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Sección: Editoriales / En la Remington

Fantasmas y espíritus en el Ex Asilo Vicentino

Por: Ricardo Hernández 29/10/2015 | Actualizada a las 12:11h
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Los nombres verdaderos de las personas fueron omitidos por cuestión de privacidad y anonimato

Entre el año de 1985 a 1986 fue sin duda el de mayor efervescencia  en la aparición de fantasmas y espíritus en el interior del Ex Asilo Vicentino, actualmente convertido en Museo Regional de Historia de Tamaulipas.

En lo personal, nunca he leído algún libro o documento donde pueda saber a ciencia cierta quiénes fueron realmente los que vivieron en este lugar, aunque me gustaría ver fotografías para reafirmar si esos fantasmas fueron los que yo vi, y los que también se le aparecieron al resto de las personas que estuvimos durante ese año en particular.

El único dato que tengo a la mano es un tríptico del Museo, donde se nos informa a los visitantes que la construcción del Ex Asilo Vicentino fue iniciada a finales del siglo XIX. No especifica los metros cuadrados del terreno, pero sí que fue donado por el señor Fermín Legorreta Fernández y su esposa, la señora Eugenia Castañeda Núñez Cáceres. 

Según la información, el pueblo se unió al proyecto para la construcción del asilo para niños huérfanos y personas ancianas. Me llama la atención aquello de la persecución religiosa posterior a la revolución que obligó a las religiosas a abandonar el asilo. Por lo menos tengo el dato: persecución religiosa-niños huérfanos-ancianas.

De ahí voy a partir para comenzar mi relato y que juzgue el lector si lo que yo presencié entre el año de 1985 a 1986 fueron alucinaciones; si por aquella época pude falsear la realidad transmutándola en inverosimilitud, o, si fue mi imaginación la que me llevó a confundir la realidad y que simplemente nunca sucedió nada.

Entrando al Museo a mano izquierda, se ubica actualmente una biblioteca, lugar de la primera aparición de un fantasma.

A mi edad de los doce años, me levanté una madrugada de verano. Vivía yo, entonces, justamente donde se exhiben las piezas históricas. No puedo asegurar por qué razones acostumbré a sentarme en el quicio de la puerta de mi casa.

Aunque aquel día en especial era una noche estrellada, el viento golpeaba suavemente las paredes de los edificios provocando un remolino de aire tibio a mi alrededor.

Por esas fechas, mi madre me había inscrito en la secundaria que se encuentra actualmente a espaldas del DIF municipal.

Recuerdo haber discutido con mi madre ya que yo hubiera preferido capacitarme en el taller de carpintería en lugar de las odiosas máquinas del torno y la fresadora, y de tolerar el ruido asfixiante cada vez que me tocaba taller.

Mi madre fue a la escuela para ver si podía arreglarme el cambio, cosa que no se pudo por no sé qué razones. Lo cierto es que viví angustiado por esas fechas, con el temor de que algún día me mutilara una mano, o de que me tragara una máquina.

Hubo una muchachita que me ayudaba con mis trabajos, siempre me gustó su forma de ser así como su nombre: Teresita de Jesús.

Su mismo nombre parecía provenir de una orden religiosa. En el taller había mesas largas y grandes donde a veces nos sentábamos a leer la teoría de las máquinas. Durante las prácticas, yo prefería irme a sentar solo, y no permanecer angustiado por hacer algo que no deseaba.

Teresita se acercaba a mí para pregúntame: ¿Te paso algo, Ricky? Le respondía cabizbajo: Lo de siempre, Teresita. Mi miedo por las máquinas.

Yo te ayudo, se ofrecía Teresita en mi auxilio. Está bien, agradecía yo.

Tal vez eso podría ser una de las razones por lo cual yo me levantaba de noche a pensar, a descargar mi frustración conversando con las noches, cavilando que por cada día que pasara, era una cuenta regresiva para concluir mis estudios y no saber jamás de las máquinas.

Me abracé yo mismo esa noche, sentado en el vano de la puerta.

Comenzó a sentirse un viento fresco para pasar después a una temperatura más fría; fue un cambio gradual mezclado entre el viento tibio y fresco, para luego convertirse en gélido.

De la puerta de donde ahora es la biblioteca del Museo, fue saliendo el espectro de una

mujer vestida de blanco. Desde donde me encontraba yo, no podía distinguirle el rostro, sólo veía sorprendido la silueta que se movía con su cuerpo suspendido en el aire.

No recuerdo haber tenido miedo a algo hasta antes de mis doce años de edad porque tenía una madre protectora, quien aparte, me había inculcado la religión católica.

Mi madre oraba por las noches antes de acostarnos. Decía con palabras tiernas: “ve a tu cama a dormir”. Le preguntaba: “¿Y mi papá por qué no reza con nosotros?”, ella respondía: “Porque tu papá no cree en Dios, por eso”.

El espectro se detuvo cerca de la puerta, enseguida continuó avanzando por el pasillo que da a la puerta principal del Museo. Por fuerza de curiosidad, o de inocencia, me incorporé y con pasos cortos y tímidos, avancé hacia eso que venía hacia mí ¿o por mí?

El espectro se detuvo, vi como dio media vuelta flotando en el aire para regresar al lugar de donde había salido, es decir, donde ahora esla biblioteca del Museo.

¿Qué haces aquí afuera?,  métete, me regañó mi madre.

Llamaba mucho mi atención las paredes grandes, en ruinas, cayéndose a pedazos.

Las puertas de madera eran grandes, como las de ahora, sólo que aquellas conservaban la decrepitud de un tiempo pasado.

Era un contraste de tiempo en el tiempo; entre lo histórico y la actualidad: había niños, niñas, adolecentes, jóvenes, señores, señoras, señores y señoras de la tercera edad.

No recuerdo si hubo el nacimiento de algún bebé por aquella época, de haberlo sabido, no dudo que le hubiera dicho a mi madre: el bebé de la señora fulana de tal no deja dormir.

¿Pero a quién podía echarle la culpa por el bebé que yo escuchaba  sollozar todas las noches?

Mi madre se negó a creer lo que yo le confesaba, pensó que era producto de mis desvelos por levantarme en la madrugada y sentarme en el vano de la puerta.

Creo que fui un adolecente angustiado.

Me angustiaban las máquinas del taller de la secundaria, luego me angustió que mi madre no creyera en mí.

¿A quién podía acudir si ella era mi única amiga y no creía en mí?

Era la persona a quien le confiaba mis más íntimos sentimientos.

Me acostaba solo en la cama. Mis tres hermanas _mayores que yo, un año por sucesión ascendente_, dormían juntas en la misma cama, apartadas de mí.

Yo deseé poder haber estado acompañado de un hermano como ellas, a quién le pudiera compartir mis pensamientos, o mis frustraciones, mis angustias. Tal vez por eso pensaba demasiado, porque conversaba conmigo mismo, porque llegué a creer que yo mismo me comprendía: me convertí en mi mejor amigo.

Por eso motivo me sentaba en el quicio de la puerta, porque yo solo sabía lo que sucedía a mi alrededor, sabía lo que acontecía en el interior del Ex Asilo Vicentino, entre el año de 1985 a 1986.

Cuando me dispuse a cerrar la puerta de la casa, cierta noche luego de haber permanecido por espacio de cuatro horas en el vano de la puerta, escuché unos pasos detrás de mí. Cerré suavemente la puerta y me apresuré a acostarme en la cama.

No pasó mucho tiempo cuando al quedarme dormido sentí  una opresión en el pecho, a tal grado de sentir asfixia.

Al momento de abrir los ojos, ¡había un gato negro sobre mi pecho!, sus ojos eran luminosos, de un amarillo brillante.

Tras darle un manotazo, grité: “¡Mamíiiiiiiii, un gato me mordióooooooooo!”

Por decir eso, me hice acreedor de un castigo: no debía levantarme por la noche y abrir la puerta de la casa.

Veinte años después, recibí una llamada de un número desconocido, según la lada, provenía de la ciudad de Guadalajara.

Era Eduardo. Me explicó por teléfono que su hermano, Fidencio, le había pasado mi número y que deseaba contactarse conmigo.

Le expresé mi alegría por saber de él y le dije que en cualquier momento que viniera a  esta ciudad Victoria, no dudara en llamarme para recibirlo.

No pasaron varios días cuando Eduardo y yo nos reunimos en un convivio. Eduardo fue el padrino de un bebé y lo celebraba en un lugar de eventos especiales, donde había gran cantidad de gente, una pequeña alberca, así como dos palapas.

Luego de comer un platillo de asado y de tomarnos unas cervezas. Eduardo habló en voz baja, un poco preocupado: Vamos a fuera, tengo algo que preguntarte.

En el estacionamiento, nos recargamos de espaldas sobre un costado de su automóvil. Eduardo tomó un trago más de cerveza, enseguida formuló la pregunta:

¿A ti te sucedió algo en el Ex Asilo Vicentino?

¿Algo como qué?, indagué con curiosidad.

¿Alguna aparición? _La voz de Eduardo se quebró, y sus ojos bailaban febrilmente_. _ Al grano, Eduardo, ¿qué es lo que deseas explicarme?

_No sé si me lo vayas a creer _dijo mi amigo_, pero siempre me pregunté si a alguien más que a mí, se le aparecía un perro negro, grande, grande el condenado.

La gente murmuraba que tú estabas como embrujado _musitó Eduardo_, porque te veían todas las noches sentado al pie de la puerta de tu casa.

¿Sabes algo del perro negro que se me aparecía a mí?_ preguntó él. Por la fuerte expresión en su rostro moreno, sabía que esperaba una respuesta concreta y verdadera, como si de mi respuesta dependiera la verdad de lo que aconteció en el Ex Asilo Vicentino.

Enmudecí por completo, me electricé por un instante. Después de 20 años de la aparición de esos espíritus y fantasmas, por fin había encontrado la respuesta que tanto anhelaba: no fui el único protagonista que ocultaba la verdad de lo que aconteció entre 1985 a 1986.

Ricardo Hernández Hernández
Poeta y columnista

Colaborador del portal:” Hoy Tamaulipas” hasta la fecha.

Actualmente estoy cursando un “Diplomado en Creación literaria” en la Biblioteca del Centro Cultural Tamaulipas, con el maestro José Luis Velarde.
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