Mañana es Día del Niño. Una fecha conmemorativa que tanto agrada a los adultos como a los huercos, pues los primeros...
Por: Juan Sánchez-Mendoza28/04/2010 | Actualizada a las 23:29h
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Suspensión de actividades gubernamentales
por largo puente
Marginación de menores cotidianamente crece
y se multiplica
A quienes emergen de zonas rurales se les
pervierte más fácil
En su día no se les puede hablar de amor,
pues no lo conocen
Mañana es Día del Niño. Una fecha conmemorativa que tanto
agrada a los adultos como a los huercos, pues los primeros la toman de pretexto
para evadir sus responsabilidades laborales y/o académicas, mientras los
infantes esperan alguno de los múltiples juguetes que desde hace días oferta la
usura comercial. También con el Día del Niño inicia un largo “puente” en
este 2010, ya que la nueva reglamentación constitucional en materia laboral
concede a los asalariados, como descanso obligatorio, otro día de asueto si la
fecha conmemorativa del Día del Trabajo (uno de mayo) corresponde al sábado o
domingo. Por tanto, el lunes próximo tres de mayo, según tengo en
entendido, será inhábil para al menos la burocracia que tampoco se presentaría
a laborar el martes cuatro de mayo, sino hasta el jueves seis, ya que es tan
patriotera que igual festeja el cinco de mayo –fecha alusiva a la Batalla de
Puebla ocurrida en 1862--, aunque ignore el por qué se surgió tal
acontecimiento y menos le interese la historia de México, aun cuando
cotidianamente se hable del bicentenario independentista y del centenario del
movimiento revolucionario. No quiere imaginarme lo que pudiera ocurrir con los
trabajadores que desfilen el uno de mayo, pues sus próceres dirigentes ya están
decididos a que se les conceda otro día de descanso por salir a la calle y de
ser esto una realidad en los acuerdos políticos –corrijo, entre las partes
patronal y asalariada--, entonces sólo trabajarían el viernes próximo,
amparados en el fuero que les brindan las organizaciones gremiales. En fin, eso es harina de otro costal. Y mañana, aquí en este mismo espacio, recurriré al tema. Por vía de mientras permítame hacer una reflexión en
cuanto a los menores que mañana son festejados justicieramente y de los otros,
los olvidados, injustamente. Madurez inconcebible, pero cierta Cuando hablamos de los niños que en la calle buscan su
sobrevivencia, por lo regular caemos en el error de generalizar nuestros
conceptos. Y es que habitualmente no atinamos a razonar, siquiera,
las diferencias de identidad que existen entre ellos mismos; como tampoco hemos
sido capaces de entender que, frente ante esta sociedad a la que pertenecen y
que los rechaza cotidianamente, su número crece y se multiplica dando vida a un
fenómeno que ya ha rebasado incluso a las autoridades encargadas de su
rehabilitación tanto educativa como familiar. Los menores de edad que en la calle buscan techo y comida
–ya no amor, pues ésta es una palabra ajena a su vocabulario--, en gran
porcentaje son niños y en menor estadística adolescentes emanados de estratos
sociales con mayor carencia económica, cuya personalidad individualista y
deformación emocional los orilla a incorporarse a clanes delictivos en sus
comunidades, al tiempo que les impide cualquier intento unipersonal de
reincorporarse a su familia y a la sociedad, por la simple y sencilla razón de
que nada de ello les interesa, como quizá ellos tampoco le interesen a las
autoridades en sus tres niveles de Gobierno. El medio ambiente en que los niños nacen, crecen y se
desarrollan (por un lado) y la descomposición de sus hogares (por el otro),
hacen que los niños de la calle se rebelen ante las normas establecidas; que
adopten estereotipos de protesta extra estatales y se liguen a doctrinas encontradas
a través de frases filosóficas y símbolos que, que en fondo, nunca logran
comprender. Definición social A los menores que en la calle fincan sus esperanzas de
vida, la sociedad misma los ha definido como seres inferiores, conformistas,
ladrones, homicidas, drogadictos, bravucones, alcohólicos, deshumanizados,
irrespetuosos y abusivos… cuando menos. Pero ellos, en lo particular, se autodefinen como huercos
marginados, activos, cuya energía está dirigida a la acción, a la aventura, al
peligro. Es decir, les gusta el riesgo, la incertidumbre y viven amenazados por
la muerte. Su educación la obtienen en la calle, broncas y uno que
otro “pasón”; en los atracos, redadas, torturas sicológicas y físicas y en el
sexo, aunque en la Mayoría de las veces lo practiquen irreflexivamente y
generen paternidades que tampoco son capaces de entender ni atender. Algunos estudiosos de este fenómeno han dicho: “son niños
y adolescentes desubicados tanto familiar como emocionalmente; su reacción es
natural, ya que no se les han brindado espacios suficientes donde poder
reencontrarse; igual carecen de guías morales para poder entender el lado bueno
de la vida. No son malos, sino rebeldes”. Sin embargo esos menores marginados, a decir de algunos
terapeutas consultados para este análisis, son seres humanos resentidos
socialmente; están descorazonados, desprotegidos; su preparación académica y
laboral es mínima regularmente; no entienden más leyes que las de la propia
calle; son entrones inconscientes al peligro y al daño que puedan causar;
desobligados, vagos por naturaleza; atracadores, traicioneros y mercenarios,
aunque sólo lo hagan por diversión, el diario sustento o bien un “churrito” de
marihuana, el “flexo” o un poco de solvente. Sin estas características, aseguran quienes del tema
dicen saber, no podría entenderse el ingreso de un niño o adolescente a las
cuadrillas que operan en la calle y que tanto han proliferado en Tamaulipas en
los últimos tiempos. En lo particular, no obstante, creo que el surgimiento de
los niños de la calle es consecuencia de factores todavía más profundos. La proliferación En diferentes municipios de la entidad estatal se ha
detectado que los niños de la calle cada día son más y que en muchos casos son
de extracción clase mediera; menores que abandonaron sus hogares por la
descomposición familiar, en tanto que los surgidos de las clases bajas son
resultado de la pobreza, la marginación, la desintegración de sus familias y la
falta de identidad. Por tanto, nos encontramos con que los niños que en la
calle viven son consecuencia de los siguientes factores: a) problemas
sicológicos, b) situación socioeconómica, y c) emigración, según refieren
investigadores en la materia. En el primer caso (y sin pretender encasillarlos),
podríamos ubicar a los menores de edad que en la calle limpian parabrisas y
carrocerías, venden chicles, tragan petróleo, hacen malabares y posas sus
espaldas sobre vidrios despedazados; en el segundo, a los jovenzuelos que no
conocen otro ambiente que el de los cinturones de miseria; y, en el tercero, a
los que abandonan sus lugares de origen para establecerse en conglomerados
carentes de servicios públicos. Estos últimos, al emigrar directa o familiarmente del
campo hacia la ciudad, por su misma naturaleza tratan de romper con sus raíces
y se incorporan a un mundo desconocido donde son presa fácil de los
manipuladores sociales que, en la mayoría de los casos, los utilizan como carne
de cañón. La población rural que se integra al ecosistema citadino,
da por imitar burdamente a la comunidad donde le toca convivir; olvida los
valores morales que le inculcaron allá en el campo y se somete a las
directrices que le marca la propia calle. En cuanto a los menores de edad que en la calle
acrecientan el fenómeno en comento, ellos mismos han dicho que nada se le puede
exigir a un huerco que ha sido educado a golpes; que vive en zonas donde la
muerte prevalece y prácticamente no existe la vida; donde hay una sociedad
podrida que apesta con todo y su agua potable, pues ellos han vivido ahí,
exactamente, donde el hambre y la ignorancia no ofrecen ninguna expectativa de
vida. Sobre todo porque en las zonas con mayor marginación
social (que regularmente ni siquiera conocen los funcionarios públicos),
habitan menores que como guía social sólo conocen la violencia, el robo y la
miseria. En cuanto a valores morales, ellos mismos han respondido
así a preguntas de sociólogos: “¿El amor?, ¿qué es eso? Con todo y lo anteriormente comentado, mañana habrá
festejos a granel por el Día del Niño. Em@il: jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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