El timón y la tormenta (lectura del México actual)
El timón cruje cuando el mar se encrespa. No siempre es visible para quien observa desde la orilla, pero quienes están a bordo saben que gobernar no es declamar rumbo, sino sostenerlo cuando la tormenta arrecia. En México, hoy, el poder navega en aguas donde la palabra ha perdido ligereza y el silencio ya no perdona. Decir dejó de ser suficiente. Hacer —y hacerlo bien— se volvió una exigencia moral antes que política.
Durante demasiado tiempo, los gobiernos han aprendido a moverse entre calmas aparentes y tormentas reales guiados más por el interés de quien manda que por el de quienes viajan en la nave. Cambian los nombres, las banderas, las épocas; no siempre cambia la lógica. Las mayorías suelen ir en cubierta baja: visibles en el discurso, invisibles en las decisiones. Se les invoca como justificación, pero rara vez como destino.
La historia lo confirma con una terquedad incómoda. No importó si el poder se llamó revolucionario o conservador, liberal o popular. La discrecionalidad se disfrazó de liderazgo; el voluntarismo, de carácter; la simulación, de estrategia. Gobernar sin gobernarse ha sido, quizá, uno de nuestros vicios más persistentes. Y cuando el poder no se administra a sí mismo, termina abusando de los demás.
Aun así, no todo ha sido naufragio. Existen logros escasos pero reales, avances frágiles que costaron años, vidas, consensos. Precisamente por eso deben reconocerse. No para celebrarlos sin crítica, sino para no destruirlos por capricho ni sacrificarlos en nombre de la improvisación. Criticar sin memoria es tan peligroso como gobernar sin rumbo. La objetividad también es una forma de responsabilidad.
Hoy, más que nunca, entender la realidad es una urgencia. No la realidad imaginada desde el escritorio, ni la maquillada para el discurso, sino la que duele, la que incomoda, la que exige decisiones. La ignorancia gobierna caro. Decir que se atiende un problema que no se comprende conduce a la mediocridad; fingir que se actúa, desviando recursos y esfuerzos sin sentido, conduce a algo peor: a la pérdida de confianza, a la erosión silenciosa del vínculo entre poder y sociedad.
Vivimos rodeados de anuncios. Planes, programas, discursos, declaraciones que se superponen unos a otros como olas sin dirección. Muchos se presentan como nuevos, urgentes, salvadores, aunque en el fondo sean repeticiones, reciclajes, ocurrencias vestidas de novedad. Se habla mucho, se mide poco. Se comunica todo, se evalúa casi nada. La palabra se reproduce; el resultado se diluye.
En medio de ese ruido, conviene recordar una verdad sencilla y exigente: el timón no está solo en manos del gobierno. También pertenece a la ciudadanía que observa, pregunta, evalúa y participa. Delegar a ciegas es cómodo, pero peligroso. Desentenderse de lo público no libera; encarece. Lo que no se vigila se descompone, y lo que no se discute se impone.
La complejidad del país crece. Los problemas se entrelazan y se profundizan. Nada volverá a ser igual, sobre todo en la manera de ejercer el poder y de exigirlo. Por eso resulta tan fácil perderse en la escenografía: actos, fotos, firmas, mensajes que inundan las pantallas y los titulares. En ese océano de propaganda, la simulación se normaliza y la verdad compite en desventaja. La noticia sustituye al resultado; la imagen reemplaza al impacto real.
Y entonces la pregunta vuelve, insistente, inevitable: ¿cómo se pasa del dicho al hecho? ¿Dónde están los resultados que prometieron para enderezar el rumbo? ¿Qué cambió realmente para quien vive la inseguridad, la injusticia, la desigualdad? Antes de aplaudir o condenar, conviene detenerse, escuchar, informarse. No para justificar ni para destruir, sino para decidir con responsabilidad. La democracia no se fortalece con fe ciega ni con rechazo automático, sino con exigencia consciente.
En los momentos críticos no hay excusas. Quien asume un cargo —por elección o por designación— cruza una línea invisible: deja atrás los deseos y entra al territorio de las obligaciones. Está ahí para servir, no para servirse; para resolver, no para convertirse en parte del problema. Negar la tormenta no la disipa. Minimizarla no calma el mar. La realidad siempre alcanza a la nave.
Por eso la rendición de cuentas no es un gesto, sino una necesidad. La información clara y verificable no es un lujo técnico, es un derecho. La sociedad sabe, porque lo ha pagado, cuánto cuestan los errores, las omisiones y los sacrificios mal administrados. La memoria colectiva no olvida: transforma las promesas incumplidas en historia política y esa historia pesa, tarde o temprano, sobre quienes creyeron que el poder bastaba para sostenerse.
No todos los servidores públicos son iguales. Los hay capaces y honestos, regulares y mediocres, también los peores. Pero todos comparten la misma prueba final. No es el discurso. No es la intención. No es la narrativa. Es la realidad.
Al final, cuando la tormenta arrecia y el mar decide, una verdad se impone sin necesidad de proclamas: a la fuerza de las palabras siempre termina por imponerse la fuerza de los hechos. Y el timón, entonces, revela si hubo rumbo… o solo palabras.
Alberto Rivera
Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.
Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.
Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.
Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.
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