Cuestión de tiempo
Se volvió costumbre volver tarde, llegar cansado, sentir que el día pesó más de lo que debía. Se volvió costumbre también ese instante en que el pensamiento hace ruido. Hace unos días por trabajo me quedé en un hotel, lejos de mi familia, y en esa habitación anónima la distancia se vuelve una presencia física, una silla vacía en el centro del pecho. Esa noche me levanté a las dos de la mañana, distinto al ritual habitual de las cuatro, como si el cuerpo hubiera decidido adelantar el desvelo para recordarme que la vida, a veces, necesita interrumpir sus propias rutinas para decir algo importante.
Me quedé ahí, en esa franja del tiempo donde todo parece suspendido y uno puede escoger entre mil salidas fáciles. Pensé en cientos de opciones para perder el tiempo, cualquier cosa capaz de distraerme de lo esencial, de diluir las preocupaciones hasta volverlas una niebla amable. Buscaba el sueño como quien busca una puerta de emergencia para apagarme por un rato.
Y entonces prendí el televisor y vi un título que parecía sencillo y, por eso mismo, inofensivo. Netflix estrenaba un documental llamado Cuestión de tiempo. Aparecía Eddie Vedder, uno de mis personajes favoritos, la voz que marcó mi juventud con Pearl Jam. Yo esperaba verlo cantar. La mejor voz del grunge y uno de sus sobrevivientes. Pearl Jam es, sin duda, una de mis bandas de vida, porque crecí con ella y forman parte de mi historia, de mis etapas y de mis búsquedas. Eddie ha sido, para muchos, un refugio emocional como lo ha sido para mí.
Empezó el documental y yo esperaba verlo cantar, y así fue, con ese tono humano que se siente como conversación íntima. Pero pronto entendí que aquella historia estaba hecha de otra materia. El centro era un concierto benéfico, el esfuerzo de Eddie y de su esposa por recaudar fondos, por sostener una causa que no cabe en el entretenimiento, por empujar la búsqueda de una cura para la epidermólisis bullosa, la piel de mariposa. Una enfermedad que suena poética en el nombre y resulta brutal en la realidad. Una enfermedad en la que la piel se desprende con facilidad, donde todo se vuelve herida, donde el cuerpo aprende a temerle a lo cotidiano.
El documental alternaba el concierto con historias de pequeños que padecían este mal. Miradas que ya han conocido demasiado. Padres que viven con una mezcla de amor y alerta, como si el mundo fuera un lugar lleno de esquinas peligrosas. Había escenas de cuidado minucioso, de vendajes, de manos suaves intentando proteger lo que la vida lastima. Había también avances médicos presentados con una esperanza sobria y optimista, como quien sabe que la ciencia puede abrir caminos que antes parecían imposibles. Una cura definitiva asomando en el horizonte de menos de una década, un futuro que por un instante se ve tangible.
Confieso que hacía mucho tiempo que nada me conmovía así. Me conmovió ver a Eddie doblarse, porque uno se acostumbra a mirar a sus héroes como si fueran de piedra, como si el escenario los blindara. Me conmovió, sobre todo, el sufrimiento de esas familias y la dignidad con la que sostienen lo que les tocó. Y luego apareció una idea que golpea más fuerte cuando uno vive en México. Pensar que los casos presentados eran de familias con posibilidad de atención, con recursos y con acompañamiento. Pensar en las miles de familias en nuestro país que enfrentan dolores semejantes sin siquiera esa oportunidad mínima de alivio. Pensar en enfermedades genéticas como relojes injustos marcando una cuenta regresiva dentro del cuerpo, y en el modo en que el dolor se reparte con una desigualdad que duele más que cualquier cifra.
Esa madrugada sentí primero preocupación, una tristeza que no era mía y que aun así me habitó. Sentí esa forma del sufrimiento que nace del dolor ajeno, una empatía que se vuelve física. Debo aceptar algo que con los años se vuelve evidente. Entre más crezco, más fácil me conmuevo. Algo se ablanda por dentro. Algo deja de fingir fortaleza. Tal vez pasa porque con la edad más cosas importan. Tal vez pasa porque crecer vuelve vulnerable, porque uno entiende que la vida es frágil y que la salud es un milagro cotidiano. Tal vez pasa porque amar expande el mapa del corazón y la familia crece a lo largo y ancho y aparecen más personas importantes en el camino, y entonces el mundo deja de ser una idea abstracta y se vuelve una lista de nombres propios, una serie de rostros que uno quiere proteger.
Luego llegó el enojo, uno silencioso y lúcido. Pensé en tantos empresarios y magnates que han invertido miles de millones en prolongar la vida, en vivir más años, en buscar una juventud extendida. Una aspiración comprensible, incluso admirable en su ambición. Pero esa madrugada sentí el deseo de que esa misma energía se volteara hacia quienes viven con el tiempo reducido, hacia quienes quieren la oportunidad de un día más con menos dolor, un día más sin heridas y un día más de infancia verdadera. Sentí que el mundo sería distinto si el dinero también se enamorara de las causas donde la urgencia es absoluta, donde el beneficio es una vida que respira mejor, más allá de la acumulación y de la ambición de poder por poder o de dinero por dinero.
Y entonces el documental dejó de ser un documental. Se volvió una pregunta. Pensé en el propósito. En esa palabra que muchas veces usamos como si fuera un adorno y que en realidad es una brújula. Pensé en qué pasaría si el propósito fuera amar de manera activa, amar con acciones, amar con tiempo y también amar con causa. Pensé en lo que ocurre cuando una persona decide sostener a otra, incluso sin conocerla, solo porque entiende que la vida se vuelve más humana cuando se comparte la carga. Pensé en la posibilidad de ayudar y en cómo una sola decisión puede darle sentido al día de alguien más, puede abrir un respiro y sobre todo puede encender esperanza.
Pensé también en algo que conviene decir con honestidad. Muchísimas personas viven agotadas por sobrevivir. Muchísimas personas cargan con responsabilidades y urgencias que dejan poco espacio para mirar más allá del siguiente pago, del siguiente turno o problema. Eso también es real. Eso también es digno. Pero existen otros que, aun con compromisos, cansancio, deudas, deseos guardados, tienen la posibilidad de regalar unas horas, un poco de atención, algo de su talento, un pequeño esfuerzo que, multiplicado, puede cambiar el rumbo de una comunidad.
Entonces reflexioné sobre el privilegio de los políticos. La extraordinaria posibilidad de ayudar desde una decisión pública, desde un presupuesto, desde una ley o desde una estrategia que reduzca dolor. Pensé en quienes pueden incidir en la vida de miles sin conocer sus nombres. Pensé en lo inmenso que es tener en las manos una herramienta capaz de mejorar una sociedad. Pensé en lo que significa estar en un lugar donde cada acto puede ser una puerta para alguien, o una pared.
También pensé en la capacidad de contribuir más allá de la familia y los amigos, de manera que otros puedan sentirse vistos, cuidados y acompañados. Pensé en lo sencillo y a la vez lo raro que resulta, en un mundo acelerado, detenerse a mirar el dolor sin apartar la mirada y transformar esa mirada en acción.
Pensé en tantas cosas y pasaron las horas como pasan cuando el corazón está despierto.
Terminé el documental y sentí que algo dentro de mí se había movido. Un desplazamiento leve pero irreversible. Escribí estas líneas con la sensación de estar conversando conmigo mismo en voz alta, como quien intenta entender por qué una historia ajena puede cambiar tanto el pulso de una madrugada propia. Caí rendido cuatro horas después, no por cansancio solamente, sino por esa especie de agotamiento limpio que deja la emoción verdadera, como si el alma también gastara energía cuando se abre.
Dormí quizá dos horas. Y aun así me levanté con ganas de hacer tanto. Con esa claridad extraña que aparece cuando uno descansa poco pero se siente lleno. Como si la vida, por un momento, se hubiera ordenado alrededor de una idea simple.
Ojalá todos encontráramos un propósito. Ojalá ese propósito tuviera que ver con vivir y regalar nuestra capacidad, nuestro arte o nuestro esfuerzo por los demás, por quien amamos y por quien sufre. Porque cuando uno se atreve a ayudar, algo cambia en quien recibe y también en quien da. Y el pecho y el mundo se vuelve más amplio, más respirable y más digno.
Ayudar es una forma de amar que deja huella. Crecer, al final, tal vez sea aprender a sentir con más profundidad y actuar con más ternura. Amar, quizá, sea eso que ocurre cuando el corazón decide volverse útil. Cuando el corazón elige convertirse en puente o mano extendida.
Que cada quien, a su modo, encuentre una causa. Que cada quien, con lo que tenga, sostenga un poco el mundo. Que cada quien recuerde que una acción pequeña o inmensa, cuando nace del amor, puede ser el principio de una vida más llevadera o del quiebre que los inspira todo en alguien más.
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David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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