A la madre
Pocas canciones caminan tan cerca de la cursilería y, al mismo tiempo, tan cerca de la verdad como “Señora, señora”, de Denisse de Kalafe. Cada 10 de mayo vuelve a aparecer con su solemnidad de festival escolar, con esa emoción desbordada que uno cree haber superado hasta que la escucha otra vez y algo antiguo se acomoda en la memoria. La primera vez que la oí fue de niño. La cantó un adolescente que estaba en mi equipo de natación. Si cierro los ojos todavía alcanzo a escuchar pedazos de aquella voz “a ti que peleaste con uñas y dientes” “señora, señora” mezclados con el olor a cloro, el cansancio del entrenamiento, la pena ajena de los actos escolares y esa extraña certeza de que algunas palabras exageradas, cuando hablan de una madre, dejan de sonar exageradas, salvo en los estadios de futbol.
La vida tarda en explicarnos lo que vimos de niños. Durante años pensé que mi madre simplemente hacía lo que debía hacer. Hoy entiendo que muchas veces hacía lo imposible con una naturalidad que parecía rutina. La recuerdo trabajando por las mañanas y esforzándose por las tardes para darnos lo mejor, apoyando desde esa disciplina callada que rara vez pide reconocimiento. Salir de la escuela, ir a natación, después a karate, regresar cansado y sentarme con ella a repasar para un examen improvisado. Así todos los días, durante los seis años de primaria. En aquel tiempo yo veía tareas, horarios, prisas, uniformes, mochilas y entrenamientos. Ahora veo otra cosa, veo a una mujer organizando el mundo para que sus hijos pudieran crecer con seguridad.
También pienso en Grecia, mi esposa. En su lucha diaria por ser mejor madre, entregada al cien por ciento y preocupada al doscientos cuando algo sucede. La maternidad contemporánea carga una exigencia brutal. A una madre se le pide ternura, paciencia, presencia, equilibrio emocional, acompañamiento escolar, inteligencia afectiva, fortaleza física y una serenidad casi sobrehumana. A veces basta mirar a Alondra mi hija, para saber cuánto de lo bueno que vive en ella viene de esa entrega invisible de mi esposa, de su manera de cuidarla, acompañarla, anticiparse, a veces enfrentar juntas el dolor y celebrar sus pequeñas victorias.
Las estadísticas sirven precisamente para eso. Para ponerle números a lo que durante siglos se llamó amor, instinto o deber, cuando en realidad también era trabajo, tiempo, renuncia y construcción social. En México, de acuerdo con el INEGI, en el cuarto trimestre de 2025 vivían 54.9 millones de mujeres de 15 años y más; 71.5 por ciento de ellas había tenido al menos una hija o hijo nacido vivo. Es decir, siete de cada diez mujeres adultas en el país han vivido la experiencia de la maternidad, con todo lo que implica en biografía, cuerpo, economía, sueño, miedo y esperanza.
La maternidad, además, atraviesa edades muy distintas. El mismo reporte señala que 5.2 por ciento de las adolescentes de 15 a 19 años ya era madre, mientras que entre las mujeres de 60 años y más la proporción alcanzaba 93.7 por ciento. Ese dato dice mucho. Habla de niñas que comienzan demasiado temprano una responsabilidad enorme, de mujeres mayores cuya vida entera quedó marcada por la crianza, y de un país donde la maternidad sigue siendo una de las experiencias centrales de la vida femenina.
El esfuerzo se vuelve todavía más claro cuando se observa el uso del tiempo. En México, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, mientras los hombres dedican 18.2 horas. La brecha llega a 21.5 horas cada semana. Una madre puede trabajar fuera de casa y, al regresar, comenzar otra jornada dentro de casa. Preparar comida, revisar tareas, lavar ropa, acompañar enfermedades, ordenar citas médicas, resolver uniformes, recordar cumpleaños y sostener emociones. Buena parte de la vida familiar descansa sobre una administración invisible que casi siempre tiene rostro de mujer.
La economía también lo confirma. El trabajo doméstico y de cuidados sin remuneración en México equivalió en 2024 a 8 billones de pesos, 23.9 por ciento del PIB nacional. Las mujeres aportaron 72.6 por ciento de ese valor. Dicho de otra manera, si ese trabajo se pagara, estaríamos hablando de uno de los sectores económicos más grandes del país. Muchas madres sostienen la economía sin aparecer en nóminas, contratos, discursos empresariales ni ceremonias de productividad.
El mundo entero descansa sobre esa misma desigualdad. La Organización Internacional del Trabajo ha estimado que las mujeres realizan 76.2 por ciento del trabajo de cuidados sin pago a nivel global. Detrás de esa cifra está la escena más repetida de la historia humana: una mujer levantándose antes que todos, acostándose después que todos, cuidando cuerpos, alimentos, enfermedades, rutinas, tristezas y futuros.
La maternidad también sigue siendo una experiencia de riesgo en demasiados lugares. En 2023 murieron alrededor de 260 mil mujeres por causas relacionadas con el embarazo y el parto, casi una cada dos minutos. La mortalidad materna global bajó de 328 a 197 muertes por cada 100 mil nacidos vivos entre 2000 y 2023, pero el avance resulta insuficiente frente a una tragedia que en gran medida podría prevenirse con atención médica, seguimiento oportuno, infraestructura, información y servicios de salud dignos.
Por eso el Día de las Madres debería ser algo más que flores, comidas llenas, canciones repetidas y felicitaciones rápidas. Tendría que ser una forma de mirar con justicia. Mirar a la madre que trabaja fuera y dentro de casa. A la que cría sola, a la que acompaña a distancia, a la que migró, a la que perdió un hijo, la que quiso ser madre y enfrentó dificultades, a la que renunció a oportunidades, a la que se equivocó intentando hacerlo bien, a la que carga culpa por todo y a la que envejeció sin que nadie llevara una cuenta exacta de sus desvelos.
Vuelvo entonces a Denisse de Kalafe y a esa canción que parece demasiado cursi hasta que uno piensa en su propia madre. Vuelvo a ese adolescente cantando en el equipo de natación. Vuelvo a mi madre repasando conmigo después de días interminables. Vuelvo a Grecia cuidando a Alondra con una mezcla de fuerza, miedo, ternura y entrega absoluta. Y entiendo que algunas canciones sobreviven porque nombran, con todas sus exageraciones, una verdad que las estadísticas apenas alcanzan a rodear.
Una madre puede ser una biografía completa escrita en sacrificios que nadie vio. Y por eso, cada 10 de mayo, cuando vuelve esa canción, prefiero rendirme ante ella. Porque ciertas cursilerías existen para proteger lo sagrado “Es linda mi amiga gaviota…su nombre es mi madre”.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y las madres en mi vida lo permiten.
Placeres culposos: Lo nuevo de Neil Diamond y Gregory Hutchinson. La vuelta de las semifinales del futbol mexicano.
Un ramo de flores de Alo y un servidor, para Greis, Dora y Esther.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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