Maldito Conejo
Ayer escribí una columna donde decía que, de todo el Super Bowl, lo que más me había gustado era el espectáculo de medio tiempo. Recibí muchos comentarios positivos. También llegaron algunos, pocos pero intensos, explicándome con paciencia que estaba equivocado. Que el Super Bowl siempre ha tenido mensajes políticos. Que Bad Bunny no es un artista sino un vocero de poderes fácticos. Que no representa a la hispanidad, que la usa. Que su indignación es selectiva. Que no habló de Cuba, ni de Nicaragua, ni del Helicoide, ni del narcotráfico en México, ni de las violaciones de derechos humanos en Estados Unidos.
Y debo admitirlo. Después de leerlos, entendí mi error. El espectáculo de Bad Bunny me decepcionó profundamente, dicho con sarcasmo. No por la música, ni por la puesta en escena, ni por cantar en español en el escenario más visto del planeta, ni por demostrar orgullo por sus raíces y mandar un bello mensaje de unidad. Me decepcionó porque no aprovechó trece minutos para ofrecer un diagnóstico integral del colapso moral del hemisferio occidental. Esperaba al menos una estrofa sobre presos políticos, una coreografía dedicada a las víctimas del crimen organizado y un cierre con recomendaciones de política pública comparada, como mínimo.
También me molestó que no hiciera una denuncia clara contra todos los regímenes autoritarios de América Latina. Uno no debería subir a un escenario global y limitarse a cantar, bailar y celebrar una identidad cultural sin cargar con el inventario completo del dolor continental.
Anoche, además, quedó expuesta con claridad la disputa de fondo. El evento fue un espejo de la lucha por imponer una visión del mundo. De un lado, la idea de que existen valores que deben ser hegemónicos, defendidos con tono duro y nostalgia de orden. Del otro, la narrativa que muchos llaman wokismo, una etiqueta cómoda para agrupar todo aquello que incomoda, cuestiona o mezcla identidades. Cada trinchera busca imponer su relato. Por eso no sorprendió que, terminado el show, Trump intentara descalificarlo y definirlo. No habló de música ni de espectáculo. Habló de símbolos porque lo que estaba en juego nunca fue Bad Bunny, sino quién tiene derecho a decir qué representa hoy América.
Después entendí algo más interesante. Al pobre Benito se le exige exactamente lo que conviene exigirle según el momento. Cuando dice algo que incomoda a ciertos sectores, se le acusa de activista irresponsable. Cuando no dice todo lo que otros esperan, se le recuerda con severidad que solo es un cantante. Ese vaivén es admirable. Activista cuando habla y artista cuando calla, culpable en ambos casos.
También leí que no representa a la hispanidad y que más bien la utiliza. Como si la hispanidad fuera una institución con estatutos, vocero oficial y manual de buenas prácticas. Como si una identidad plural, contradictoria y viva pudiera reducirse a una agenda única y moralmente certificada. Al parecer, la hispanidad existe solo cuando sirve para reclamarle algo a alguien.
Por supuesto, aparecieron las letras. Que hipersexualizan y que celebran excesos. Y aun así, se le exige pureza ética cuando pisa o representa un tema político. El artista puede ser transgresor para vender discos, pero debe ser impecable para opinar. Una lógica fascinante y muy contemporánea.
La realidad es menos épica y más incómoda. Un artista usó el espacio que tenía para decir algo específico en un contexto específico. Nada más y nada menos. No intentó abarcarlo todo, ni prometió redención moral y menos se postuló como conciencia universal. Simplemente expresó valientemente su arte en un contexto donde, desde el poder en Estados Unidos, lo extranjero es malo y la impureza está en la mezcla.
Que existan personas que se aprovechen de una causa no le quita valor a la causa. Siempre ha pasado. Cuando una conversación incomoda, genera dinero o se vuelve tendencia, automáticamente se vuelve sospechosa. Las causas reales no siempre son puras, ni silenciosas, menos cómodas. Son humanas, imperfectas y, aun así, necesarias si queremos libertad.
Tal vez el problema nunca fue el espectáculo. Tal vez el problema es la expectativa. Seguimos esperando que el entretenimiento haga el trabajo que la política abandonó. Y cuando no lo logra, descargamos la frustración sobre el escenario.
En definitiva, Titi me preguntó…y le reiteré que el show del medio tiempo me emocionó. Los dejo por hoy, que voy a intentar aprender a bailar salsa y perreo por un rato.
¿Voy bien o me regreso? Nos vemos pronto si la IA y las falsas expectativas lo permiten.
Placeres culposos. Recuperar el valor del disenso como recomienda mi amigo Ricardo Amado.
Mi ritmo para Greis y Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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