El poder de los afectos
La relación entre ciudadanía y poder no es, en primer lugar, racional. Es vivencial.
Antes de comprender una política pública, evaluar una reforma o juzgar un gobierno, las personas ya han construido una experiencia con el poder. Esa experiencia —hecha de seguridad o inseguridad, de estabilidad o incertidumbre, de expectativa o desgaste— condiciona todo lo que viene después.
Por eso la legitimidad democrática no se juega únicamente en el terreno del argumento, sino en el de la experiencia cotidiana. Las instituciones pueden explicar sus decisiones, cumplir con los procedimientos y ajustarse a la legalidad, pero si esas decisiones no se traducen en una experiencia reconocible para la ciudadanía, el vínculo se erosiona. No por falta de información, sino por acumulación de experiencia.
Durante mucho tiempo se pensó la democracia como un sistema que podía sostenerse con reglas. Elecciones, contrapesos, legalidad. Ese enfoque fue necesario y permitió superar etapas autoritarias. Pero hoy muestra sus límites. Porque explica cómo funciona el sistema, pero no cómo se vive. Y una democracia que no se vive como propia empieza a perder legitimidad incluso cuando sigue funcionando.
Las emociones no son un exceso de la política ni una desviación del análisis serio. Son una dimensión estructural del vínculo entre el poder y la ciudadanía. Orientan la percepción, condicionan la participación y delimitan los márgenes de aceptación del conflicto. No sustituyen a la razón, pero la preceden y la encuadran.
En contextos marcados por la violencia, la inseguridad o la precariedad prolongada, el miedo se convierte en un factor político determinante. Reduce expectativas y reordena prioridades. La ciudadanía deja de exigir transformaciones profundas y concentra sus demandas en evitar escenarios peores. La democracia se vuelve defensiva: gobierna para contener, no para proyectar.
El enojo cumple una función distinta. Politiza el agravio y hace visibles los conflictos que habían sido normalizados. Puede abrir procesos de corrección democrática o impulsar dinámicas de confrontación. No es una anomalía; es una señal de que el sistema dejó de responder a ciertas demandas.
La esperanza, en cambio, es la emoción que legitima. No como entusiasmo vacío ni como promesa discursiva, sino como una expectativa razonable de que el poder puede producir cambios significativos. Cuando existe, la ciudadanía acepta límites, espera resultados y sostiene reglas imperfectas. Cuando se agota, la política pierde futuro y se reduce a la gestión del presente.
La desconfianza aparece cuando esa expectativa se rompe reiteradamente. No surge de un solo error ni de una sola decisión. Es acumulativa. Se convierte en una forma estable de relación con las instituciones. La democracia sigue operando, pero ya no se cree en quienes la ejercen. Se cumplen las reglas sin identificación.
Cuando la desconfianza se prolonga, emerge la resignación. No como rechazo abierto ni como protesta permanente, sino como retirada. La política deja de percibirse como un espacio en el que vale la pena invertir energía. La democracia no se discute; se soporta.
Aquí está el punto crítico. La legitimidad democrática no se sostiene solo en la legalidad. Se sostiene en el reconocimiento. Y el reconocimiento no es únicamente racional; también es afectivo. Una institución puede ser jurídicamente válida y, al mismo tiempo, no ser percibida como propia.
Por eso hoy observamos democracias que funcionan sin integrar. Que deciden sin convencer. Que administran conflictos sin generar sentido compartido. El problema no es solo institucional. Es afectivo.
Repensar la política desde los afectos no significa abandonar el rigor ni caer en el sentimentalismo. Significa aceptar que el poder se ejerce sobre personas que sienten, esperan, recuerdan y se cansan. Mientras no se comprenda eso, seguiremos corrigiendo reglas sin recomponer vínculos.
Una democracia puede durar mucho tiempo en esas condiciones. Pero lo hará cada vez más vacía.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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