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Voto de castigo o abstencionismo

Por: Alberto Rivera El Día Lunes 21 de Septiembre del 2020 a las 17:02

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He postulado un escenario para las elecciones del 2021 en función de dos factores: El primero la sostenida tendencia a la baja de la popularidad del presidente, el impacto negativo de la emergencia por el coronavirus, el costo de que el lopezobradorismo llegue a las urnas sin buenos resultados que defender y el hecho de que su coalición tenga cada vez más tensiones y pleitos internos. Todo lo cual podría anticipar un elevado porcentaje de voto de castigo en su contra. El segundo factor, sin embargo, era el estado de impotencia en el que se encuentran las oposiciones, su falta de liderazgos, el desprestigio que aún pesa sobre ellas y la indefinición que las caracteriza en términos de lo que pueden ofrecer o representar más allá de un destino potencial para el voto antilopezobradorista.

En suma, la posibilidad de que ninguna oposición esté en condiciones de aprovechar la oportunidad que brinda la debilidad del lopezobradorismo. El desenlace puede ser, concluyo entonces, que lejos de un robusto voto de castigo lo que impere sea, más bien, el abstencionismo.

En esta entrega quisiera postular otro escenario, digamos, adicional. Porque el abstencionismo es un problema, sí, pero no un resultado: aunque acudan a votar pocas personas, habrá ganadores y perdedores. La pregunta, en consecuencia, es qué tipo de lógica puede terminar imperando en una elección con altos niveles de abstencionismo.

La estratega electoral Giselle Pérezblas lo pone en los siguientes términos: “El voto de castigo se da cuando la gente ya racionalizó el golpe de realidad, está enojada y busca derrumbar un sistema, no cuando está desesperada tratando de sostener los pedazos de su vida. En una situación de tanta incertidumbre y zozobra como la que estamos viviendo, es más factible la inmovilidad que la movilización”. ¿Y eso a quién beneficia y a quién perjudica?

La respuesta inmediata, típica de la intuición electoral, es que el abstencionismo favorece a los partidos que tienen más “maquinaria política”. ¿Qué quiere decir eso? Una combinación de arraigo territorial, militancia, redes clientelares o corporativas y, sobre todo, recursos y personal para “aceitar” esos engranes. Sin embargo, en esta coyuntura, con una epidemia tan catastróficamente disruptiva, un sistema de partidos colapsado, y un “partido” en el poder carcomido por disputas entre sus distintas figuras y corrientes, esa intuición merece ser repensada. No tanto por la idea de las “maquinarias políticas” que siguen existiendo y, aunque maltrechas, seguirán funcionando, sino por la asociación casi automática que solemos hacer entre “maquinarias” y partidos.

En un entorno de tanta desinstitucionalización y polarización política, los partidos incluido Morena llevan las de perder. Quizá el propio presidente lo ha reconocido ya y por eso no mete las manos para tratar de poner un poco de orden ni en su propio partido. Porque sabe que es una batalla perdida. O, tal vez, porque sabe que esa es una partida que ya ganó.

En ese sentido, las maquinarias pueden operar sin necesidad de estar vinculadas a un solo partido. Pueden promover candidaturas de unos u otros, de alianzas entre varios o independientes. Y esas candidaturas pueden responder a lógicas locales muy específicas, a alianzas entre grupos de distintas regiones o giros ya sean sociales, empresariales, religiosos o a esfuerzos por impulsar liderazgos particulares que después pueden coordinarse con otros para formar coaliciones variopintas que negocien sus apoyos pragmáticamente con el mejor postor. ¿Y sí en junio del próximo año, con todo y su desgaste, ese mejor postor siguiera siendo Andrés Manuel López Obrador?

@Alberto_Rivera2

Alberto Rivera

Construyo procesos de comunicación siendo y haciendo cosas diferentes, provocando emociones y moviendo conciencias hacia la participación social y política.

Ayudo a potenciar marcas de proyectos políticos y gubernamentales a través del descubrimiento de insights, arquetipos de marca y estrategias de comunicación política.

Soy consultor, catedrático y speaker en Estrategias de Campaña Política y de Gobierno. Director General de Visión Global Estrategias.

Soy originario de Tampico, Tamaulipas y cuento con una Maestría en Educación, Maestría en Política y Gobierno y Doctorado en Filosofía; además de tener diversas especializaciones en Comunicación Política, Consultoría Política e Imagen.


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