El plebiscito de todos los días
Durante mucho tiempo, las decisiones del poder avanzaban más rápido que la capacidad de la sociedad para reaccionar ante ellas. Una decisión recorría despachos, llegaba a los periódicos, ocupaba espacios en la radio y la televisión y, después, comenzaba lentamente a instalarse en la conversación pública. Entre el acontecimiento y su interpretación existía una distancia, y en esa distancia también se gobernaba. Ese tiempo prácticamente desapareció. Hoy una decisión puede ser conocida, discutida, aprobada, cuestionada y convertida en símbolo antes de que termine el día. Una imagen atraviesa una ciudad en minutos, una frase modifica una conversación y un error aparentemente pequeño puede adquirir dimensiones políticas inesperadas. No solo cambió la velocidad de la información, sino también la naturaleza del poder.
La política tradicional acostumbró a ver a la ciudadanía como destinataria de las decisiones públicas. El gobierno decidía, actuaba y comunicaba; las personas sufrían las consecuencias de esa actuación. Eran, en buena medida, objetos del cambio. Pero la revolución de la información alteró esa relación. Las personas comenzaron a producir información, interpretarla, compartirla, discutirla y otorgarle significado. Dejaron de ocupar únicamente el último lugar de la cadena para intervenir en todo el proceso. Pasaron de ser objetos del cambio a convertirse en sujetos de la transformación. Y esa diferencia adquiere una enorme importancia cuando comprendemos que el poder ya no depende solamente de la capacidad institucional para tomar decisiones, sino también de la capacidad social para reconocerlas como legítimas.
Hoy tenemos más posibilidades de expresar nuestras diferencias y, al mismo tiempo, más oportunidades de descubrir aquello en lo que podemos coincidir. No necesitamos pensar igual. Podemos pertenecer a generaciones diferentes, vivir realidades distintas, tener intereses, historias y formas de entender el mundo completamente opuestas. Basta, sin embargo, que una preocupación, una esperanza, una indignación o una expectativa nos encuentre en un mismo punto para que aparezca algo políticamente poderoso: lo común. Cuando personas diferentes reconocen una causa compartida, comienza a construirse legitimidad. Primero, alguien siente; después, descubre que otros sienten algo parecido; entonces conversan, se reconocen y la percepción individual comienza a transformarse en una percepción colectiva. Cuando esa coincidencia alcanza suficiente fuerza, se convierte en poder.
Tal vez por ello vivimos en una especie de plebiscito permanente. No es un plebiscito jurídico, porque no existen urnas cada mañana ni boletas esperando nuestra respuesta, sino un plebiscito social: una evaluación cotidiana de quienes gobiernan, de quienes aspiran a gobernar y de las decisiones que afectan nuestra vida. Todos los días pronunciamos pequeños sí y pequeños no. Lo hacemos cuando confiamos, cuando dudamos, cuando compartimos, cuando defendemos, cuando cuestionamos y también cuando dejamos de creer. La legitimidad que antes parecía concentrarse principalmente en el momento electoral necesita ahora construirse y reconstruirse a lo largo de todo el ejercicio del poder.
Las urnas otorgan legitimidad de origen y la manera de gobernar construye legitimidad de ejercicio, pero nuestra época ha incorporado otra dimensión: la legitimidad recurrente. Es aquella que se pone a prueba cada vez que una sociedad se pregunta si aquello que está ocurriendo continúa representando sus expectativas. Por eso, gobernar bien ya no consiste solamente en hacer; también exige escuchar, comprender, explicar, interpretar y, cuando sea necesario, corregir. Un gobierno puede construir una carretera y no construir significado alrededor de ella. Puede entregar una obra extraordinaria y no conseguir explicar qué problema resolvió. Puede presentar cifras positivas mientras una parte de la sociedad experimenta una realidad distinta. Los datos describen la realidad, pero las personas experimentan su significado. Entre ambos espacios se juega buena parte de la política contemporánea.
Las campañas enfrentan exactamente el mismo fenómeno. Todavía acostumbramos a fijar una fecha y decir: “Aquí comienza la campaña”. Probablemente ya no sea así. Cuando aparece el candidato, la sociedad lleva mucho tiempo formándose opiniones. Ha acumulado recuerdos, decepciones, expectativas, afectos, temores y esperanzas. La campaña formal llega después; la campaña emocional comenzó mucho antes. Una gestión produce hechos, los hechos generan percepciones, las percepciones despiertan emociones, las emociones buscan explicaciones y las explicaciones compartidas construyen narrativas. Cuando una narrativa logra representar aquello que personas diversas reconocen como común, comienza a generar legitimidad. Ahí empieza verdaderamente una campaña: no cuando alguien solicita el voto, sino cuando una sociedad comienza a imaginar quién puede representar lo que viene.
Quizá por eso uno de los mayores errores del poder sea creer que la ciudadanía solo decide cuando tiene una boleta frente a sí. El voto es apenas el instante visible de un proceso mucho más profundo. Antes de votar, las personas observaron, compararon, sintieron, conversaron e interpretaron. Lentamente fueron decidiendo. La elección simplemente convierte esa historia en números.
Durante siglos, la política se preguntó quién tenía el poder. Tal vez nuestra época exige una pregunta diferente: ¿quién tiene la capacidad de construir lo común? Porque cuando personas diferentes descubren que comparten una misma interpretación de la realidad, dejan de ser simples espectadores, dejan de ser destinatarios, dejan de ser objetos de las transformaciones y se convierten en sujetos de ellas. Quizá el verdadero plebiscito de nuestro tiempo no se celebre cada tres o seis años. Ocurre todos los días. Y la pregunta que una sociedad responde silenciosamente ya no es únicamente por quién votará mañana, sino una mucho más profunda para cualquiera que ejerza el poder: ¿todavía me representas?
Durante siglos la política se preguntó quién tenía el poder. Tal vez nuestra época exige una pregunta diferente: ¿quién tiene la capacidad de construir lo común? Porque cuando personas diferentes descubren que comparten una misma interpretación de la realidad, dejan de ser simples espectadores, dejan de ser destinatarios, dejan de ser objetos de las transformaciones y se convierten en sujetos de ellas. Quizá el verdadero plebiscito de nuestro tiempo no se celebre cada tres o seis años. Ocurre todos los días. Y la pregunta que una sociedad responde silenciosamente ya no es únicamente por quién votará mañana, sino una mucho más profunda para cualquiera que ejerza el poder: ¿todavía me representas?
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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