El progresismo en busca de eficacia
La raíz intelectual del progresismo viene de la Ilustración, de aquella convicción según la cual la vida colectiva podía perfeccionarse mediante conocimiento, instituciones, reforma social y expansión de derechos. Su traducción política moderna tomó forma entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando la industrialización concentró riqueza, poder corporativo y desigualdad, y una parte del pensamiento democrático llegó a la conclusión de que el mercado por sí mismo jamás corregiría sus propios excesos. Desde entonces, el progresismo carga una tensión que explica tanto su grandeza como sus derrotas. Aspira a conciliar libertad con justicia, el crecimiento con regulación y la democracia representativa con ciudadanía viva. Cuando acierta, ensancha la esfera de los derechos y vuelve habitable la modernidad. Sin embargo, cuando se extravía, se vuelve sermón, burocracia o catálogo de causas desconectadas de la angustia cotidiana.
Esa tradición, con toda su carga filosófica y toda su fragilidad práctica, llegó este fin de semana a Barcelona en una versión ambiciosa y explícitamente internacional. Allí confluyeron diversas reuniones como fueron la IV Reunión en Defensa de la Democracia y la primera Global Progressive Mobilisation, convocadas alrededor de la defensa de la democracia liberal frente al avance de la ultraderecha y convertir una afinidad moral dispersa en capacidad política coordinada. Pedro Sánchez, el presidente español, definió el proceso con una frase reveladora al presentar la cumbre como una “comunidad política en construcción”, surgida de un foro previo impulsado por Lula da Silva, Gabriel Boric, Colombia y Uruguay, y ya orientada a pasar del diagnóstico a la acción concertada. El portal oficial de la movilización progresista fue igual de claro al describirla como una plataforma para volver visibles y creíbles las soluciones progresistas, unir regiones y generaciones y transformar convicción en resultados. Esa formulación importa mucho, porque revela que la reunión buscó algo mucho mayor que una fotografía de familia. Buscó erigir un espacio de coordinación ideológica transnacional en un momento de fatiga democrática, guerra, desinformación y asedio al multilateralismo.
La escena reunió a un elenco que por sí mismo retrata el alcance de la operación. Estuvieron Claudia Sheinbaum, Luiz Inácio Lula da Silva, Gustavo Petro, Yamandú Orsi y Cyril Ramaphosa, junto con António Costa, Tim Walz, Chris Murphy, Mia Mottley, Stefan Löfven y una constelación de ministros, dirigentes sindicales, economistas, activistas y cuadros partidarios de Europa, América, África y otras regiones. El encuentro oficial de la movilización progresista anunció miles de participantes, un centenar de organizaciones y más de cien actividades entre paneles, sesiones bilaterales y encuentros de trabajo. En el plano programático, el núcleo duro quedó trazado con nitidez. Sánchez planteó tres prioridades integradas en una sola agenda, rescate y reforma del sistema multilateral, gobernanza digital para frenar manipulación algorítmica y discursos de odio, y combate a la desigualdad como condición de supervivencia democrática. Alrededor de ese eje se movieron también discusiones sobre justicia social, clima, trabajo, juventud y control democrático de la tecnología.
Por su parte, Claudia Sheinbaum llegó a Barcelona insistiendo en que entre México y España existía una relación sin crisis, y esa definición quedó respaldada por el encuentro con Pedro Sánchez, el primero de esta magnitud tras años de frialdad diplomática. El gesto tuvo consecuencias inmediatas, selló una nueva etapa bilateral, abrió la puerta a mayor cooperación económica y cultural y colocó a México como anfitrión propuesto de la siguiente reunión en 2027. Sin estridencia, México reapareció en Europa con una mezcla de memoria histórica, pragmatismo y ambición geopolítica. Durante la cumbre, Sheinbaum llamó a sembrar paz, retomó su idea de destinar una fracción del gasto militar a reforestación y planteó una declaración común frente a la posibilidad de una intervención en Cuba. Ese conjunto de posiciones dibuja una doctrina reconocible, defensa de la soberanía, reivindicación del multilateralismo, prudencia frente a Washington y voluntad de ocupar un lugar visible en la arquitectura del progresismo internacional.
El propósito de fondo quedó todavía más claro con la imagen que ofrecieron Sheinbaum, Lula, Petro y Orsi cerrando filas en Barcelona. Esa fotografía expresa el intento de construir un bloque político capaz de revertir el giro conservador que se percibe en distintos puntos de América Latina y de responder a la influencia creciente de la derecha estadounidense sobre la región. Sería ingenuo leer la reunión como un simple ejercicio de retórica. También sería ingenuo atribuirle una potencia inmediata que todavía carece. Barcelona produjo una señal poderosa, articuló una narrativa, fijó prioridades y dejó en pie una red de liderazgos. Aún así, carece de la musculatura institucional de una alianza formal, de un tratado, de una doctrina común plenamente cerrada y de mecanismos permanentes que obliguen a sus miembros a actuar en el mismo sentido cuando lleguen crisis comerciales, migratorias, militares o energéticas. Dicho de otro modo, la cumbre marcó el nacimiento de una voluntad compartida y todavía busca una estructura duradera. Su mayor valor radica en el terreno de la imaginación estratégica, pero al fin y al cabo, imaginación. Intenta convencer al mundo de que la derecha dejó de ser una suma de episodios nacionales y ya opera como ecosistema internacional, y de que frente a ese fenómeno el progresismo también necesita lenguaje común, objetivos acumulativos y reflejos coordinados.
Trump, desde luego, aparece como el gran antagonista implícito de esta historia. Su posición y estilo está logrando unir a una parte del mundo para resistir ante su autoritarismo caprichoso. Aun cuando Sheinbaum cuidó el registro y evitó convertir su viaje en una escenificación frontal contra Washington, el contexto vuelve imposible una lectura inocente. La cumbre fue descrita por agencias internacionales como una movilización frente a la ultraderecha y frente a un orden internacional sometido a la presión del unilateralismo, mientras el propio presidente estadounidense venía de tensar su relación con España mediante amenazas comerciales ligadas a disputas estratégicas y militares. Cabe esperar, por ello, una respuesta que combine desdén retórico, caricaturización del encuentro como club ideológico y posible presión diplomática sobre gobiernos que busquen perfilarse como contrapeso político en el hemisferio. Trump entiende algo que la izquierda entendió tarde, la geopolítica contemporánea también se libra en el terreno simbólico. Quien logra imponer el relato del caos, del enemigo y del agravio, gana terreno incluso antes de ganar elecciones. Barcelona quiso disputar justamente esa arena y presentar otra secuencia emocional, cooperación frente a repliegue, reglas frente a arbitrariedad, justicia frente a resentimiento y comunidad frente a tribalismo.
Lo que sigue será la parte verdaderamente decisiva. El progresismo reunido en Barcelona ya dio un paso importante al admitir que el desafío contemporáneo jamás se reduce a repartir mejor la riqueza, pues también exige gobernar la ansiedad social, regular la tecnología, domesticar la mentira industrializada y devolver eficacia material a la democracia. Ahora toca probar que esa lucidez puede traducirse en gobiernos capaces de ofrecer seguridad, crecimiento, transición ecológica, soberanía y apertura al mundo sin abandono de las mayorías En ese trayecto México ocupará un sitio especialmente sensible. Su economía permanece enlazada a Estados Unidos, su vecindad impone cautela y su incorporación visible al eje progresista le da un margen de maniobra nuevo, atractivo y riesgoso al mismo tiempo.
El progresismo intenta volver al centro de la historia justo cuando la historia volvió a endurecerse. Deberá responder al miedo sin gobernar desde el miedo. Si lo logra, Barcelona será recordada como un punto de inflexión. Si falla, quedará como una cumbre interesante en su escenografía y modesta en sus consecuencias.
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David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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