Hace 50 años llegue a Victoria, no vine de Tula ni de Jaumave, pero sí de Padilla. Tenía 8 años y fue por decisión de mi abuelita materna, para que estudiara aquí en la Escuela Victoria. Aun tengo recuerdos, como quien dice, de mi primer día de clase: caminando por el trece carrera me espanto al escuchar el u ulular de la sirena de la ambulancia. Venia de un ejido, ni idea de que existían las ambulancias.
Desde el primer día hasta hoy ya pasaron 50 años. Toda una vida: al paso de los años fui viviendo experiencias que hoy son inolvidables, que fueron significativas en mi vida; pero sobre todo, he sido testigo de cómo Victoria ha evolucionado, ha cambiado, de cómo ha transformado la vida de unos y de otros. Recordar es vivir, nos decía con mucha frecuencia Carlos Adrian Avilés en su Alegría Matinal.
Ahora que se celebra la capitalidad de la ciudad, con Sesión de Cabildo, con discursos y conferencias, con eventos deportivos; que nos lo recuerda el alcalde Alejandro Etienne, el cronista Gustavo Paz, así como el sinfín de ciudadanos que participaran en la carrera como en la cabalgata. Yo, pongo mi granito de arena con uno que otro recuerdo, imágenes de una ciudad tranquila que se ha transformado hasta aparecer en las estadísticas como de más “violencia”.
Un día, recordando etapas de la niñez, el actual diputado federal Enrique Cárdenas dijo palabras certeras: atrás han quedado en que veíamos a la señora barriendo el frente de la casa; de que estaban los adultos en el pórtico leyendo o tomando té o café. Y si, todavía en los 80´s y 90´s, uno podía caminar y caminar, a altas horas de la noche, sin preocupaciones y sin temor. Porque Victoria apenas estaba tomando vuelo en su desarrollo urbano. En aquella época, prácticamente el centro, era casi toda la ciudad.
Disfrutar los eventos culturales, sobre todo en la plaza del 8, era toda felicidad. El conjunto típico tamaulipeco, la Banda de Música los domingos. Las tardes era un espectáculo ver a las urracas en los arboles, de ahí el poema que Lupemaria Pedraza le dedica a Victoria; por cierto, también el abogado Ramiro González Sosa le hizo su poesía a Victoria. Ver a la gente, a los padres y sus hijos disfrutar el ambiente, a las parejas de enamorados conversando vuelta y vuelta.
Eran tiempos en que no había tiendas de autoservicio, solo la Supertiendas Modelos. Había por todos lados la tiendita, sobre todo la de la esquina: no sabíamos de bancos, menos de tarjeta de crédito, pero usábamos la “tarjetita” o “libretita” donde se anotaba lo que pedíamos fiado y, cada ocho días, a pagar la cuenta. Y no cobraban rédito, como hoy lo hacen las tarjetas de crédito con tasas de interés abusivas.
Por cierto, conocí el futbol con los Cuerudos e iba a la lucha libre a la plaza de Toros Victoria. El estadio no eran tan majestuoso como el de ahora; en el área de sol, norte y sur, se cubría con una lona y había quienes, para ver el partido de futbol, se subían a los arboles que estaban por la calle Carrera Torres.
En 50 años he visto muchos cambios en Victoria. El agua de la peñita prácticamente ya se acabo; la paz y tranquilidad que vivieron nuestros abuelos y padres, se ha diluido ante la pasividad de las autoridades; los camiones rojos, azules y amarillos se transformaron en peseras y luego en micros, cuyos choferes dan mucho de qué hablar. El cine Juárez cerro, como también el Avenida y el Alameda, ahora esta Cinepolis; antes enviábamos cartas y telegramas, ahora e-mail y Twitter.
PROTAGONISTA.
CARLOS AVILES ARREOLA. Es victorense, polifacético en su quehacer cotidiano; impulsa la buena música a través de un programa en Radio Universidad; gusta de la lectura y la poesía. Y como tal en el evento “Escritores de mi tierra” participara dando lectura a la obra de José Luis Velarde. Para escucharlo, junto con Magaly Monserrat (poesía) y Demetrio Ávila, no pierdan la cita: Museo Regional de Historia, sábado 25, a las 5 pm. ¡No falten!
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