Poder y gobernabilidad en un contexto de fisuras
La estrategia puede entenderse como la capacidad de construir, administrar y sostener poder dentro de un marco institucional democrático, a partir de la comprensión de las reglas del sistema, de los actores que intervienen en él, de los incentivos que orientan su comportamiento y de las emociones colectivas que configuran el respaldo social. No es solo planeación ni comunicación, sino un proceso de análisis, conducción y operación mediante el cual se busca transformar el apoyo en autoridad legítima y la autoridad en gobernabilidad sostenible.
Vista desde esta perspectiva, la coyuntura mexicana actual resulta especialmente reveladora. El fracaso de la reforma electoral no solo representa un revés legislativo para la Presidencia; muestra, sobre todo, los límites del poder efectivo en un sistema donde la concentración formal de recursos no siempre se traduce en capacidad real de conducción. La distancia entre lo que se intentó impulsar y lo que finalmente quedó aprobado evidencia la diferencia entre tener poder institucional y ejercer poder estratégico.
Desde un punto de vista político, la estrategia se prueba no cuando un actor anuncia grandes transformaciones, sino cuando logra alinear a los actores necesarios para hacerlas viables. Si una iniciativa presidencial termina reducida por la resistencia de sus propios aliados, lo que queda expuesto no es solo una mala negociación, sino un problema más profundo de conducción. PT y Partido Verde actuaron racionalmente en defensa de su propia supervivencia, de sus recursos y de sus espacios de representación. Esto confirma una lección central: las coaliciones no se sostienen por afinidad discursiva, sino por compatibilidad de incentivos.
Por ello, el punto de fondo no es únicamente si la presidenta ganó o perdió una reforma, sino que se ha hecho visible una fisura en la arquitectura del poder. Y cuando una fisura se vuelve visible, cambia el comportamiento de aliados, adversarios, élites territoriales y votantes. La percepción de invulnerabilidad comienza a erosionarse, y en política esa percepción importa tanto como la correlación formal de fuerzas.
Sin embargo, el mismo contexto muestra otra paradoja: la vulnerabilidad del bloque gobernante no ha producido, hasta ahora, una oposición capaz de capitalizarla. Hay desgaste, tensiones internas, problemas de desempeño y malestar social acumulado, pero eso no se ha traducido automáticamente en una alternativa competitiva. En términos estratégicos, esto confirma que el deterioro del poder no, por sí solo, genera una oposición eficaz.
De ahí la importancia de distinguir entre las condiciones objetivas de desgaste y la capacidad de politización. La inflación, la inseguridad, la crisis de salud, el deterioro de infraestructura o el conflicto de las desapariciones pueden producir malestar social, pero para que ese malestar tenga consecuencias políticas debe ser interpretado, articulado y organizado. La estrategia, en este nivel, consiste en convertir agravios dispersos en una narrativa compartida de responsabilidad, conflicto y alternativa.
Ese punto será decisivo rumbo a 2027. El resultado electoral no dependerá solo de que existan problemas, sino de la capacidad de algún actor para conectarlos con la vida cotidiana, el bolsillo y la percepción de deterioro, y para darles una forma política inteligible. Sin esa traducción, los problemas permanecen como frustraciones sociales, no como combustible electoral.
Aquí entra la dimensión emocional de la estrategia. En sociedades interconectadas, la conducta política no se organiza únicamente desde la racionalidad, sino también desde emociones como el enojo, el hartazgo, la resignación o la expectativa. Por eso, una estrategia eficaz debe leer el estado emocional de la sociedad y comprender si el momento dominante es de adaptación, de cansancio o de enojo latente. Cada uno de esos escenarios exige una intervención distinta.
A ello se suma un hecho fundamental: la competencia de 2027 ya comenzó, aunque aún no consta en el calendario formal. Se está jugando en las gubernaturas, en los equilibrios locales, en la relación entre centro y periferia, en la selección anticipada de candidaturas y en el comportamiento de los partidos aliados. En ausencia de una oposición fuerte, la principal arena de disputa puede desplazarse hacia el interior del propio oficialismo.
En este contexto, la estrategia también obliga a distinguir entre la mayoría electoral y la capacidad de gobierno. Un bloque puede conservar fortaleza territorial, estructura y programas sociales, y aun así mostrar debilidades para procesar conflictos, resolver problemas públicos y sostener la legitimidad frente a una realidad adversa. La gobernabilidad sostenible no depende solo de los votos, sino también de la capacidad para gestionar tensiones, mantener la cohesión y conservar la autoridad política.
De ahí que la estrategia deba operar simultáneamente en tierra, en el aire y en el ámbito digital. En tierra, porque el territorio sigue siendo el espacio donde se verifica el malestar y se construye organización; en el aire, porque la conversación mediática define qué hechos se vuelven escándalo o se normalizan; y en el digital, porque las sociedades en red aceleran la circulación de agravios, emociones y contranarrativas.
En síntesis, la estrategia es la capacidad de leer con precisión una coyuntura marcada por fisuras internas, desgaste gradual, malestar social no plenamente politizado y competencia anticipada, para conducir decisiones orientadas a construir, administrar y sostener el poder legítimo. En un escenario como el actual, la estrategia no consiste solo en ganar, sino en evitar que el poder formal se convierta en impotencia práctica y en impedir que el malestar social encuentre, tarde o temprano, una forma eficaz de organización política.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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