Ante su desfase partidista y en la administración pública, hay políticos arcaicos que hoy de nueva cuenta muestran...
Por: Juan Sánchez-Mendoza01/03/2010 | Actualizada a las 22:06h
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Ante su desbordamiento, recurren a prácticas viciadas Más que circo y pan nuestra sociedad merece respeto Violencia fronteriza debe enfrentarla Gobierno Federal Gobernador tamaulipeco pide mayor presencia militar Ante su desfase partidista y en la administración pública, hay políticos
arcaicos que hoy de nueva cuenta muestran sus fauces por el hambre que les
despierta conseguir posiciones en el actual proceso electoral; y que acatando
prácticas del pasado pretenden llevar agua sus molinos.
De ahí que sigan amenazando con buscar alianzas con partidos antagónicos
al Partido Revolucionario Institucional (PRI), a fin de justificar su
posicionamiento político-social ante el gobernador Eugenio Hernández Flores,
por saber que él difícilmente cedería a sus caprichos de imponerlos como
candidatos a los ayuntamientos y diputaciones en juego.
Le hago este comentario porque sé que hasta la víspera un nutrido grupo
de aspirantes a ocupar puestos de elección popular, que siempre han presumido
de ser priístas de hueso colorado, amenazan con participar en la contienda
electoral bajo las siglas de membretes opositores al tricolor si no ven
satisfechos sus anhelos.
Basta voltear la vista hacia el municipio o distrito electoral que usted
quiera para tomar conciencia de ese oportunismo electorero, aun y cuando en la
sede tricolor se soslaye el movimiento e insista en que todo está bajo control. Turbulencia en municipios Hoy, como ayer, a la incredulidad ciudadana contribuye (sin lugar a
dudas) la terquedad de quienes aspiran al poder y pretenden devastar lo que
ahora construyen los diputados y presidentes municipales, que por cierto
enfrentan el tercer tercio (y/o cierre) de su gestión.
De ahí que la continuidad sólo resulte discursiva, al menos hasta la
fecha, y en lo que respecta a los planes de largo alcance, estos pasan a
engrosar el archivo de los sueños milenarios.
Por eso y por mucho más, los precandidatos están obligados a emplearse a
fondo y establecer sólidos compromisos con los grupos sociales, en vez de
enfrascarse en un intercambio de acusaciones y descalificaciones que sólo
enturbian el panorama pre-electoral.
Si no quieren ser disciplinados en las contiendas internas, que no lo
hagan, porque lo más importante, en lo sucesivo, es ir al encuentro con las
comunidades que buscan representar y escucharla, a fin de cumplir con la
obligación de mostrar en público sus proyectos.
Justamente eso es lo que podría inclinar la balanza el día de las
elecciones.
Por tanto, no basta con privilegiar la cultura del pendón, los mensajes
cortos en medios electrónicos o andar como saltimbanqui, de un lado a otro,
haciendo como que se está en precampaña de posicionamiento.
Sería irresponsable pasar por alto el hecho de que las estructuras
partidistas que soportan a los contendientes son bastante limitadas, bajas en
mística y viciadas, debido a la contaminación pragmática que les endilga el
sistema de control “institucional”.
Nadie en su sano juicio puede ignorar que, en conjunto, los individuos
que deciden pertenecer a un partido político con dificultad llegan al 10% del
electorado total.
Ello significa que el grueso de los sufragantes no ha encontrado la
suficiente motivación para expresar su pertenencia hacia algún membrete de los
que participan en el actual proceso electoral.
La experiencia también señala que las tendencias que permanecen latentes
e inactivas, una vez que palpan la mentira y el engaño o la seriedad y justeza
de las propuestas, salen de la pasividad e imponen su voluntad en las urnas.
Aún es tiempo de que los precandidatos eleven la mira y expresen con
claridad cómo y cuándo piensan transformar la problemática actual, ya como
candidatos formales.
Ellos tienen la palabra y la obligación de hacerlo.
No hay de otra, si es que juegan a convencer y ganar.
El triunfalismo, la perversión, el sectarismo y las bravuconadas, así
como la tentación manipuladora, deben quedar al margen.
La sociedad, más que circo y pan, merece respeto. Inseguridad que lastima Junto al desempleo y la pobreza, es la inseguridad pública uno de los
problemas que más lastiman a la sociedad.
El cáncer penetra hasta los rincones más apartados de la geografía
estatal, evidenciando tropiezos en la materia por parte del Gobierno federal.
Paso a paso, el hampa ha sentado sus reales y defiende “a sangre y
fuego” los territorios “conquistados”, mientras que la Procuraduría General de
la República (PGR) hasta la fecha no logra encontrar la fórmula para atenuar,
al menos, ese lastre que atenta contra individuos y familias tanto en su
patrimonio como en su integridad física y moral.
Ciudades y comunidades fronterizas, otrora pacíficas, han pasado a
constituirse en espacios de alto riesgo donde impera la “ley de la selva”, sin
que exista poder humano capaz de establecer el orden y satisfacer las demandas ciudadanas.
Por el contrario, es palpable el fracaso de las estrategias del régimen
federal implementadas para frenar los índices delictivos, como bien lo
demuestran los acontecimientos que en la frontera norte de México tienen lugar
de manera cotidiana; y eso permite suponer que se cometen en un marco de
impunidad constituyendo, además, uno de los principales ingredientes que
permiten la propagación del fenómeno.
Secuestros, violaciones, robos, tráfico y venta de estupefacientes, así
como viles y cobardes asesinatos, forman parte de una larga lista de
modalidades criminales que llenan a diario los espacios y tiempos de los medios
de comunicación masiva y siguen al alza.
Todo ello daña la credibilidad hacia las instituciones federales
encargadas de la seguridad, hasta el grado de que la población agraviada ya
está harta de su incapacidad, ineptitud e ineficiencia.
Sólo cifras alegres y pretextos escuchamos por doquier por parte de los
encargados de combatir el crimen, que desafortunadamente avanza a pasos firmes
en nuestro país sin que logren detenerlo las autoridades responsables en la
materia.
Entonces, hay que animar la participación de la ciudadanía a fin de que
entre al quite y enjuicie a los malos servidores públicos, a la vez que
determine el camino a seguir.
De ninguna manera es sano continuar inmersos en el círculo vicioso donde
empieza a borrarse la distinción entre maleantes y policías; autoridades y
capos. Tendencia a minimizar Las declaraciones de altos funcionarios gubernamentales que tratan de minimizar
el caso, podrían formar parte del guión al que hay que acudir frente a los
acontecimientos de esta índole, eso lo entiendo perfectamente, pero de ninguna
manera se puede convenir que en ello vaya implícita la tentación de negar una
realidad que se palpa a diario, como es la inseguridad pública.
Bajo esta óptica tendríamos que aceptar que los crímenes que se cometen
diariamente en la frontera nacional, en una clara disputa entre
narcotraficantes, son algo normal. “Cosas naturales que no trastocan la vida de
la gente y ocurren de manera circunstancial”, aunque los sicarios tomen
como escenario para dirimir sus desacuerdos las principales arterias de los
municipios fronterizos.
Sugerir esto, es como una aceptación tácita para que los encargados de
la seguridad ciudadana se crucen de brazos y no vean ni oigan absolutamente
nada que ponga en riesgo el trabajo que desempeñan.
¿Y qué están esperando los funcionarios federales encargados de combatir
al crimen organizado? ¿Porqué no hay resultados tangibles de su actuación en la frontera? Plano doméstico En cuanto al combate a los delitos del fuero federal en Tamaulipas, el
mandatario Eugenio Hernández Flores ha solicitado una mayor presencia
castrense, pues su preocupación principal siempre ha sido el bienestar de sus
gobernados. Em@il: jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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