Los viejos caciques, cuya decadencia se percibe cotidianamente en toda la geografía tamaulipeca, en el actual proceso electoral no tienen qué ofrecer ...
Por: Juan Sánchez-Mendoza21/05/2010 | Actualizada a las 00:01h
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Los viejos
caciques, cuya decadencia se percibe cotidianamente en toda la geografía
tamaulipeca, en el actual proceso electoral no tienen qué ofrecer a los
candidatos a la gubernatura del estado, las 43 alcaldías y 22 diputaciones
locales de mayoría relativa.
Sin embargo los
pretensos hacen como que les creen y los otrora amos y señores de las comarcas
se ven ridículos pontificando con sus gastados y anacrónicos discursos, pues
para nadie es secreto que en la actualidad carecen de fortaleza política.
Además su voto es
unipersonal y ya no son capaces de manejar siquiera a los integrantes de sus
propias familias, como lo demuestra el hecho de que en un mismo clan haya
simpatizantes de diversos partidos.
Usted seguramente
fue testigo, le informaron o simple y llanamente lo sabe de oídas, que antaño
las fórmulas para contender por los ayuntamientos y curules (uninominales y de
representación proporcional) se otorgaban casi en exclusiva a quienes
recomendaban los caciques de cada región, porque era la única forma de
garantizar el triunfo.
Fue la época en
que el jurásico caciquil manipulaba el voto, alentaba el relleno de urnas,
financiaba candidaturas, obstaculizaba otras, controlaba a los funcionarios de
los órganos electorales, ordenaba el robo de ánforas cuando sentían que el
escrutinio sería adverso a su causa, amenazaba a sus opositores, le exigía a
los curas que desde sus púlpitos indujeran el voto, ponía y quitaba candidatos,
y hasta se daba el lujo de administrar los recursos públicos sin que los
representantes populares, “apadrinados” por ellos, osaran oponerse.
Ese viejo
cacicazgo, si bien es discutible que en otra época cumplió una función, hoy
está casi desaparecido.
Pero los que aún
creen ejercer cacicazgos no lo entienden así y por eso se muestran irreverentes
ante los políticos más jóvenes que ellos, quienes les dan coba para no pelear y
hacen como que los necesitan en su aspiración inmediata, cuando en el fondo lo
único que les provocan es tanta pena como diversión, pues sabido es que el
tiempo no perdona y a muchos de los viejos caciques ya se les van las cabras.
En cualquier
manifestación, mitin, reunión, encuentro, asamblea o como les llamen a las
acciones proselitistas en cada caso, regularmente asisten varios caciques en
decadencia –disfrazando su verdadera piel de lobo con una de oveja, y
haciéndose llamar clase política--, para dizque avalar al aspirante en turno.
Desde su llegada
al recinto donde se realiza la actividad política, el cacique anacrónico recibe
atención especial, se le cita públicamente, se le aplaude --pero eso sí, con
mucha simulación--, y en cuanto se va los comentarios que se vierten sobre su
figura son de desprecio y pena.
Incluso sé de
algunos candidatos que ya no los toman en cuenta, por saber que hoy nada
representan; que están más devaluados que el peso mexicano y que su aportación
en el terreno político-electoral vale tanto como la de cualquier otro
simpatizante.
O sea, un voto.
Esta reflexión
surge tras observar que en el campo todavía se dan intentos de cacicazgos, y
que estos se fincan en el hecho de que los dueños del teléfono rural, que
también son propietarios de la tierra, el ganado, las parcelas, los solares, la
tienda, la cantina, la veterinaria, el depósito de cerveza y otros negocios,
creen que igual pueden decidir por sus semejantes en la justa comicial. Pero están
equivocados, ya que los caciques, desde hace muchos años, dejaron de ser
sustento en todo proceso electoral. ¿Qué es la unidad? En los últimos
días en todos los partidos políticos se habla de unidad, pero son pocos los que
profundizan en su cabal interpretación, por lo que enseguida cito lo que el
ideólogo Jesús Reyes Heroles consideraba en torno al tema.
En vida él decía
que casi todos los seres humanos creemos en la unidad. Y así lo
explicaba:
“La unidad de un
pueblo, de una colectividad, no supone la unanimidad ni excluye el derecho a la
diferencia; por el contrario, la unidad más sólida es aquella que se funda en la
diferencia, en que no existe ortodoxia ni heterodoxia. Es la unidad que
proviene de la diversidad y de un denominador común amplio, de un pensamiento
común, por encima de las diferencias, por encima del derecho a disentir, más
allá de divergencias.
“La unanimidad es
supuesta o es impuesta. La unidad a través de la diversidad es real y
voluntaria, y es ésta la unidad que queremos…”
Refiero lo
anterior porque hay políticos que actualmente muestran confusión entre una cosa
y otra.
Me explico más a
fondo: Em@il: jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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