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¡Tres minutos y medio de concentración!

Por: Ricardo Hernßndez El Día Jueves 23 de Septiembre del 2021 a las 09:02

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Hace pocos días llevé a «arreglar» mi computadora Laptop, pues la idea que tenía hasta ese momento era, en primer lugar, que le hicieran una limpieza. Con limpieza me refiero a eliminar los posibles virus que tuviera o hacer que la computadora trabajara más rápido, ya que durante los últimos meses había estado funcionando muy lenta.

En segundo lugar, el objetivo era que le instalaran el programa Adobe InDesign para poder trabajar en la edición de textos.

Pero resulta que luego que pasé por la computadora y me la llevé a casa me di cuenta de que, efectivamente, la limpieza había sido efectiva: ya no tenía el mismo Microsoft Word con el que trabajé y me encariñé, a cambio me habían instalado uno el cual, desafortunadamente, no funcionó bien.

Mi computadora no volvió a hacer la misma con la que trabajé durante mucho tiempo: todo parecía indicar que mi «máquina» ya no servía para realizar ciertos trabajos de oficina.

Regresé con el técnico para exponerle mi queja, solo que no pasó de un: «nosotros no nos encargamos de buscar qué sistema Word trae la “Lectura de voz” y cosas de esas. Se le instaló un sistema Word 2016 que es el que se les instala normalmente a los clientes».

Muy a mi pesar solté un: «sí, pero esa instalación (su instalación) no funciona».

Duré como dos días intentando comprender esta situación, y a la conclusión que llegué fue a la siguiente: no volvería a llevar la computadora a ningún otro taller, en lugar de eso me haría el propósito de tomar cursos por Internet sobre cómo se instala el programa Microsoft Word más actualizado; entre otras cosas sobre cómo reparar una computadora.

Mientras estaba intentando resolver mi problema, de pronto me invadió un pensamiento muy interesante: por qué estoy intentando explicarme cómo funciona una computadora y no me he atrevido a preguntarme cómo funciona el cerebro.

A partir de ahí me surgió una duda importante: ¿qué capacidad de almacenamiento tiene nuestro cerebro? A mi modo de entender esa pregunta de acuerdo al contexto en el que me encontraba, quise decir: ¿qué tan grande es la USB que tenemos en nuestro cerebro? 

No voy a poner el número tan grande que se maneja como un dato aproximado con respecto a la capacidad de almacenamiento que tiene nuestro cerebro, pero todos los artículos que leí por Internet sobre este tema me han dejado con la boca abierta.

¡Nuestro cerebro es totalmente increíble!

Entonces, ¿mi «USB» está prácticamente vacía?

Se me ocurre poner como un ejemplo por lo fantástico que es el cerebro, al savant estadounidense Kim Peek (Estados Unidos 1951-2009) cuya capacidad para memorizar era prodigiosa. Tengo entendido que leyó más de 12 000 libros en su vida, se aprendió de memoria todas las calles de Estados Unidos incluyendo los códigos postales, sabía de muchas materias.

El problema de este señor fue que no era capaz de vestirse por sí mismo, ni peinarse, ni siquiera abrocharse los zapatos, había sido diagnosticado con autismo.

Hay otras personas que tienen memoria fotográfica, otros que calculan números con muchísimas cifras.

Asombrado por toda esta información, le comenté a un amigo que los seres humanos dejamos de producir neuronas hasta los 90 años. Mi amigo «tenía otros datos», dijo que nacemos con cierta cantidad de neuronas y que con esas mismas nos morimos. Lo contradije ―convencido por lo que había leído por Internet―; insistí en que no dejamos de producir neuronas, más bien lo que sí hacemos ―le expliqué―, es matarlas con malos hábitos.

Entre otras cosas, llegué a saber que somos capaces de leer 1000 o hasta 2000 palabras por minuto. Kim Peek, el señor del que les hablé líneas arriba, llegó a leer ―si mal no recuerdo― una página completa en 8 segundos; era capaz de leer un libro en una hora.

Con respecto a la lectura, por medio de un libro que trata el tema de las lecturas rápidas y a través del cual realicé algunas pruebas, me di cuenta que en las primeras sesiones leí un promedio de 150 palabras por minuto.

Quiero compartir con ustedes algo curioso que me pasa normalmente y que más adelante trataré de enlazarlo con lo que he expuesto anteriormente. Se trata de lo que me dice una de mis hermanas cada vez que converso con ella.

Mientras estamos platicando, de pronto mi mente se va hacia alguna parte, enseguida regresa y veo que mi hermana me está haciendo una seña con su mano «para ver si estoy ahí».

Normalmente me sucede eso, aunque no he investigado todavía a qué se debe tal ausencia repentina y muy evidente.   

Lo que si les puedo decir es que ahora que estuve leyendo un libro sobre lectura rápida, como recomendación se pide que se tome el tiempo con un cronómetro de tal manera que al finalizar la lectura se pueda anotar el tiempo, de esta forma podremos saber cuántas palabras por minutos somos capaces de leer, aunque ahí viene como se realiza ese cálculo.

Bueno, pues mientras me estaba tomando el tiempo para una lectura rápida, de pronto detuve el cronómetro, ¿la razón?: mi mente se había ido hacia alguna parte, es decir, fui consiente al momento de regresar a la lectura.

¿Qué tiempo era el que marcaba el cronómetro?

Aproximadamente los 3 minutos con 30 segundos.

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.
Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.


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