a ser independiente; la UAT fue el camino para obtener conocimiento.

Fui buen estudiante, primer lugar en la generación, examen público con reconocimiento por el gobernador de la época, MANUEL A. RAVIZÉ.

La experiencia en el saber acerca de la Contaduría Pública, con la educación dual recibida en la UAT y en el despacho de JAVIER DE LOS SANTOS, a quien no me canso de dar gracias de frente y a sus espaldas.

Se puede decir que me enseñaron a trabajar como burro.

Después ya no es historia. Lo que puedo decir es que todas las etapas de mi vida fueron felices. Hice lo que debía hacer, tomando iniciativas y riesgos en los emprendimientos y decisiones que he tomado solo.

Contrarreloj, contra convencionalismos, he sido creador de “otra forma de hacer las cosas”.

Ahora, a mis casi setenta y cinco, sigo trabajando por la inquietud que me provoca aportar mi conocimiento para encontrar la línea más corta entre dos puntos, el de salida y el de llegada.

Esta colaboración nace de una pregunta que tardé en contestar.

No todo fue miel sobre hojuelas. Tiempos buenos, también tiempos de angustia por los riesgos, sin pensar que no era yo el equivocado, era el gobierno por sus malas decisiones.

Viví todas las devaluaciones, el error de diciembre del 94, el crack de la bolsa en época de De la Madrid.

Sufrí los embates de una embolia a los 52 años, de la que “casi” muero. Fueron seis meses de angustia.

Pero… aquí estoy.

Bendecido por el Señor JESÚS.

Soy un egresado de la UAT y de la escuela de la vida, donde para abrir el camino se manejó machete y estrategia.

Mi correo: humbertografico@yahoo.com.mx

Humberto Gutiérrez

Victorense.

Contador Público.

Escribe en varios medios de comunicación de Tamaulipas.

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