Al borde del abismo
Hay momentos en los que uno no sabe exactamente qué está pasando, pero sabe que algo ya no
está en su lugar. Nada se ha roto del todo, nada ha terminado de caer y, sin embargo, la sensación
es clara: seguir igual ya no es posible.
En esos momentos aparece la tentación de avanzar. De dar un paso más. De moverse, aunque no
se tenga claro hacia dónde. Como si el simple hecho de caminar pudiera ordenar lo que, por dentro,
empieza a desacomodarse.
“El país está al borde del abismo; tenemos que dar un paso adelante”, dijo Ernesto Geisel, dictador
brasileño.
La frase resulta inquietante tanto por lo que propone como por lo que revela. Esa tendencia tan
humana a seguir avanzando cuando lo que falta no es movimiento, sino comprensión. Como si
caminar fuera una manera de no detenerse a mirar. Como si avanzar fuera siempre preferible a
entender. La mente crea el abismo, lo agranda, lo dramatiza. Y, aun así, casi siempre es el corazón
el que lo cruza.
En la vida ocurre algo parecido. Hay momentos en los que uno se siente al borde de algo, aunque
no sepa bien de qué. La sensación de que lo que antes sostenía ya no alcanza, pero que lo nuevo
todavía no aparece.
Entonces surge la urgencia. La necesidad de hacer algo. De moverse. De no quedarse quieto.
Caminar tranquiliza. Da la impresión de que uno tiene el control. Mientras se avanza, la pregunta
parece aplazarse.
Aprendimos desde temprano que siempre hay que seguir. Que detenerse no es sinónimo de
equilibrio. Que dudar es retroceder. Que mirar demasiado es quedarse atrás. Nadie nos enseñó qué
hacer cuando el camino deja de ser claro y el suelo empieza a sentirse frágil. Así que seguimos, con
la inquietante convicción de no quedarnos estancados.
Pero hay abismos que se manifiestan como una creciente distancia entre lo que hacemos y lo que
sentimos. Uno sigue caminando, pero algo adentro empieza a quedarse quieto.
En esos bordes solemos acelerar. No porque sepamos a dónde vamos, sino porque detenernos nos
obligaría a aceptar que algo cambió y todavía no sabemos qué hacer con eso. Dar un paso adelante,
en esas condiciones, no siempre nace del coraje. Muchas veces, nace de la dificultad para quedarse
a solas con ciertas preguntas.
El abismo no siempre es una caída. A veces es un umbral. Un punto en el que ya no se puede
seguir igual. Donde el pasado sigue presente, pero ya no ofrece dirección. Donde lo que fuimos
explica cómo llegamos aquí, no alcanza para decirnos cómo seguir.
Octavio Paz escribió que lo que fue está muerto. No como una queja, sino como un reconocimiento.
Hay cosas que han cumplido su ciclo. Insistir en ellas no las revive; solo prolonga la inercia.
Aceptarlo no es sencillo, porque implica soltar sin tener todavía nada nuevo a qué aferrarse.
Por eso preferimos avanzar. Porque avanzar da la ilusión de continuidad. Pero hay momentos en los
que la vida no pide más pasos, sino más conciencia. No exige velocidad, sino honestidad.
Mirar el abismo no es rendirse. Es reconocer el momento. Entender dónde estamos. Aceptar que ya
no sostiene. Permitirse no saber por un instante.
Eso exige una mirada distinta. Mirarnos con honestidad. Una mirada lo más honesta posible hacia
uno mismo cambia la manera en que la vida se presenta. No porque el mundo se transforme de
inmediato, sino porque, aunque nada cambie, si uno cambia, todo cambia.
Pero mirarse de verdad no es cómodo. Exige coraje. Y el primer poder que tenemos no es el control
ni la inteligencia: es el coraje. Después viene la responsabilidad de hacernos cargo. Luego, la
humildad para aceptar lo que somos. El propósito es no perdernos. La confianza para seguir. Y, al
final, el amor y la entrega, no como romanticismo, sino como una forma consciente de estar en el
mundo.
Sin coraje no se enfrenta a nada. No se enfrentan los miedos ni los malos hábitos ni las narraciones
falsas que uno se cuenta para sobrevivir. Tampoco esas proyecciones silenciosas en las que
arrojamos nuestra propia basura sobre los demás para no verla en nosotros mismos.
Por eso tantos confunden el amor con el sacrificio permanente. Ejercer el amor no es desaparecer;
es comprender, cuidar e inspirar. Incluyéndose. Hay una bondad que sostiene y otra que destruye.
Una bondad que hace el bien sin hacerse daño y otra más común, en la que se hace el bien a costa
de uno mismo.
No ocurre porque seamos demasiado buenos. Ocurre porque queremos que nos quieran. Porque
aprendimos temprano que, para ser aceptados, había que ceder, callar, aguantar. Nos volvimos
expertos en agradar y torpes para cuidarnos. Ese niño bueno que hace actos de bondad para ser
querido, aunque por dentro se vaya hundiendo poco a poco. Y el precio que a veces se paga no es
nobleza: es desgaste, renuncia, pérdida de sí.
En esos puntos, avanzar no siempre es valentía. A veces es huida. A veces es miedo a detenerse y
reconocer que algo ya no funciona. El abismo, entonces, no pide un salto, sino una pausa. Pide
verdad.
Tal vez después el camino aparezca solo, porque el movimiento se convierte en una decisión.
Cuando caminar deja de ser una forma de huir de uno mismo y se convierte en la consecuencia
natural de haber mirado con honestidad el lugar en el que estamos.
No siempre hace falta dar un paso adelante. A veces, la vida solo pide coraje para quedarse un
momento al borde… y elegir, esta vez, con sentido.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ