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México y el equilibrio que impide crecer

Por: Alberto Rivera El Día Lunes 30 de Marzo del 2026 a las 14:53

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Hablar del bajo crecimiento económico de México ya no debería ser un ejercicio de sorpresa, sino de honestidad. El país lleva décadas atrapado en una paradoja: tiene recursos, ubicación estratégica y capacidad productiva, pero no logra traducir esas ventajas en prosperidad sostenida ni en una amplia movilidad social. El problema no es la falta de potencial, sino la persistencia de un modelo que otorga privilegios en lugar de impulsar el desarrollo.

México no es un país condenado a la fatalidad. Es un país limitado por una estructura de poder que ha normalizado el estancamiento. Esa es la primera conclusión incómoda: crecer poco no es un accidente, es el resultado de decisiones y arreglos que se han repetido bajo distintos discursos políticos.

Durante años se ha intentado explicar este rezago a partir de factores externos. Sin embargo, esa narrativa resulta insuficiente. México no crece poco solo por lo que ocurre afuera, sino por la forma en que está organizado el poder adentro.

El rasgo central es la concentración. La riqueza se concentra, los mercados se concentran y también la capacidad de influir en las decisiones públicas. En ese entorno, la competencia —que debería impulsar la innovación y la productividad— es sustituida por barreras de entrada, relaciones de proximidad y mecanismos de protección para quienes ya dominan el sistema.

A esto se le ha llamado capitalismo de cuates. No se trata únicamente de corrupción, sino de una forma de organización en la que el poder económico y político opera en una convivencia funcional. El Estado, en lugar de abrir mercados y regular con firmeza, muchas veces termina por reproducir estructuras de privilegio. Y los grandes actores económicos, más que competir, buscan preservar su posición.

Las consecuencias son estructurales: baja productividad, baja inversión y escasa innovación. Cuando una economía protege más al incumbente que al innovador, el incentivo no es mejorar, sino conservar. Por eso México genera actividad, pero no logra transformar de fondo su aparato productivo.

A esto se suma la debilidad institucional. Sin reglas claras, sin reguladores sólidos y con decisiones cada vez más centralizadas, la incertidumbre se convierte en un freno adicional. La inversión se vuelve selectiva: participa quien sabe navegar el sistema, no necesariamente quien puede dinamizarlo.

Es importante señalar que este problema no es reciente ni atribuible a un solo gobierno. Distintas administraciones han diagnosticado bien los males del país, pero han sido incapaces —o no han tenido la voluntad— de corregirlos. Cambian los discursos, pero la lógica del sistema permanece. Se promete transformación, pero se termina administrando el mismo modelo.

En paralelo, México ha logrado aliviar la pobreza mediante transferencias sociales y aumentos salariales. Sin embargo, aliviar no es transformar. Sin crecimiento sostenido, sin productividad y sin movilidad real, el riesgo es administrar la precariedad en lugar de superarla.

El problema se agrava con la inseguridad y el crimen organizado, que en muchas regiones no solo representan una amenaza de violencia, sino también un factor económico que distorsiona los mercados, eleva los costos e inhibe la inversión. A ello se suma la creciente participación de actores no tradicionales —como las Fuerzas Armadas— en la economía, lo que introduce nuevas tensiones en materia de competencia, transparencia y rendición de cuentas.

El resultado es un país en el que competir no siempre depende de la capacidad, sino de la cercanía al poder.

Desde una perspectiva crítica, el mayor riesgo no es solo crecer poco, sino acostumbrarse a ello. Cuando el estancamiento se vuelve paisaje, deja de percibirse como un problema. La ciudadanía se adapta, reduce su nivel de exigencia y normaliza un sistema que funciona mejor para proteger privilegios que para generar oportunidades.

Por eso, el debate sobre el crecimiento en México no es únicamente económico. Es, en el fondo, una discusión sobre el poder, las instituciones y la ciudadanía.

México no necesita más diagnósticos. Necesita voluntad para alterar los incentivos, fortalecer las instituciones y confrontar las estructuras de privilegio. Pero, sobre todo, necesita una ciudadanía menos dispuesta a aceptar como inevitable un modelo que, durante décadas, ha demostrado sus límites.

La pregunta ya no es por qué México no crece. La respuesta es clara.

La verdadera pregunta es por qué, sabiendo lo que no funciona, el país sigue sin cambiarlo.

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.

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