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Democracia, política y poder

Por: Alberto Rivera El Día Miercoles 21 de Enero del 2026 a las 22:02

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Durante mucho tiempo aprendimos a hablar de la política como si fuera sinónimo de gobierno y del poder como si fuera simplemente mandar. Pero esa mirada ya no explica lo que hoy vivimos. La política contemporánea se mueve en un terreno más complejo: sociedades diversas, ciudadanos más informados —aunque también más desconfiados— y poderes fragmentados que ya no pueden imponerse sin pagar costos crecientes.

Por eso, volver a pensar la relación entre democracia, política y poder no es un ejercicio académico aislado: es una necesidad pública.

La política existe porque hay poder y conflicto. Porque no todos queremos lo mismo y porque alguien debe decidir qué se hace, cómo se hace y para quién. Esa es su función básica: organizar el poder y administrar el conflicto para hacer posible la convivencia. Sin decisiones colectivas no hay política; sin conflicto, no habría razón para ella.

El poder, en su forma más elemental, es la capacidad de influir, decidir y lograr que las decisiones se cumplan, incluso ante la resistencia. No es bueno ni malo por sí mismo. Es una condición inevitable de la vida en común. El problema no es que exista poder; el problema es cómo se ejerce, con qué límites y con qué propósito.

Aquí aparece la primera tensión central: la democracia no elimina el poder, ni resuelve definitivamente el conflicto. Lo que hace es administrar esa tensión de forma permanente. Gobernar democráticamente implica aceptar que toda decisión genera desacuerdo, que toda autoridad es provisional y que todo poder legítimo vive bajo la posibilidad constante de ser cuestionado. Esa incomodidad no es una falla del sistema; es su condición de supervivencia.

La democracia no promete unanimidad ni armonía. Promete algo más modesto, pero más valioso: que el poder no sea irreversible, que las decisiones puedan discutirse y que nadie quede excluido de manera permanente. Su apuesta central no es la imposición, sino la legitimidad.

Por eso conviene distinguir entre mandar, gobernar y liderar. Mandar es imponer una decisión. Gobernar es administrarla. Liderar democráticamente es lograr que esa decisión sea comprendida, debatida y asumida como parte de un proyecto común. Cuando el poder se queda solo en mandar, pierde legitimidad; cuando se limita a gobernar, se vuelve técnico; cuando logra liderar, construye sentido colectivo.

En una democracia, el poder no puede basarse únicamente en la coacción o la coerción. Puede recurrir a ellas, pero solo de manera excepcional y regulada. Cuando el poder necesita imponer todo el tiempo, algo se ha roto: la confianza, la representación o el vínculo con la ciudadanía. La fuerza puede ordenar, pero no integra; puede disciplinar, pero no convence.

De ahí una paradoja de nuestro tiempo. Vivimos en sistemas democráticos que funcionan en lo formal —hay elecciones, instituciones, reglas—, pero en los que el poder ya no siempre persuade. Decide, pero no integra. Gobierna, pero no necesariamente convoca. Y cuando la política pierde su capacidad de persuasión, el poder se vuelve más frágil, aunque parezca más fuerte.

El poder democrático se distingue justamente por eso. No consiste en lograr que otros hagan lo que uno quiere, sino en construir objetivos compartidos para que las personas quieran participar en hacerlos realidad. Es un poder que se ejerce como medio y como proceso, no como fin ni como imposición. Un poder que reconoce que gobernar no es solo decidir, sino codecidir, escuchar, explicar, negociar y sostener una comunicación permanente con la sociedad.

Pero este poder no se ejerce en solitario. También exige una ciudadanía activa, dispuesta a participar, a deliberar y a sostener las reglas comunes incluso cuando el resultado no le favorece. Sin ciudadanía activa, el poder democrático se debilita; sin poder democrático, la ciudadanía se repliega. La relación es bidireccional y frágil.

Además, el poder no se legitima solo con resultados. También se legitima con emociones compartidas: confianza, pertenencia y esperanza razonable. Cuando esas emociones se rompen, el poder puede seguir decidiendo, pero deja de convocar. Y una democracia sin convocatoria es una democracia en riesgo.

El verdadero peligro de nuestro tiempo no es que desaparezcan las elecciones de un día para otro. Es algo más silencioso: que el poder deje de sentirse legítimo, que la política se perciba como ajena y que la democracia siga funcionando, pero ya no sea defendida.

Tal vez por eso la pregunta central ya no es solo quién tiene el poder, sino para qué lo usa y con quién lo ejerce. Porque en democracia, el poder que solo manda puede durar un tiempo; el poder que persuade gobierna mejor; pero el poder que no construye legitimidad termina gobernando solo.

Y un poder que gobierna solo, aun con reglas democráticas, difícilmente puede construir un futuro.

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.

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