Morena y sus desafíos
México vive un momento singular en su historia política. El partido que emergió como instrumento de una causa se convirtió en la fuerza dominante del sistema. Ganó la Presidencia, amplió su presencia territorial y desplazó al viejo eje de competencia que durante décadas organizó la disputa pública. Ahora enfrenta la prueba que define a los partidos históricos, aprender a sostener el poder cuando la épica fundacional comienza a transformarse en administración cotidiana.
El calendario ofrece una referencia concreta para medir esa transición. En 2027 el país celebrará elecciones intermedias federales para renovar la Cámara de Diputados y múltiples gubernaturas, además de congresos locales y ayuntamientos en entidades estratégicas. Ese proceso funcionará como termómetro territorial y como evaluación política del primer tramo del nuevo sexenio. Allí se pondrá a prueba la cohesión interna, la disciplina territorial y la capacidad de sostener mayorías legislativas en un contexto distinto al de la elección presidencial.
Morena nació como movimiento con un liderazgo central que articuló agravios sociales, pulsiones éticas y demandas de justicia largamente postergadas. Ese liderazgo funcionó como eje de cohesión y disciplina. La narrativa fue clara, la misión compartida, la identidad definida por contraste frente a un régimen anterior percibido como agotado donde la corrupción quedó evidenciada en las redes sociales. Esa etapa consolidó una mayoría política inédita en tiempos recientes.
En la actualidad también han aparecido señalamientos dirigidos contra el líder histórico. Parte de la oposición busca erosionar su legado mediante cuestionamientos políticos y mediáticos que intentan reconfigurar el debate público. En ese contexto surge un dilema estratégico para la presidenta en funciones. Puede optar por convertir esas acusaciones en eje de confrontación y cohesión interna, reforzando la narrativa de defensa del legado, o bien privilegiar una agenda propia centrada en gestión, resultados y ampliación de bases sociales. La decisión tiene implicaciones de largo alcance para la identidad del partido y para la percepción ciudadana de autonomía institucional.
El siguiente ciclo plantea un desafío distinto. La energía moral que impulsa a un movimiento resulta eficaz para conquistar el poder. La energía institucional que sostiene a un partido requiere reglas, procedimientos, formación de cuadros y mecanismos de arbitraje que procesen tensiones sin fracturas. La transición de carisma a organización constituye el verdadero examen rumbo a 2027.
En toda fuerza dominante las disputas internas se convierten en el principal campo de competencia. Las candidaturas, las gubernaturas estratégicas y el control territorial generan tensiones entre grupos con trayectorias diversas. Morena reúne militantes de izquierda histórica, liderazgos sociales, cuadros provenientes de otras tradiciones partidistas y una generación joven formada en la administración pública reciente. Esa pluralidad representa fortaleza electoral y, al mismo tiempo, una complejidad estructural.
A esa ecuación se suma una variable estratégica que rumbo a 2027 adquiere mayor peso, la relación con sus aliados formales en el Congreso y en las elecciones locales. El Partido del Trabajo y el Partido Verde han sido piezas relevantes en la construcción de mayorías legislativas y en la competencia territorial. Esa alianza amplía el espectro electoral y facilita la aprobación de iniciativas, aunque también introduce tensiones en la distribución de candidaturas, en la agenda legislativa y en la identidad programática. El dilema consiste en equilibrar cohesión de coalición con definición propia. Una alianza eficaz fortalece la gobernabilidad, aunque una dependencia excesiva puede diluir la marca partidista y generar fricciones en estados donde la competencia local responde a dinámicas particulares.
Cuando un partido concentra poder federal y estatal, la contienda externa pierde centralidad. La batalla se desplaza hacia adentro y hacia la negociación con aliados. Sin mecanismos transparentes y previsibles de selección interna y de distribución de posiciones dentro de la coalición, la competencia puede transformarse en erosión. Las encuestas como método de definición han otorgado legitimidad en varios procesos, aunque requieren estándares de claridad que refuercen la confianza de la militancia y de la opinión pública. La institucionalización del conflicto y de la negociación resulta indispensable para que la pluralidad se convierta en deliberación productiva en lugar de fragmentación.
Junto a la disputa interna aparece otra dimensión delicada, la ética del ejercicio del poder. Morena construyó su identidad a partir de una promesa moral, una ruptura con prácticas asociadas al pasado. Cada señalamiento, cada candidatura controvertida, cada percepción de uso faccioso de recursos públicos incide en esa narrativa fundacional. El desgaste natural de gobernar se suma a la lupa permanente de una sociedad más vigilante y digitalizada. La congruencia entre discurso y práctica se vuelve un activo estratégico.
La historia política mexicana ofrece lecciones contundentes. Los partidos que alcanzaron hegemonía prolongada lograron sostenerla mediante adaptación ideológica y disciplina interna. Cuando la cohesión descansó en acuerdos informales y equilibrios personales, el sistema mostró fisuras. El poder exige capacidad de autocrítica y mecanismos de corrección antes de que la erosión simbólica se convierta en pérdida de legitimidad.
Rumbo a 2027 se asoma un dilema más profundo, la definición de identidad para la siguiente década. Morena agrupa sensibilidades sociales diversas. Una parte de su base espera consolidación de un Estado de bienestar con finanzas públicas responsables. Otra observa con interés la modernización productiva, la innovación tecnológica y la integración estratégica en cadenas globales. Sectores territoriales priorizan seguridad y desarrollo local. Esa heterogeneidad demanda un proyecto programático que articule bienestar social con crecimiento sostenible y gobernabilidad democrática, además de una relación madura y estratégica con sus aliados legislativos y territoriales.
El partido dominante enfrenta siempre el riesgo de la complacencia. Las mayorías amplias generan percepción de permanencia. La política comparada muestra que la continuidad depende de la capacidad de renovación narrativa, de formación de nuevas generaciones de liderazgo y de una gestión inteligente de las coaliciones. Morena necesita invertir en escuelas de gobierno, profesionalización legislativa y evaluación rigurosa de políticas públicas. La consolidación institucional constituye la base para que la fuerza electoral se traduzca en legitimidad duradera.
El tránsito hacia 2027 representa algo más que una contienda electoral. Se trata de la prueba de madurez de una fuerza política que aspira a convertirse en partido histórico. La etapa fundacional otorgó cohesión mediante liderazgo carismático. La etapa siguiente exige reglas claras, pluralismo ordenado, estándares éticos consistentes y una arquitectura de alianzas que fortalezca sin diluir identidad. El liderazgo carismático si no cede ante el avance institucional, se vuelve mesiánico en tierra de ateos. La diferencia entre movimiento y partido radica en la capacidad de convertir convicción en institución.
México observa con atención. La ciudadanía premia resultados, coherencia y estabilidad. El desafío para Morena consiste en transformar su capital político en estructura sólida capaz de procesar tensiones internas, administrar con inteligencia su coalición legislativa y territorial, corregir excesos y ofrecer un proyecto claro para la próxima década. El poder, cuando se administra con inteligencia institucional, puede prolongarse. Cuando se confía únicamente en la inercia, se vuelve efímero y se fragmenta.
2027 marcará esa transición. En ese proceso se evaluará desempeño legislativo, gestión territorial, cohesión de coalición y liderazgo nacional. Allí se sabrá si la fuerza que surgió como movimiento logra consolidarse como partido de largo aliento, con identidad definida, disciplina interna, alianzas estratégicas equilibradas y visión de Estado. El momento exige reflexión profunda, liderazgo responsable y una comprensión clara de que la historia política premia a quienes convierten la energía moral en arquitectura institucional.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la inteligencia institucional nos acompañan.
Placeres culposos: esta semana fue de descubrimientos musicales: Melissa Aldana con Filin; Jill Scott con To Whom This May Concern; Zo! con Expansions; Earth Tongue con Dungeon Vision; y Pokey LaFarge con Travelin’.
Chocolates para Greis y Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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