El péndulo
América Latina está entrando en una etapa distinta de su historia política. Durante años el continente discutió la distribución de la riqueza, la ampliación de derechos, la incorporación de millones de personas al desarrollo económico y social, la corrección de desigualdades históricas y la construcción de Estados con mayor capacidad para atender a sectores que durante generaciones permanecieron al margen de las oportunidades. Aquella conversación produjo transformaciones profundas, modificó gobiernos, rediseñó sistemas políticos completos y convirtió a la izquierda en la fuerza dominante de buena parte de la región. El fenómeno alcanzó tal magnitud que muchos llegaron a asumir que se trataba de una tendencia irreversible, sin embargo, existe un péndulo que se mueve entre extremos ideológicos.
Los resultados electorales acumulados durante los últimos años sugieren una realidad distinta. Argentina eligió a Javier Milei, Ecuador ratificó a Daniel Noboa, Chile se inclinó por José Antonio Kast, Bolivia cambió de dirección política, Honduras siguió una ruta semejante y Colombia acaba de incorporarse a la misma corriente. Incluso en aquellos países donde la izquierda conserva el gobierno, las oposiciones han recuperado competitividad, capacidad de crecimiento y posibilidades reales de disputar el poder. La simultaneidad de estos procesos resulta demasiado consistente para ser interpretada como una casualidad estadística.
La explicación tampoco cabe dentro de una lectura simplista sobre un supuesto despertar conservador del continente. Las sociedades latinoamericanas continúan valorando la protección social, la reducción de la pobreza, el incremento salarial, la presencia del Estado, la inversión pública y la disminución de desigualdades históricas. Sin embargo, la demanda ciudadana comenzó a desplazarse desde la promesa hacia la ejecución, desde la representación hacia la gestión y desde la narrativa hacia los resultados.
Distintas hipótesis indican que la seguridad ocupa el centro de las preocupaciones públicas, el crecimiento económico volvió a convertirse en una prioridad y la calidad institucional recuperó importancia. La capacidad para gobernar adquirió un valor político superior al que tenía hace apenas una década. El elector latinoamericano conserva preferencias ideológicas, aunque desarrolla una exigencia creciente respecto de la eficacia gubernamental. Ahí, estimo, se encuentra el verdadero origen del viraje que atraviesa la región.
Las elecciones contemporáneas dejaron de ganarse exclusivamente mediante ideologías. Las victorias duraderas se construyen mediante alianzas capaces de integrar intereses distintos bajo una visión compartida. La izquierda alcanzó sus mayores triunfos cuando logró reunir trabajadores, clases medias, jóvenes, movimientos sociales, académicos, empresarios progresistas y votantes independientes alrededor de un proyecto común. La oposición regional ha comenzado a recorrer una ruta semejante mediante una narrativa centrada en seguridad, crecimiento económico, autoridad institucional, estabilidad y capacidad de gestión.
Latinoamérica gira menos alrededor de doctrinas y mucho más alrededor de coaliciones sociales capaces de construir mayorías estables.
Colombia representa el ejemplo más ilustrativo de este fenómeno. La llegada de Gustavo Petro a la presidencia constituyó uno de los acontecimientos políticos más importantes de la historia reciente del continente. Por primera vez la izquierda gobernaba un país que durante décadas fue considerado uno de los principales bastiones conservadores de América Latina. Su triunfo fue interpretado como la confirmación de una nueva etapa regional y como la demostración de que la izquierda podía ampliar sus fronteras políticas incluso en territorios históricamente adversos.
La evaluación de su gobierno exige una mirada objetiva. Quienes reducen la experiencia de Petro a un fracaso ignoran hechos verificables. Colombia registró avances significativos en reducción de pobreza y pobreza extrema respecto a los años posteriores a la pandemia. Diversos indicadores sociales mejoraron y la economía evitó escenarios de deterioro que muchos anticipaban durante la campaña presidencial. Millones de colombianos experimentaron mejoras tangibles en sus condiciones materiales de vida.
Aun así, el proyecto político que lo llevó al poder perdió la capacidad de conservar la mayoría electoral que había construido apenas unos años atrás.
La explicación obliga a observar factores que trascienden las estadísticas económicas. Los avances sociales convivieron con una percepción creciente de inseguridad, incertidumbre económica, confrontación política, desgaste institucional y preocupación sobre el rumbo general del país. La experiencia colombiana demuestra que una sociedad puede reconocer progresos materiales y simultáneamente desarrollar dudas sobre la dirección estratégica de una administración. Una familia puede mejorar sus ingresos y conservar inquietud por la seguridad de sus hijos. Un trabajador puede experimentar mejores condiciones económicas y al mismo tiempo percibir un entorno cada vez más incierto.
La política contemporánea se decide precisamente en ese punto de encuentro entre los datos objetivos y la percepción colectiva.
Existe además un elemento que rara vez aparece en los análisis domésticos. El continente atraviesa una transformación geopolítica paralela al regreso de corrientes conservadoras en Estados Unidos y Europa. Washington ha comenzado a reorganizar sus prioridades alrededor de seguridad nacional, competencia tecnológica con China, relocalización industrial, energía, cadenas de suministro estratégicas y control migratorio. Cuando la potencia económica, militar y financiera más importante del hemisferio modifica su orientación estratégica, los efectos terminan alcanzando organismos multilaterales, universidades, centros de pensamiento, organizaciones civiles, medios de comunicación, flujos de financiamiento y ecosistemas completos de influencia política.
Ninguna elección latinoamericana puede explicarse desde Washington, pero tampoco puede comprenderse plenamente ignorando a Washington. La reducción de programas de cooperación internacional, los cambios en prioridades diplomáticas y la transformación del entorno político occidental forman parte de un contexto mucho más amplio que contribuye a fortalecer determinadas corrientes ideológicas, amplificar ciertas narrativas y facilitar nuevas alianzas políticas. El efecto de la influencia internacional suele manifestarse mediante la creación de condiciones favorables para tendencias que ya se encuentran presentes dentro de cada sociedad.
La elección colombiana debe entenderse desde esa convergencia de factores. Resultados gubernamentales, percepción ciudadana, liderazgo político y contexto geopolítico terminaron encontrándose en un mismo momento histórico.
México observa este proceso desde una posición singular. Morena conserva una fortaleza que ninguna otra fuerza progresista latinoamericana posee actualmente. Cuenta con organización territorial, liderazgo político, presencia institucional y una base social que continúa reconociendo beneficios concretos derivados de programas sociales, incrementos salariales y una participación más activa del Estado en amplias regiones del país.
Aunque existe un elemento todavía más importante. Morena funciona mucho menos como un partido y mucho más como una coalición o movimiento.
La historia política demuestra que las grandes victorias pertenecen a quienes logran construir alianzas amplias y duraderas. La coalición gobernante reúne sectores populares, sindicatos, gobernadores, liderazgos territoriales, empresarios pragmáticos, fuerzas armadas y millones de ciudadanos que identifican mejoras concretas en sus condiciones de vida. El Partido Verde aporta flexibilidad electoral y adaptación territorial, mientras que el Partido del Trabajo aporta cohesión ideológica. La suma de estos factores explica buena parte de la estabilidad política mexicana y también explica por qué el país se comporta de manera distinta frente a tendencias observadas en otras latitudes.
La principal lección colombiana consiste en recordar que ninguna coalición dispone de una reserva infinita de legitimidad. Los avances sociales generan respaldo, la seguridad genera confianza, el crecimiento genera expectativas y la eficacia fortalece gobiernos. El deterioro de cualquiera de estos elementos termina erosionando incluso a los proyectos políticos más exitosos.
La oposición mexicana enfrenta un desafío igualmente complejo. El desgaste potencial de un gobierno jamás garantiza una victoria automática. Construir una alternativa competitiva exige articular una coalición equivalente en tamaño, profundidad territorial y credibilidad política. Durante décadas el PRI fue el gran constructor de alianzas nacionales. Su debilitamiento abrió un espacio que Morena ocupó con enorme eficacia. Cualquier proyecto alternativo requerirá reconstruir una convergencia entre sectores empresariales, clases medias urbanas, liderazgos regionales, votantes independientes y organizaciones políticas capaces de compartir una visión común de país.
América Latina está dejando atrás una etapa histórica. La izquierda ganó la batalla de la inclusión y la derecha está en la batalla por el orden alineada también a intereses de Estados Unidos. La siguiente etapa probablemente pertenecerá a quien logre construir una síntesis entre ambas aspiraciones.
La fuerza política dominante del futuro será aquella capaz de combinar crecimiento económico con movilidad social, seguridad con libertades, autoridad con legitimidad democrática, inversión con bienestar y visión estratégica con resultados verificables.
Colombia acaba de mostrar el agotamiento de una etapa. México tiene la oportunidad de demostrar si posee la capacidad para inaugurar la siguiente. Las transformaciones políticas verdaderamente profundas suelen comenzar mucho antes de que los mapas electorales revelen que el terreno ya cambió.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA lo permite y el péndulo no me toma desprevenido.
Placeres culposos, en esta ocasión mundialistas: Ver a Messi jugar. México gana 2 a 1 a Chequia, juega Ochoa y Gilberto Mora.
Girasoles para Greis y Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ