Por: Juan Sánchez-Mendoza12/10/2011 | Actualizada a las 22:31h
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La percepción
ciudadana rebasa a encuestadora Posicionamiento,
más cualitativo que cuantitativo En puerta,
desacreditación del proceso electoral Espionaje
telefónico es práctica de la Federación Las estadísticas que Consulta Mitofsky ofrece en torno a las preferencias
electorales con relación al proceso 2011-12, de ningún modo sorprenden a los
jefes partidistas antagónicos al Partido Revolucionario Institucional (PRI)
–cuya ilusión de un triunfo la sustentan en la pesca a río revuelto--, pero sí
dan pie a que éstos, espoleados por sus (todavía) precandidatos a la
Presidencia de la República, redoblen esfuerzos para que la prensa destaque sus
actividades. Sin embargo hay que admitir que su escasa penetración en el ánimo ciudadano
es responsabilidad exclusiva de sus partidos, tanto o más que de ellos mismos,
pues tiempo les ha sobrado para recorrer México, tocar puertas y acercarse al
electorado, pero unos y otros han soslayado ir al encuentro de los votantes a
través de actividades públicas y propositivas; de contacto directo con el
pueblo y caminar sorteando surcos --¿por temor al calor, al polvo y a la misma
gente que nada quiere saber de políticos aventureros?--, según lo confirman los
números del sondeo más reciente de Consulta Mitofsky, aunque la interpretación
del suceso, debo reconocerlo, es una elucubración del periodista derivada de estadísticas
y por pláticas con ciudadanos. Al hecho también ha contribuido la desconfianza y/o pérdida de credibilidad
hacia los partidos Acción Nacional (PAN), de la Revolución Democrática (PRD),
del Trabajo (PT), Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano) y por supuesto el
Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza (Panal), por la marcada
incongruencia y poca seriedad con que se conducen. Esto lo evidencian los mecanismos antidemocráticos utilizados para renovar
a sus cuadros dirigentes, pese a tener bien definidos (aunque en la letra
simplemente) los estatutos y reglamentos que rigen su vida interna y actuación
pública. Generalmente han sido los grupos de interés quienes malinterpretan la
reglamentación partidista, en un claro afán de adecuarla a los caprichos de las
camarillas o facciones que en los procesos comiciales se adueñan de los
membretes. Es más, cuando de pelear se trata pa’ defender parcelas, los jefes de las
gavillas pierden la compostura y no asoman el menor pudor al exhibir sus
mezquindades que degradan y enturbian la vida democrática de las
organizaciones. Así los pleitos de lavadero sesgan los buenos propósitos y exhiben falta de
ética, de principios y sobre todo de madurez política, por lo que los partidos
dejan de ser espacios ideológicos para convertirse en pancracios donde afloran
las pasiones e intereses individuales y sectarios, marginando los colores e
ideología de las organizaciones utilizadas simplemente como parapetos. Hay más: la lucha a estas alturas prevalece encarnizada hacia adentro de
los partidos, cierto, pero al exterior no es menos halagadora, como lo exhiben
las escaramuzas escenificadas por su militancia inconforme. Acuerdos fallidos En el ámbito nacional y bajo este panorama, es harto notorio que cuando la
dirigencia de un membrete se confronta con el adversario y carece de
sensibilidad política no mide consecuencias y usa cualquier recurso para
degradarlo y tratar de opacar su participación en las justas comiciales. El colmo surge cuando les da por establecer alianzas --en apariencia
sustentadas en la coincidencia de proyectos o en la figura de un personaje con
arraigo y posibilidades reales de representar la alternancia dentro del esquema
de poder--, ya que las más de las veces éstas se pactan al vapor, sin reglas claras,
y obedecen a mandatos centralistas. De ahí que no deba extrañarnos la manera poco cordial en que los aliados de
coyuntura muestran hoy algunas de sus diferencias. Impugnaciones al día En todo proceso comicial que se lleva a cabo en nuestro
país --igual que ocurre en otras naciones con menos desarrollo--, anida la
subcultura de la impugnación por la falta de confianza y pérdida de
credibilidad hacia las instituciones electorales, los partidos políticos y los
candidatos de cualquier nivel, como ha quedado demostrado en las contiendas más
recientes para elegir jefe del Ejecutivo Federal y Congreso de la Unión. Es común escuchar, en voz de quienes se saben perdedores, que sus oponentes
recurren a viejas prácticas para conculcar la voluntad ciudadana y así ganar
las elecciones. Tan reiterado es este recurso que hasta en los procesos internos de
cualquier partido político los contendientes se echan en cara su insano
proceder. Caso doméstico Aquí en Tamaulipas la oposición todavía no supera la etapa selectiva de sus
candidatos a senadores y diputados federales, pero ya existen denuncias
públicas y ante la autoridad electoral, en el sentido que el PRI recurre a las
viejas prácticas, mañas, trampas y métodos malsanos a fin de ganar el proceso. Ahora bien, pese a los esfuerzos por dar certidumbre a la ciudadanía en la
imparcialidad de las autoridades electorales y en el respeto al voto, persisten
dudas. Sobre todo en lo doméstico, pues se dice que los hombres del poder meten
mano a través de sus incondicionales que colocan en los organismos encargados
de conducir y validar los procesos, aunque lo cierto es que el Vocal Ejecutivo
del IFE es nombrado allá en la Ciudad de México y no aquí. De ahí entonces que se haya hecho común, en mayor o menor medida, oír
declaraciones entre adversarios políticos en el sentido de que una vez más
tiende a ser burlada la voluntad popular a través de las prácticas
tradicionales. Esto sirve para entender que si bien es cierto hemos avanzado con muchos
tropiezos en las acciones encaminadas a generar confianza y certidumbre entre
los electores, persiste de manera muy arraigada el fantasma de la credibilidad
y la subcultura de la impugnación. Por tanto, ésta ya no sólo es un mecanismo de presión --legítimo o no--,
utilizado por la oposición. Espionaje telefónico El tema nuevamente sale a relucir como una práctica malsana del Gobierno
Federal. Esto a raíz de que algunas conversaciones de gobernadores priistas se
hiciera públicas. Por tanto, el asunto del espionaje telefónico renueva la polémica y pone en
la mesa de la discusión una serie de realidades que, por cierto, forman parte
de la tradición con que opera el sistema político mexicano. Entonces resulta innegable que desde la cúpula los regímenes funcionan como
camarillas; y que no hay división e independencia real entre el gobierno y los
partidos políticos y el órgano electoral de corte federal, pues una vez
alcanzado el poder los membretes y árbitros comiciales reciben línea de la autoridad
en turno. Esto no es novedad; lo sorprendente, más bien, es que otra vez casos
concretos de espionaje telefónico se hagan públicos a través de los medios
audiovisuales de comunicación masiva. Los últimos acontecimientos en la materia, por supuesto, vienen a confirmar
que por décadas en nuestro país ha operado un sistema de espionaje e
inteligencia que en el papel debiera estar ocupado de la seguridad nacional,
pero que en los hechos sigue acumulando archivos, fichando gente y grabando
conversaciones por encargo, a fin de golpear al adversario político. Hasta antes de este nuevo escándalo, se suponía que Felipe Calderón
Hinojosa proyectaba cumplir su oferta de no meter mano en los comicios en que
él mismo será relevado del cargo, pero resulta que según las denuncias planea
exactamente lo contrario. Es decir, volver a las viejas prácticas que en nada ayudan a consolidar la
democracia. La confidencialidad con que funciona el Centro de Investigación y Seguridad
Nacional (Cisen), por cierto, depende en forma directa de la Secretaría de
Gobernación, convirtiendo a éste en un organismo estratégico en la tarea de
cuidar a los amigos y golpear a quienes son considerados un problema para la
“seguridad nacional”, que, dicho sea de paso, es un término esgrimido en el
interés de justificar acciones clandestinas que atentan contra personas e
instituciones, como ha quedado evidenciado en más de una ocasión. Em@il: jusam_gg@hotmail.comgolpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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