La presidenta CSP fija postura ante Estados Unidos
El día de hoy la atención pública se concentró en las referencias a la soberanía nacional, en las tensiones recientes con Estados Unidos y en las acusaciones dirigidas contra distintos actores políticos mexicanos. Sin embargo, considero que la relevancia del discurso pronunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum durante la conmemoración de los dos años de su triunfo electoral se encuentra en otro lugar. Lo que estimo más importante fue que, dejó de hablar de casos específicos para construir una explicación más amplia sobre el contexto político en el que esos casos aparecen y sobre la manera en que podrían desarrollarse los acontecimientos durante los próximos días y años.
Durante meses, la conversación pública ha estado dominada por investigaciones, expedientes, solicitudes de extradición, señalamientos, filtraciones y acusaciones provenientes de autoridades estadounidenses. Cada episodio fue discutido de manera aislada, como si se tratara de acontecimientos independientes entre sí, con causas, responsables y consecuencias particulares. El mensaje pronunciado en el Monumento a la Revolución modificó esa lógica. En lugar de responder a cada caso, la presidenta construyó una interpretación general del momento político que atraviesa la relación entre México y Estados Unidos. La tesis parece clara y es que el gobierno federal considera que la presión proveniente de Washington podría intensificarse aún más conforme se acerquen las elecciones intermedias estadounidenses y avance la construcción política de la elección mexicana de 2027. Si esa lectura resulta correcta, entonces el discurso adquiere un significado mucho más profundo que el de una respuesta coyuntural, porque deja de mirar hacia atrás para comenzar a prepararse para lo que podría venir.
Desde esa perspectiva, Sheinbaum parece estar enviando un mensaje dirigido simultáneamente a varios públicos. A Estados Unidos le comunica que México observará con atención cualquier acción que pueda interpretarse como una influencia indebida sobre su vida política interna. A Morena le advierte que la disputa de los próximos años podría desarrollarse en un terreno distinto al que tradicionalmente ha enfrentado. A la oposición le plantea un dilema político complejo respecto a la forma en que responderá a futuras acusaciones provenientes del exterior.
La relación entre México y Estados Unidos nunca ha sido una relación ordinaria. La frontera más transitada del mundo, una integración económica sin precedentes, cadenas de suministro compartidas, desafíos comunes en materia de seguridad y una historia compleja de cooperación y desencuentros han producido una realidad donde las decisiones tomadas en Washington generan efectos inmediatos en México y donde muchas decisiones tomadas en México terminan teniendo repercusiones en Estados Unidos. Sin embargo, una cosa es la interdependencia y otra muy distinta la capacidad de influir sobre la conversación política interna de un país mediante investigaciones, expedientes, filtraciones o acusaciones que terminan moldeando percepciones públicas y alterando el equilibrio de una competencia electoral.
La relevancia del discurso radica precisamente en que intentó mover el eje de la discusión. Hasta ahora la conversación giraba alrededor de expedientes concretos. A partir del domingo, la presidenta busca que el debate se traslade hacia el contexto en el que esos expedientes aparecen y hacia los incentivos políticos que podrían estar acompañando su difusión. La diferencia puede parecer sutil, aunque desde el punto de vista de la comunicación política resulta enorme. Las disputas contemporáneas rara vez se definen exclusivamente por los hechos. Con frecuencia se definen por los marcos de interpretación a través de los cuales esos hechos son comprendidos. Cuando una narrativa logra instalarse en la opinión pública, los acontecimientos posteriores suelen ser leídos a través de esa narrativa, modificando su significado político incluso antes de que exista una resolución institucional definitiva.
Por ello considero que el discurso debe entenderse como una jugada preventiva. La Presidenta parece asumir que los próximos meses podrían traer nuevos episodios de confrontación, nuevos señalamientos contra figuras vinculadas al movimiento gobernante, nuevas filtraciones y nuevos intentos de influir en la conversación pública mexicana. Frente a ese escenario decidió fijar desde ahora el terreno sobre el cual serán interpretados esos acontecimientos. En términos estratégicos, la apuesta consiste en llegar primero a la discusión pública y establecer una narrativa capaz de dar contexto a lo que todavía no ocurre. Más que responder a futuras acusaciones, el objetivo parece consistir en preparar el marco dentro del cual dichas acusaciones serán evaluadas por amplios sectores de la sociedad.
La apuesta adquiere todavía mayor relevancia porque coincide con un momento particularmente sensible para América del Norte. Me refiero a la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, el acuerdo que constituye la columna vertebral de la integración económica regional. Aunque formalmente se trata de una discusión comercial, resulta difícil imaginar que seguridad, migración, combate al narcotráfico, competencia tecnológica, política industrial y procesos electorales permanecerán completamente separados de esa negociación. La historia de la relación bilateral demuestra que los distintos temas terminan conectándose entre sí y que los momentos de tensión política suelen proyectarse sobre las discusiones económicas. Bajo esa óptica, el discurso también puede interpretarse como una pieza temprana de posicionamiento frente a una etapa donde comercio, seguridad y competencia política comenzarán a cruzarse con una intensidad creciente.
Para la Presidencia, la oportunidad consiste en transformar una posición reactiva en una posición de iniciativa y convertir una serie de episodios aislados en una discusión más amplia sobre soberanía y capacidad institucional. El riesgo consiste en que esa narrativa inevitablemente elevará las expectativas sobre las propias instituciones mexicanas. Mientras mayor sea el énfasis colocado en la capacidad del Estado mexicano para conducir sus asuntos internos, investigar conductas ilícitas y resolver conflictos mediante mecanismos propios, mayor será también la exigencia pública respecto a los resultados que esas instituciones sean capaces de producir.
Para Morena, la apuesta posee una lógica política evidente. Pocas ideas tienen una fuerza simbólica comparable a la defensa de la autonomía nacional dentro de la cultura política mexicana. Se trata de una narrativa con capacidad para conectar con sectores sociales diversos, fortalecer identidades políticas y generar cohesión frente a presiones externas. Sin embargo, también incrementa el nivel de exigencia sobre quienes ejercen responsabilidades públicas, porque la ciudadanía suele respaldar la defensa de la soberanía cuando percibe que viene acompañada de congruencia, eficacia institucional y resultados concretos.
La oposición enfrenta probablemente la ecuación más compleja. Si adopta de manera automática cualquier acusación proveniente del exterior corre el riesgo de quedar atrapada en una narrativa donde aparece más cercana a intereses extranjeros que a preocupaciones nacionales. Si minimiza esos señalamientos pierde una parte importante de su función fiscalizadora. Encontrar un punto de equilibrio entre ambas posiciones podría convertirse en uno de los principales desafíos políticos de los próximos años, particularmente si la relación bilateral continúa tensionándose conforme avance el calendario electoral en ambos países.
Estados Unidos tampoco se encuentra frente a una situación sencilla. La experiencia internacional demuestra que las presiones externas suelen producir consecuencias distintas a las originalmente buscadas. En numerosas ocasiones terminan fortaleciendo a los liderazgos que pretenden debilitar, especialmente cuando esos liderazgos logran presentarse como defensores de intereses nacionales frente a actores extranjeros. Esa realidad obliga a considerar que cualquier decisión adoptada durante los próximos meses tendrá efectos políticos en ambos lados de la frontera y que la gestión de esa relación requerirá una dosis considerable de prudencia y sensibilidad política.
La pregunta importante ya dejó de ser qué ocurrirá con un expediente específico o con una acusación determinada. La cuestión de fondo consiste en identificar cuál será la narrativa dominante rumbo a 2027, porque las elecciones contemporáneas rara vez se definen únicamente por candidatos, campañas o estructuras territoriales. También se definen por la capacidad de imponer una interpretación de la realidad. Si la conversación pública gira principalmente alrededor de corrupción, crimen organizado y seguridad, algunos actores llegarán con ventaja. Si la conversación gira alrededor de soberanía, autonomía nacional e influencia extranjera, otros actores encontrarán condiciones más favorables. Visto desde esa perspectiva, la importancia del discurso pronunciado en el Monumento a la Revolución radica en haber intentado desplazar el centro de gravedad de la discusión nacional desde los expedientes concretos hacia el contexto político que los rodea, desde los acontecimientos aislados hacia las fuerzas que podrían estar moldeando esos acontecimientos y desde las acusaciones del presente hacia la disputa narrativa que acompañará la construcción del proceso electoral de 2027.
Todavía es temprano para saber si la apuesta resultará exitosa o si los acontecimientos terminarán imponiendo una dinámica distinta. Lo que parece evidente es que la conmemoración de los dos años del triunfo electoral dejó de ser un acto destinado exclusivamente a celebrar una victoria política para convertirse en la presentación de una tesis sobre el futuro inmediato de la relación entre México y Estados Unidos. Una tesis que parte de la premisa de que la siguiente gran disputa entre ambos países podría desarrollarse menos en el ámbito diplomático tradicional y más en el terreno de la opinión pública, de las percepciones colectivas y de las narrativas que acompañarán los procesos electorales en ambos lados de la frontera. Bajo esa lectura, el discurso adquiere una dimensión que trasciende la coyuntura y se convierte en un intento por definir, desde ahora, el marco conceptual dentro del cual serán interpretados los conflictos políticos que todavía están por venir.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA o la disputa por dominar la narrativa lo permiten.
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David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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