Nos quieren engañar diciéndonos que quieren ayudar, servir y más… nada hay más falso que esa clase –sin clase- política que vivimos hoy en día y que permite a sus integrantes burlarse de la sociedad.
Siempre ha habido chistes sobre políticos que no los dejan muy bien parados: los tachan de ladrones, oportunistas y otras lindezas, y vemos con el pasar del tiempo que todo lo que se dice y escribe tiene mucho de real.
No es concebible, por ejemplo, que algún conciudadano que llega a una alcaldía en tres años resuelva su situación económica, y sus hijos acudan a escuelas del extranjero, cuando antes no podía pagar siquiera la cuota de inscripción en un CBTIS; no es congruente que les veamos en esas unidades blindadas que han proliferado en estos tiempos, con logotipos y cargo al gobierno del estado, y para uso particular, en restaurantes, centros comerciales y más.
Siempre hemos criticado el abuso de los que gobiernan porque hasta a su mucama le dan coche oficial, sin pensar que es del dinero de todos nosotros.
También, el hecho de que tienen en nómina a los hijos, sobrinos, tíos, cuñados y más, es decir, a toda la parentela cobrando no únicamente buenos sueldos, sino estratosféricas compensaciones sin devengar.
Somos de la idea de que, si se tiene un familiar capaz, se le den oportunidades de ganar dinero trabajando: tanto derecho tiene como cualquiera que demuestre capacidad.
Pero lo que no concebimos es el brincoteo que tienen los aspirantes a puestos de elección popular, que pasan de su partido a otro: del PAN al PRD en un absurdo ejemplo de la incongruencia y que reafirma la idea de que entran a los partidos a hacerse ricos y lucrar con el poder y no por servir.
Alguien que tenga principios políticos, cualquiera que sea la línea, no cambia de la noche a la mañana por una candidatura.
Ejemplos los tenemos: un diputado federal que ha sido priísta, panista y hoy de Movimiento Ciudadano, o una candidata por el Verde que ha sido priísta y panista.
Como que no checa el asunto, o al menos, no tiene nada de moral o ético, porque cambian sus postulados e ideas por el cargo, por tener un sueldo seguro y por querer verle la cara a los electores que, inocentes, votamos por ellos como si fueran “la última Coca del desierto”, como dicen algunos.
Es grave que se piense comercialmente en asuntos electorales: quienes postulan a Magdalena o a Gustavo, lo sabemos, no juegan a ganar, sino a conservar el registro para que les sigan dando dinero sin trabajar: las prerrogativas electorales que les dan vida de reyes a unos cuantos.
Y todos los días hay de esos especímenes –chapulines- que brincan de un partido a otro. Oaxaca es el claro ejemplo: ya sucedió y volverá a suceder.
Salen con tonterías como las de que la gente les pide que se la jueguen, o que quieren servir sin distingo de ideología.
Grotesco, burdo, vulgar y otros calificativos similares merecen esos vividores de la política que no tienen idea de lo que es servir a los demás.
Debieron ubicarlos en otro sitio, donde hicieran menos daño a la sociedad, porque como miembros de cualquier instituto político, denigran, prostituyen, rebajan sus ideas políticas y sociales.
El columnista ve amigos en los nominados, muy amigos, pero que, a fuerza de se sinceros, no votaría por ellos, en bien de los demás.
Son chapulines, oportunistas que quieren llegar a como dé lugar, sin importar las formas, sin importar que se burlen de nosotros, pero han olvidado que la gente está harta de estas cosas y es mu probable que, ahora sí, el día de los comicios se refleje ese sentimiento social que se ha menospreciado por años, que se ha ninguneado y que puede marcar diferencias.
El problema es que, por donde se pueda voltear, todos están igual.
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