Hoy es Sabado 11 de Abril del 2026


Gobernar en el lenguaje equivocado

Por: Alberto Rivera El Día Jueves 09 de Abril del 2026 a las 11:07

La Nota se ha leido 492 veces. 8 en este Día.

Uno de los desafíos que enfrentan muchos gobiernos no es la falta de acción, sino que no logran que esas acciones sean visibles y reconocidas. En política, si no se reconoce lo que se hace, simplemente no existe. Y si no se percibe su impacto, al final desaparece de la memoria.

Hay gobiernos que cumplen, ejecutan y entregan resultados concretos y, sin embargo, a veces parece que no logran transmitir realmente que están gobernando. No es que no hagan su trabajo; es que lo que hacen no se convierte en una experiencia que todos compartamos y entendamos.

Entre la acción pública y su reconocimiento, existe una brecha silenciosa que quizás no sea fácil de detectar en los informes, indicadores o balances administrativos. Sin embargo, se expresa en otros aspectos: en la manera en que la sociedad comprende, organiza y da significado a lo que sucede. Ahí es donde el poder empieza a perder consistencia sin advertirlo.

La política no se juega únicamente en el terreno de los hechos. Se juega también en el terreno de la lectura de los hechos: cómo los interpretamos. Esa interpretación no es neutral, ni siempre igual, ni constante. Está influida por la memoria, las expectativas y el estado de ánimo. Por eso, un mismo acto puede fortalecer o debilitar la legitimidad según cómo se perciba y desde qué perspectiva se analice.

En The Five Love Languages (Los 5 Lenguajes del Amor), Gary Chapman sugiere algo que trasciende el ámbito en el que fue planteado: el vínculo no se sostiene en la intención de quien lo ofrece, sino en la capacidad del otro para reconocerlo. Cada persona puede reconocer distintos gestos como muestra de cariño o conexión. Y el poder tampoco escapa a esa regla.

Gobernar implica hablar en lenguajes de legitimidad. Registros distintos en los que la acción pública intenta volverse significativa.

Las palabras de afirmación son la narrativa: el intento de nombrar la realidad y, al nombrarla, ordenarla. Cuando ese lenguaje encuentra eco, produce dirección. Cuando no, el discurso se disuelve en un espacio donde nadie lo espera.

El tiempo de calidad es la presencia: la forma en que el poder se vuelve alcanzable. No basta con estar; importa cómo se está. Sin consecuencia, la presencia se vuelve repetición. Y la repetición sin efecto termina por vaciarse.

Los regalos son los resultados: aquello que puede mostrarse, medirse, contabilizarse. Pero el dato, cuando no se integra en una experiencia significativa, queda suspendido. Se puede hacer mucho y, aun así, no dejar huella.

Los actos de servicio son el funcionamiento: el momento en que el gobierno deja de narrarse y empieza a operar. Es una legitimidad sin espectáculo, que se sostiene en la normalidad. Su paradoja es evidente: cuando existe, se asume; cuando falta, se convierte en crisis.

Y el contacto físico, despojado de su literalidad, es la conexión: la posibilidad de que el poder sea percibido como algo cercano, reconocible, incluso propio. No es un gesto. Es una correspondencia.

Ninguno de estos lenguajes es suficiente por sí solo. Tampoco son intercambiables.

El problema surge cuando el poder se aferra a uno solo, como si la sociedad respondiera en bloque.

Ahí es donde se producen las formas más sofisticadas de desconexión: gobiernos que hacen y no son vistos; que comunican y no son escuchados; que están y no son sentidos; que funcionan y no son reconocidos.

El problema no radica en lo que se hace, sino en la distancia entre la acción y la forma en que esta adquiere significado. En ese espacio, el gobierno puede operar plenamente… y aun así no ser reconocido como tal.

Se puede gobernar con resultados en un contexto que exige reconocimiento.

Se puede comunicar con claridad en una sociedad que ya no busca explicaciones.

Se puede estar presente sin lograr un vínculo.

Se puede incluso gobernar bien… y no existir políticamente.

La política, en ese punto, deja de ser un problema de ejecución y se convierte en un problema de correspondencia. No entre lo que se hace y lo que se dice, sino entre el lenguaje en el que el poder se expresa y aquel en el que la sociedad está en condiciones de reconocerlo.

Cuando el poder logra incidir en ese punto, deja de limitarse a gobernar y pasa a definir qué se entenderá por gobierno.

A partir de ahí, la pregunta cambia: no es qué se hace, ni siquiera cómo se comunica.

La pregunta relevante es más exigente y menos cómoda:

¿Está el poder hablando en el lenguaje en el que espera ser reconocido… o en el único lenguaje en el que la sociedad todavía es capaz de reconocerlo?

Entre ambos no siempre hay coincidencia. Y cuando esa coincidencia se rompe, el poder empieza a volverse irrelevante.

 

 

 

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.

DONA AHORA

Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ


DEJA UN COMENTARIO

HoyTamaulipas.net Derechos Reservados 2016
Tel: (834) 688-5326 y (834) 454-5577
Desde Estados Unidos marque: 01152 (834) 688-5326 y 01152 (834) 454-5577