La guerra como modelo económico
Decimos que detestamos la guerra.
La condenamos en discursos, la lloramos en imágenes y la rechazamos en abstracto.
Pero seguimos sosteniendo —con consumo, silencio y normalización— el modelo económico que la necesita para sobrevivir.
La economía de Estados Unidos no solo se ha militarizado: usa el conflicto como botón de reinicio.
Cada vez que una burbuja financiera estalla, aparece una guerra o una tensión geopolítica. A veces declarada, a veces “preventiva”, a veces económica. Pero siempre funcional. La guerra reactiva industrias, justifica gasto público sin debate, reorganiza mercados y fabrica enemigos externos que distraen del fracaso interno.
No es una anomalía del sistema.
Es parte de su diseño.
Cambiar de modelo económico no es una decisión técnica; es una ruptura de poder. Implicaría aceptar límites al crecimiento infinito, reducir la influencia del complejo militar-industrial, redistribuir riqueza y medir el éxito no solo en PIB, sino en bienestar humano, cohesión social y salud mental. Y eso resulta mucho más peligroso para cualquier imperio que un conflicto lejano.
Este esquema —frecuentemente asociado al neoliberalismo económico— ha demostrado una enorme capacidad para generar crecimiento, pero también una dependencia estructural de crisis, miedo y desigualdad para sostenerse. La violencia, en sus distintas formas, no es un accidente: es un lubricante del sistema.
Aquí es donde el caso de Venezuela se vuelve revelador.
Venezuela no es una excepción ni un simple “Estado fallido”. Es un espejo incómodo. Cuando conviene, se flexibiliza el discurso y se negocia petróleo; cuando no, se endurecen sanciones en nombre de la democracia. El lenguaje moral cambia según la necesidad estratégica. El sufrimiento civil, en ese juego, no es un error de cálculo: es parte de la presión.
Las sanciones contemporáneas funcionan como guerras de baja intensidad. No destruyen ciudades, pero erosionan economías, desgastan tejidos sociales y prolongan el conflicto sin asumir sus costos políticos directos. Son más limpias para quien las impone y más lentas —pero igual de reales— para quien las padece.
América Latina observa y, muchas veces, replica. Persistimos en copiar un modelo que no diseñamos y que nos necesita periféricos, dependientes y siempre “en transición”. Mientras tanto, normalizamos la ansiedad estructural, la precariedad y el desgaste emocional como si fueran efectos secundarios inevitables del progreso.
Frente a este panorama, la economía social emerge como una alternativa concreta, pero frágil, incómoda y aún marginal. Cooperativas, empresas sociales, modelos comunitarios y economías del cuidado demuestran que es posible generar productividad sin depender de la destrucción, el miedo o la crisis permanente. Son esquemas donde la riqueza circula, el bienestar cuenta y la salud mental deja de ser daño colateral para convertirse en infraestructura social.
Tal vez la pregunta no sea por qué hay guerras, sino qué sistema las necesita para seguir funcionando.
La verdadera transformación no es solo económica. Es mental.
Y comienza cuando dejamos de llamar “realismo” a un modelo que solo logra sostenerse a través del conflicto y empezamos a imaginar —y eventualmente construir, no sin conflicto— sistemas donde la guerra deje de ser funcional.
Mientras no hagamos ese giro, la guerra seguirá siendo el modelo más eficiente.
Rola del día:
The Numbers de Radiohead, https://www.youtube.com/watch?v=Ti6qhk3tX2s
Jorge Alejandro Torres Garza
Es internacionalista con una maestría en Ciencia Política y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Durante su carrera realizó un intercambio en España y ha trabajado en los tres niveles de gobierno tanto en México como en Estados Unidos, incluyendo en un consulado de México en la zona de Los Ángeles, California. También ha participado en campañas políticas en México, colaborando con candidatos a alcaldes, diputados locales y gobernadores, así como en la campaña del senador de la República y precandidato presidencial del Partido Demócrata, Bernie Sanders, en Estados Unidos.
Recibió el reconocimiento "30 Under 30 Award" por la Asambleísta Eloise Gómez Reyes del Congreso del estado de California, un galardón que distingue a jóvenes líderes menores de 30 años por su dedicación, innovación y servicio a la comunidad.
Su pasión por el bienestar y la transformación social lo llevó a fundar Vibra/TAM, una asociación civil que promueve la salud mental de jóvenes a través de la música y las artes. Actualmente, brinda consultoría en desarrollo económico, turismo y salud mental, integrando enfoques holísticos y sostenibles.
Es amante de la música, disfrutando géneros como el rock clásico, jazz, electrónica, folk e indie. También es un practicante comprometido de yoga, meditación y senderismo, actividades que inspiran su conexión con la naturaleza y el bienestar integral.
Correo electrónico: jatorresgarza@gmail.com
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