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El discurso imposible

Por: David Vallejo El Día Sabado 24 de Enero del 2026 a las 18:00

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El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico de Davos de hace unos días, incomodó porque hizo algo poco frecuente en este tipo de eventos. Nombró el mundo como es. Dijo que el orden internacional se fracturó, que las reglas dejaron de ofrecer refugio y que la economía se convirtió en un instrumento de presión. Lo dijo sin nostalgia y sin dramatismo. Esa claridad explica por qué el mensaje pesó más que muchos discursos llenos de buenas intenciones.

Como demócrata, hubiera querido escuchar, en estos momentos, un discurso así pronunciado por México. Un mensaje que reconociera la crudeza del escenario global y que asumiera que el multilateralismo ya no opera con la fuerza de antes. Sin embargo, pensar en México pronunciando ese discurso lleva a una conclusión inevitable. Resulta impracticable por las implicaciones que tendría con Estados Unidos. Y esa imposibilidad no es ideológica. Es estructural.

Los discursos también parten de la posición que cada país ocupa en el tablero. Canadá puede hablar así porque su relación con Estados Unidos, aunque también es asimétrica, es distinta. México vive otra realidad. Una economía profundamente dependiente, una frontera compartida donde se concentran tensiones comerciales, migratorias y de seguridad, y una relación bilateral donde cada palabra se traduce en consecuencias inmediatas. Pedirle a México que adopte el mismo tono implica desconocer esa diferencia.

Más allá del diagnóstico, el discurso de Carney tuvo un llamado a la acción muy preciso, aunque no evidente. Su mensaje central fue que las potencias medias deben dejar de comportarse como espectadoras y empezar a actuar como bloque. No convocó a una política pública específica, ni a una ley, ni a un tratado puntual. Convocó a un cambio de conducta estratégica. Ese es el núcleo del mensaje.

Lo que pidió, de manera implícita pero clara, fue actuar juntos para dejar de negociar de forma aislada frente a las grandes potencias. Planteó la necesidad de diversificar dependencias en comercio, energía, finanzas, tecnología y cadenas de suministro, alejándose de relaciones excesivamente asimétricas. Y, sobre todo, llamó a aceptar el mundo como es, abandonar la ficción del orden basado exclusivamente en reglas y diseñar política exterior desde el realismo. Ese llamado no pertenece a la agenda doméstica. Es arquitectura geopolítica.

También es revelador lo que evitó decir. Carney no anunció alianzas concretas, no señaló adversarios directos, no asumió compromisos cuantificables ni estableció plazos. Esa ausencia fue deliberada. No fue debilidad ni ambigüedad. Fue diplomacia consciente en un foro global donde cada palabra queda registrada y cada señal se decodifica con lupa.

Por eso el discurso no fue retórico. Fue algo muy específico. Un ejercicio de alineamiento estratégico, no de implementación. Sirvió para enviar señales a aliados potenciales, preparar el terreno político interno, justificar ajustes futuros en comercio, defensa y política exterior, y reposicionar a Canadá como actor geopolítico, no solo como defensor normativo de reglas que ya no se cumplen.

Dicho sin diplomacia, el mensaje fue brutalmente claro. El mundo se volvió crudo. El viejo sistema dejó de cuidar a quienes creyeron en él. Si las potencias medias no se organizan, se vuelven irrelevantes. Canadá está dispuesto a jugar ese juego.

México enfrenta un dilema distinto. Su política exterior debe equilibrar convicciones democráticas con una relación indispensable. Eso explica el tono, la cautela y los silencios. Los discursos también son geografía, historia y estructura productiva. La valentía política adopta formas distintas según el lugar que se ocupa.

El mensaje de Davos sirve entonces para algo más que admiración intelectual. Obliga a entender desde dónde se habla y para quién. Obliga a reconocer que la democracia también opera bajo restricciones materiales. Y recuerda que, en el mundo actual, callar ciertas verdades puede ser una forma de supervivencia, mientras decirlas puede ser un lujo estratégico.

Carney habló desde la posibilidad. México gobierna desde la necesidad. Comprender esa distancia resulta más útil que lamentarla.

Aunque no está demás decir que las necesidades se pueden cambiar con decisiones y acciones. Si conviene o no, es cosa de otro análisis. 

¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la realidad lo permiten?

Placeres culposos: Vamos con blues, Van Morrison con Somebody try to sell me a bridge y Howlin’ Wolf con Live in Europe 1964. 

Y una canción en honor a Canadá de un artista de esa nacionalidad, Neil Young con Rockin’ in the free world.

Butter tarts para Greis y Alo. 

David Vallejo


Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.

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