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Macrociclos, micromárgenes y el error de confiar en la inercia

Por: Alberto Rivera El Día Martes 20 de Enero del 2026 a las 22:17

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En política se ha normalizado una idea cómoda: cuando un proyecto político atraviesa un buen momento, cuando el contexto es favorable y la narrativa conecta con una mayoría, las elecciones tienden a resolverse sin demasiadas dificultades. La marca pesa, el entorno acompaña y la competencia parece contenida.

Esa lectura, sin embargo, suele ser incompleta. Las elecciones no siempre se definen por el clima general ni por la fuerza simbólica de un proyecto. En muchos casos, el resultado depende de factores mucho más específicos: niveles de organización, calidad de la estructura territorial, capacidad de movilización y control operativo del proceso electoral. Es decir, variables que rara vez están en el centro del discurso público, pero que terminan siendo decisivas.

Para entender esto con claridad, es útil distinguir entre dos lógicas distintas de competencia: los macrociclos y los micromárgenes.

Un macrociclo es un periodo durante el cual un proyecto político logra dominar el entorno social y político. Existe identidad, hay una narrativa compartida y una causa reconocible que articula mayorías amplias. En ese contexto, el voto se mueve más por pertenencia que por persuasión individual. Las elecciones tienden a ser amplias y el resultado suele reflejar una tendencia previa. El proyecto político se convierte en una referencia dominante.

Pero los macrociclos no eliminan la competencia. Lo que hacen es modificar su forma.

Incluso dentro de contextos favorables, hay elecciones y territorios donde esa ventaja se reduce. Ahí la identidad deja de garantizar el resultado, la marca pierde capacidad de arrastre automático y la diferencia entre ganar o perder se vuelve mínima. En esos escenarios aparece la lógica de los micromárgenes: elecciones cerradas, técnicas, donde el resultado se define por diferencias pequeñas y por la calidad de la operación.

Cuando una elección entra en micromárgenes, el resultado ya no depende principalmente de quién representa mejor el momento histórico, sino de quién ejecuta mejor su estrategia. Importa más el conocimiento preciso del territorio, la solidez de la estructura, la capacidad de movilizar votantes reales y la defensa efectiva del voto el día de la jornada.

Uno de los errores más frecuentes en política es confundir estas dos lógicas. Creer que un macrociclo garantiza todas las victorias o suponer que una buena operación puede, por sí sola, construir un ciclo histórico. Ambas interpretaciones son incorrectas.

Los macrociclos se sostienen mediante cohesión, legitimidad y resultados de gobierno.

Los micromárgenes se ganan con organización, disciplina y método.

Cuando los proyectos dominantes empiezan a perder elecciones cerradas, rara vez es por un problema de narrativa. Generalmente el origen está en el exceso de confianza, en el relajamiento operativo o en la idea equivocada de que el contexto hará el trabajo que corresponde a la estructura. De la misma forma, cuando fuerzas que parecían en desventaja logran ganar, casi siempre es porque entendieron que la disputa no estaba en el discurso, sino en la ejecución.

Por eso, la pregunta estratégica relevante no es únicamente quién va arriba en la conversación pública o en las encuestas, sino bajo qué lógica se compite una elección: si en la lógica del macrociclo o en la lógica del micromargen.

Cuando una elección se desplaza al micromargen, cambian las prioridades. Cambia el tipo de liderazgo requerido, el valor de la estructura territorial y la forma de medir el riesgo. La política deja de apoyarse únicamente en el mensaje y se centra en la organización y la ejecución.

Entender esta diferencia no es un ejercicio teórico. Es una condición práctica de supervivencia política. Quienes asumen que el poder se sostiene solo por la inercia del momento suelen encontrarse con límites inesperados. Quienes comprenden que incluso los proyectos fuertes necesitan método y control operativo suelen estar mejor preparados cuando la ventaja deja de ser suficiente.

Quien gana la sección y también la comunicación gana la elección.

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.

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