Amistad y paciencia
Hubo un tiempo en que pensé que jamás volvería a escribir ni a
publicar algo en Facebook. Creí que lo mejor sería quedarme
solamente mirando lo que los demás compartían, como quien observa
la vida desde una ventana silenciosa. Pasaron algunos meses desde
aquella decisión. Eliminé mi perfil, desaparecí también la página y
pensé que esa etapa había terminado para mí.
Sin embargo, el silencio también habla.
Con el tiempo comprendí que quizá sí debía seguir escribiendo,
aunque de una manera distinta. Ya no por costumbre, ni por
entretenimiento, sino para compartir pequeñas historias humanas,
reflexiones nacidas de la lectura de la Biblia y experiencias que han
ido marcando mi vida al lado del padre Carlos, quien desde hace
algunos años se ha convertido, sin proponérselo, en una fuente
constante de inspiración.
Mi amistad con él podría resumirse en casi nueve años de
aprendizajes. Nueve años en los que he entendido, poco a poco, el
verdadero significado de servir, compartir, ayudar y escuchar. Porque
hay personas que enseñan incluso cuando guardan silencio.
Nunca he sido bueno para dar consejos. Lo mío, más bien, es contar
historias reales. Y la amistad que he construido con el padre Carlos
tiene una riqueza humana y espiritual difícil de explicar con pocas
palabras.
El padre Carlos está cerca de cumplir ochenta años. Recuerdo que,
hace tiempo, otro sacerdote me dijo una frase que hasta hoy sigo
recordando:
—Tenle paciencia al padre.
Yo respondí en tono de broma:
—¿Que yo le tenga paciencia a él o que él me la tenga a mí?
El sacerdote sonrió y contestó:
—Ténganse paciencia.
En aquel momento reímos, pero la frase terminó teniendo más sentido
del que imaginaba.
Apenas tenía poco tiempo de conocer al padre Carlos cuando me pidió
que lo acompañara a Monterrey para visitar a un especialista. Yo sabía
muy poco sobre su estado de salud y nunca antes había acompañado
tan de cerca a una persona mayor. No sabía si tendría la paciencia
necesaria para caminar despacio, esperar, ayudar o simplemente estar
ahí.
Y aun así acepté.
No fue obligación ni compromiso. Fue algo más sencillo y más
profundo: una voz interior, silenciosa, me decía que debía
acompañarlo.
Todavía hoy, después de casi nueve años, sigo pensando lo mismo
que aquella vez:
“Espero que el padre Carlos me tenga paciencia”.
No sé si alguna vez él se haya hecho la misma pregunta respecto a
mí. Nunca lo hemos hablado. Pero quizá no hace falta. Hay amistades
que se sostienen más en los gestos que en las palabras.
A veces pienso que la amistad se parece a un engrane: cada parte
debe aprender a ajustarse a la otra para poder avanzar. Cuando eso
no ocurre, todo termina por detenerse.
Esta mañana acompañé al padre Carlos a almorzar en un restaurante.
Lo vi contento, tranquilo, con buen apetito. Antes de eso había oficiado
misa. Escucharlo cantar junto a varias monjitas —o “madres”, como la
gente suele llamarles— me hizo pensar que algunas personas
envejecen conservando intacta la alegría del espíritu.
Y quizá ahí está el verdadero valor de ciertas amistades: en aprender
a caminar junto al otro con paciencia, incluso cuando ninguno de los
dos es perfecto.
Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista
Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ