Deja tú y los niños
La tristeza y el cansancio emocional en mi generación, pertenecían al territorio de la voluntad. Crecí escuchando que la depresión desaparecía “echándole ganas”, trabajando, distrayéndose, saliendo adelante con carácter y disciplina. La generación X aprendió a convivir con silencios emocionales larguísimos, con hombres incapaces de hablar sobre ansiedad y con familias enteras convencidas de que pedir ayuda equivalía a fragilidad. Boy’s don’t cry como diría The Cure o los chicos no lloran como lo cantaría Bose. Durante muchos años compartí esa mirada hasta que la vida empezó a colocar frente a mí historias distintas, personas cercanas quebradas por enfermedades devastadoras, pérdidas irreparables, agotamiento extremo o vacíos internos imposibles de explicar desde la lógica cotidiana. Ahí entendí que la depresión pertenece al terreno de las enfermedades reales y profundas. El cariño ayuda, la empatía acompaña y el tiempo suaviza ciertas heridas, aunque existe un punto donde el cerebro necesita atención profesional, tratamiento, terapia y, en muchos casos, medicamentos capaces de devolver equilibrio químico y emocional.
Por eso me preocupó profundamente un análisis publicado por The Lancet y retomado por el periódico El País sobre la salud mental global, apenas el viernes pasado. Cerca de 1,200 millones de personas viven con algún trastorno psiquiátrico. La cifra adquiere una dimensión gigantesca cuando uno intenta imaginarla en términos humanos. Familias enteras atravesadas por ansiedad, adolescentes incapaces de dormir, adultos que sobreviven cada día cargando un agotamiento emocional permanente y niños creciendo con miedo.
Durante décadas el mundo construyó una narrativa obsesionada con productividad y eficiencia. La tecnología aceleró industrias, mercados y sistemas de comunicación hasta niveles impensables hace apenas treinta años, aunque el cerebro humano continúa funcionando con ritmos emocionales muchísimo más antiguos. El cuerpo evolucionó para enfrentar amenazas temporales, periodos breves de estrés y comunidades pequeñas, donde la comparación existía pero no era tan común. La civilización digital empujó a millones hacia una exposición constante a noticias violentas, comparaciones sociales infinitas, incertidumbre económica, hiperestimulación y aislamiento emocional.
Sin embargo uno de los aspectos más delicados del estudio, lo presentan los adolescentes que se encuentran entre los grupos más afectados y buena parte de esa crisis es provocada por el universo digital. Las redes sociales alteraron profundamente la construcción de identidad de niños y jóvenes, y más, después de la pandemia. Durante años, la adolescencia consistía en compararse solamente con compañeros de escuela. Una adolescente de doce años ahora compite emocionalmente contra miles de modelos imposibles, filtros irreales, influencers multimillonarios, vidas editadas digitalmente y estándares físicos fabricados por algoritmos cuyo objetivo principal consiste en mantener atención permanente.
El cerebro adolescente vive una etapa extremadamente vulnerable. La autoestima todavía se encuentra en formación, la identidad emocional cambia constantemente y la validación social adquiere un peso gigantesco. En ese contexto, las plataformas diseñadas para maximizar dopamina y permanencia terminan funcionando casi como casinos psicológicos portátiles. Cada notificación activa mecanismos de recompensa cerebral, cada fotografía genera comparación y con ello inseguridad, cada comentario puede transformarse en angustia y cada tendencia produce presión colectiva. El teléfono celular dejó de ser una herramienta para convertirse en árbitro emocional de millones de jóvenes.
La consecuencia aparece frente a nosotros con crudeza creciente, cada vez más visible pero aún no tan reconocida. Aumentan ansiedad, depresión, trastornos alimenticios, autolesiones y pensamientos suicidas entre adolescentes alrededor del mundo. Padres pertenecientes a generaciones anteriores, como en mi caso, intentamos entender un dolor distinto al nuestro. Antes existían patios, muñecos de starwars, bicicletas, patinetas, balones, parques, música en walkman’s, álbumes de estampas, conversaciones cara a cara y espacios prolongados de aburrimiento creativo. Gran parte de la infancia contemporánea transcurre frente a pantallas que jamás descansan. En mi época infantil, lo más adictivo era el chocomilk y las papas sabritas…que no podías dejar de comer sólo una.
El problema adquiere todavía mayor profundidad porque las plataformas digitales aprendieron perfectamente aquello que capta atención humana. El miedo genera clics, la polarización genera interacción que divide y no fricción que genera. También la indignación multiplica permanencia mientras el algoritmo termina alimentando emociones intensas porque la emocionalidad extrema significa rentabilidad publicitaria y poder para los tecnodictadores. Detrás de cada minuto adicional conectado existe una economía multimillonaria compitiendo por capturar la atención infantil y adolescente.
México enfrenta esta realidad con sistemas de salud mental insuficientes, presupuestos limitados y una enorme carga cultural alrededor del sufrimiento emocional. Muchísimas familias todavía consideran que acudir a terapia pertenece al territorio del estigma. En comunidades enteras sigue existiendo el miedo a aceptar ansiedad, depresión o el agotamiento psicológico. Aún se juzga de locos o débiles a quienes padecen una enfermedad que muchos creen que con distracciones, cinto o regaños se quita. Mientras tanto, las cifras crecen silenciosamente.
Desde las políticas públicas existe muchísimo por hacer. La salud mental necesita abandonar el rincón secundario donde históricamente fue colocada. Las escuelas requieren psicólogos, programas de inteligencia emocional y educación digital seria desde edades tempranas. Los gobiernos necesitan discutir regulación tecnológica enfocada en protección de menores, transparencia algorítmica y límites razonables para plataformas dirigidas a niños y adolescentes. Los espacios públicos, culturales y deportivos adquieren una importancia gigantesca para reconstruir comunidad y convivencia humana fuera de las pantallas.
También hace falta algo profundamente cultural. Aprender a hablar sobre salud mental con naturalidad, sin burlas y sin prejuicios. Entender que pedir ayuda representa un acto de responsabilidad y valentía. Comprender que existen heridas invisibles capaces de destruir vidas enteras con la misma gravedad que muchas enfermedades físicas.
Durante mucho tiempo la humanidad midió su desarrollo mediante crecimiento económico, infraestructura, productividad y consumo. Esta época empieza a revelar que una sociedad difícilmente puede llamarse avanzada cuando millones de personas viven atrapadas en angustia permanente, aun rodeadas de tecnología, conectividad y progreso material. Y ello, honestamente, debería preocuparnos muchísimo más de lo que parece. Deja tú los adultos, ¿y los niños?
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA, la ansiedad o la depresión lo permiten.
Placeres culposos: en música lo nuevo de Bleachers, Aja Monet, Instituto Mexicano del Sonido y The Coral.
En el cine The Mandalorian and Grogu y Café Chairel (Filmada en el bellísimo puerto de Tampico).
Y en la televisión la final del futbol mexicano y las semifinales de la NBA.
Mangonadas para Greis y Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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