Por: Juan Sánchez-Mendoza13/09/2011 | Actualizada a las 22:41h
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Antaño, el Presidente fue el “gran elector” Pro claro, en el tiempo de dominio priista Zedillo cedió la Presidencia a la ‘derecha’ Hoy entre priistas hay pleito por la unción En medio de un clima de
incertidumbre política, los diversos actores que operan en el ámbito nacional
ponen en práctica todo tipo de estrategias, habilidades y recursos para no ser
marginados de lo que se ha dado en llamar la sucesión adelantada, que hoy
(igual que en 1999 y el 2005) se distingue por la confrontación y el desgaste
permanentes. Y es que atienden al pie de la
letra esa frase del veracruzano César Garizurieta “El Tlacuache” –amigo de
Miguel Alemán Valdés; y fundador de una agrupación socialista en el puerto
jarocho--, que reza: “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Esta realidad que impacta de
manera directa en la tranquilidad y paz social e inhibe el desarrollo de
nuestro país, la animan los (3) principales partidos políticos (PAN, PRI, PRD)
y los grupos de interés que existen en México. Incluso desde las altas
esferas de la administración pública, como la Presidencia de la República,
cuyos temas de inicio y tal parece que igual de fin de su período son la
sucesión y el combate contra la delincuencia organizada, soslayando otros temas
de gran transcendencia. Y es que con la instalación de
la ultraderecha en la residencia oficial de Los Pinos (en el 2000) entramos a
una atmósfera inédita en cuanto al proceso sucesorio, que no sólo se adelantó
en el ocaso del siglo XX y se repitió seis años más tarde, sino que se salió
del control presidencialista, generando así profundas y justificadas
contradicciones en la inclinación de la balanza. Sobre todo porque antaño el
sistema federal determinó de manera precisa el procedimiento a seguir cuando
tenía lugar el cambio sexenal de autoridad, que en la práctica sólo podía
decidirla el jefe del Ejecutivo en funciones. Así, al institucionalizarse el
poder en el México posrevolucionario --con la creación de un partido de amplia
representatividad social que se encargó de implementar las reglas del juego de
la participación política--, el problema de la sucesión presidencial fue un
asunto que estuvo bajo el dominio priista durante más de 70 años. En lo formal eran los
sectores, frentes y movimientos de masas del llamado partido oficial los que
“destapaban” a quien con toda seguridad sería el relevo presidencial. Pero en realidad, el
mandatario saliente era el responsable de elegir a su sucesor. Ese juego consistía en
considerar varias alternativas y mostrarlas a los grupos de interés, aunque de
antemano el jefe de las instituciones de la República ya tuviera bajo su
protectorado al elegido. Todos sabían que “el gran
elector”, en todo proceso de cambio de estafeta a nivel Presidencia de la
República, las gubernaturas y hasta algunas diputaciones y senadurías, era el
titular del Ejecutivo Federal, con todo y sus debilidades. Su poder resultaba
incuestionable y aquellos que osaban objetarlo simplemente pagaban la
consecuencia (en los años sucesivos) con el anonimato y la marginación, en el
mejor de los casos. De esta forma operó el sistema
político mexicano durante décadas, hasta que en la época del gobierno
encabezado por Carlos Salinas de Gortari –allá en los albores de 1994--, los
procedimientos se complicaron y los mecanismos de control y transferencia
pacífica de los mandos del poder empezaron a crujir, a grado tal que la misma
nomenclatura cobró una víctima más en la humanidad de Luis Donaldo Colosio
Murrieta, quien fuera asesinado en plena campaña en la colonia Lomas Taurinas,
de Tijuana, Baja California. De ahí en adelante inició la
debacle de la institución presidencial y su derecho, no escrito, de imponer al
sucesor. La última maniobra que
dio resultado la hizo el propio Salinas para meter de emergente a Ernesto
Zedillo Ponce de León, quien a la postre se encargaría de sepultar el esquema
sucesorio priista, pese a que hizo el intento de prolongar la supremacía del
tricolor al término de su gestión. Sin embargo la decisión se
topó con una revuelta ciudadana que sepultó, al menos coyunturalmente, una
tradición autoritaria, engendrada en el seno del sistema político mexicano. Costumbre en desuso Con el triunfo de la oposición
panista en julio del 2000, cuando llegó Vicente Fox Quesada a la Presidencia de
la República, el recetario de formas y entendidos en la manera de hacer
política en el país cayó en desuso necesariamente, merced a sus desplantes
bravucones y a la manipulación de su segunda mujer. De cualquier forma México
empezó a ser otro, pero la población otorgó a los políticos, de manera sabia,
el poder en forma equilibrada. Si bien el Gobierno Federal
quedó en manos de un miembro de la derecha, el Congreso de la Unión (cámaras de
Diputados y Senadores) alcanzó una notable pluralidad, pues sólo podían avanzar
las reformas y los acuerdos si se tomaba en cuenta a las nuevas vertientes
opositoras, que, juntas, alcanzaban mayoría y garantizaban así el equilibrio de
fuerzas. Por algo el entonces
mandatario no pudo operar a su libre arbitrio. El discurso del nuevo Gobierno
Federal, bajo esa tesitura, propendió a la profundización de la democracia y la
transparencia de los procesos electorales, que era una tendencia impulsada por
fuertes movimientos ciudadanos a través de los años, lo que incluso cobró
cientos de vidas, como bien lo consignan algunos historiadores contemporáneos. Al paso del tiempo, esa nueva
administración presidencial tuvo que salir de su euforia transformadora, al
constatar que los grupos de interés y la clase política tradicional seguían
imponiendo sus reglas y, a cada paso, dejaban constancia de su enorme poder. También el entonces mandatario
federal encontró en dichas inercias un excelente filón propagandístico que le
permitió argumentar a su favor por el incumplimiento de las promesas que
hiciera a la ciudadanía en la ceremonia donde estrenó el Bando Tricolor. Como fuere, el caso es que ya
sin “reglas de juego” --en cuanto a la sucesión presidencial, merced a la
situación inédita de la alternancia--, analistas, académicos y personajes de la
política coinciden en señalar que el proceso que en el pasado iniciaba en el
último tercio del mandato, comenzó con la misma instalación de Fox Quesada a la
residencia oficial de Los Pinos. Lo mismo ha ocurrido en el
régimen de Felipe Calderón Hinojosa, pues nadie es su sano juicio se atrevería
a negar que desde el primer día en que asumió el cargo empezó a manejarse el
tema sucesorio. Gobernabilidad es riesgo Hoy la sucesión presidencial
está prácticamente desbordada. Y más porque el propio señor
de Los Pinos se ha encargado de animar la polémica de manera pública. Así, de cara a sus propios y
más cercanos colaboradores en la administración pública, gobernadores y
legisladores de extracción albiceleste, desde el tercer año de su régimen dio
el banderazo al hándicap interpartidista, asegurando que el Partido Acción
Nacional (PAN) conservaría esa posición en el 2012, pues el PRI y el PRD, según
dijo, no lograban repuntar y sus estructuras lucían desarticuladas. Nadie dudó, desde entonces,
que fuera un “destape adelantado” a favor de la ultraderecha; y que al respecto
no había reglas a seguir de manera unánime, ya que su desplante no era
compartido por los partidos políticos ni por los amplios segmentos de la
población. Bajo el mismo sentido, las
expectativas de que Felipe impondría a su propio sucesor han quedado truncadas,
en tanto que justamente él y su equipo se han encargado de manosear y
contaminar el tema. Más aún: debido a su
inexperiencia o mala fe, Calderón Hinojosa y los suyos siguen poniendo en
riesgo la gobernabilidad del país –como en su oportunidad lo hiciera Fox
Quesada--,que hoy se debate en medio de la turbulencia política en tanto los
grandes problemas nacionales se relegan a un segundo plano ante el desencanto
de millones de compatriotas. Fracturas priistas El Partido Revolucionario
Institucional (PRI), por su parte, podría de nueva cuenta vivir momentos
peligrosos en su búsqueda de retornar a Los Pinos por la puerta grande –es
decir, mediante el voto--, merced a la descalificación que a priori se hace del
proceso interno con el que habrá de elegirse candidato presidencial. Así lo dejan entrever las
desacreditaciones entre su nomenclatura, que nuevamente cita una tesis
recurrente de su inconformidad: “se nota un claro favoritismo”. En efecto, desde que inició
esta tempranera disputa sin precedente por la candidatura del tricolor a la
Presidencia de la República, persiste esa ruptura que ha desencadenado un clima
de incertidumbre, a tal grado que los contendientes ni siquiera se han
preocupado por evitar la confrontación ni en tender un sólido puente de plata a
la democracia que tanto dicen buscar. Ejemplo de ello son los
epítetos velados que los grupos de Enrique Peña Nieto y Manlio Fabio Beltrones
Rivera se lanzan entre sí –pero de manera velada--, y el descrédito que se
promueve en contra del árbitro de la contienda, Humberto Moreira Valdés –que
tampoco es garantía de nada--, por no conformar una estructura dirigente que en
verdad ofrezca imparcialidad en el proceso selectivo. Los protagonistas de este
affaire, sin embargo, parecen soslayar que su cerrazón mantiene en suspenso la
estabilidad social, política y económica de todo el país -- puesto que los
gobiernos estatales y municipales están involucrados de una u otra forma en la
problemática--, y que si bien hoy son otros tiempos también son otras las
circunstancias. Em@il: jusam_gg@hotmail.comgolpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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