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Sección: Editoriales / Golpe a golpe

Tocayo, no me defiendas

Por: Juan Sánchez-Mendoza 15/07/2011 | Actualizada a las 08:43h
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Felipe González Márquez presidió el Gobierno hispano a lo largo de casi trece años y medio –concretamente del uno de diciembre de 1982 hasta el cuatro de mayo de 1996, cuando el Partido Popular lo echó del poder, en un proceso electoral democrático--, pero fue incapaz de exterminar el cáncer de la guerrilla representada por la ETA (Euskadi Ta Askatasuna) y aminorar el tráfico, la comercialización y el consumo de “drogas duras” entre la población peninsular.

Por eso considero irresponsable, de parte suya, decir públicamente que resulta errónea la estrategia utilizada por su tocayo Felipe Calderón Hinojosa en la batalla contra el crimen organizado y el narcotráfico, pues (el Presidente de México) debe ponderar la labor de inteligencia sobre la operatividad.

“Pero ocurre lo contrario”, sostuvo al participar en el curso “América Latina: temas para una agenda alternativa”, organizado por el ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Juan Ramón de la Fuente; y desarrollado en la Universidad Complutense de Madrid, sin haber reconocido el movimiento terrorista denominado País Vasco y Libertad le ganó la partida durante su larga trayectoria en el poder.


No obstante, así ahondó en su perorata:

“El problema es que en la batalla contra el narcotráfico que se está llevando a cabo en México el planteamiento es 85 por ciento operatividad y 15 por ciento inteligencia, al contrario de lo que debiera ser”.

De ahí su recomendación al próximo Gobierno:

“Sea del signo que sea, tendrá que continuar con la lucha contra el narcotráfico”.

Incluso fue más allá:

“La lucha contra el crimen empieza a ser inevitable en el momento en que el narcotráfico comienza a ser un negocio que no sólo mueve cientos de miles de millones de dólares, sino que empieza a ocupar territorios y, por tanto, a mandar sobre el territorio, incluidas las instituciones del país.

“Es entonces cuando el Estado mexicano, que es fuerte, no manda y se encuentra con un enemigo interior que manda en el territorio y que le quita la autoridad de Estado”.


Obviamente Felipe González Márquez, quien también encabezara al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) durante más de dos décadas, no descubre el hilo negro, pues sus dichos aquí en México son el pan de cada día.

Pero Calderón Hinojosa ni nos pela.

Es más, hasta creo que ni nos hace en su mundo, por lo que es ya estéril insistir en un tema que, según se ve, no habrá de abordarse con la seriedad que amerita durante el año con cuatro meses y quinces días que restan a su gestión.

Destapes de bajo impacto

Un grupo de analistas y líderes de opinión coincide en que los “destapes” de moda no han logrado impactar a la sociedad, y sí, por el contrario, generan hartazgo y exhiben bajo nivel de competencia.

Esto se da porque los aspirantes a la candidatura presidencial, sus asesores sabelotodo y los panegiristas que los acompañan, han sustituido el ejercicio político de altura por el pleito callejero.

A la menor provocación los corifeos, panegiristas, lambiscones y lacayos del montón de aspirantes (de todos los partidos) se lanzan a la yugular de quienes consideran adversarios, sin que les importe que los ojos de la ciudadanía estén puestos en ellos ni que sus riñas motiven la crítica fundamentada de los medios de comunicación masiva, que ante lo insulso de las ofertas optan por destacar temas de menor trascendencia.

Todos sabemos cuáles son los problemas centrales que aquejan a la población.

De ahí que el mensaje simplón de quienes aspiran al poder no aporte mucho, aun cuando en las entrevistas de prensa o en su perorata saquen a relucir la trillada letanía: empleo y seguridad; justicia y educación; amén de un sinnúmero de apoyos, aumentos, disminuciones, becas y la creación de instituciones, etcétera, que prometen gestionar una vez trepados en el poder.

Así, lo que ve, lee y escucha el elector, en todo caso, no pasa de ser un catálogo de buenas intenciones, cuya diferencia entre uno y otro prospecto lo marca el énfasis que cada cual aplica a su discurso.

El problema del bajo perfil que registra su proselitismo no se da porque los contendientes expongan las necesidades de los segmentos poblacionales que habitan en el país, sino por la manera ambigua en que plantean superar dichas carencias y rezagos.

Es decir, no exponen con claridad cuáles son sus estrategias específicas, partiendo de lo que hasta ahora se ha realizado y dejado de hacer.

Esto es lo que podría distinguir a un proyecto de otro.

Discurso gastado

El electorado nacional de ningún modo pretende encontrar en la boca de los aspirantes resultados mágicos, pero sí un mensaje coherente que evidencie compromisos y el conocimiento acerca de lo que éstos ofertan.

Me explico:

Si se trata de combatir la delincuencia, lo más indicado es que digan cómo planean hacerlo, pues no basta con echarle la culpa a las instituciones o a las actuales autoridades, sino de ir al fondo del asunto que amenaza la tranquilidad familiar tanto en la zona fronteriza como en el centro y sur del país.

Por tanto, el reclamo ciudadano es vigente y válido, en virtud a que transcurren administraciones presidenciales y legislaturas sin que se puedan desterrar los vicios en el ejercicio del poder, dada la incapacidad de los funcionarios que justifican su ineficacia arguyendo no haber tenido tiempo suficiente para lograrlo.

Igual es entendible que la población se sienta agraviada y exija algo más que su buena y noble voluntad.

Merced a lo anterior, el cuestionamiento es elemental: ¿por qué la gente tiene que creerle a tal o cuál aspirante, si en más de una ocasión ha escuchado brillantes piezas oratorias sobre la problemática que sufre y al respecto, en el mejor de los escenarios, poco se le resuelve?

La turbulencia


Hoy, como ayer, a la incredulidad ciudadana contribuye (sin lugar a dudas) la terquedad de quienes aspiran al poder y pretenden devastar lo que ahora construyen los funcionarios federales que por cierto enfrentan el quinto año de su gestión.

De ahí que la continuidad sólo resulte discursiva, al menos hasta la fecha, y en lo que respecta a los planes de largo alcance, estos pasan a engrosar el archivo de los sueños milenarios.

Por eso y por mucho más, los aspirantes están obligados a emplearse a fondo y establecer sólidos compromisos con los grupos sociales, en vez de enfrascarse en un intercambio de acusaciones y descalificaciones que sólo enturbian el panorama pre-electoral.

Si no quieren ser disciplinados en las contiendas interpartidistas, que no lo hagan, porque lo más importante, ahora, es ir al encuentro con las comunidades que buscan representar y escucharla, a fin de cumplir con la obligación de mostrar en público sus proyectos.

Justamente eso es lo que podría inclinar la balanza el día de las designaciones.

Por tanto, no basta con privilegiar la cultura del pendón, los mensajes cortos en medios electrónicos o andar como saltimbanqui, de un lado a otro, haciendo como que se está en precampaña de posicionamiento.

Sería irresponsable pasar por alto el hecho de que las estructuras partidistas son bastante limitadas, bajas en mística y viciadas, debido a la contaminación pragmática que les endilga el control “institucional”.

Y es que nadie en su sano juicio puede ignorar que, en conjunto, los individuos que deciden pertenecer a un partido político con dificultad llegan al 10% del electorado total –está comprobado--, aun cuando hagan alarde de su posicionamiento mediático.

Ello significa que el grueso de los sufragantes no ha encontrado la suficiente motivación para expresar su pertenencia hacia algún membrete de los que participan en el adelantado proceso electoral.

La experiencia también señala que las tendencias que permanecen latentes e inactivas, una vez que palpan la mentira y el engaño o la seriedad y justeza de las propuestas, salen de la pasividad e imponen su voluntad en las urnas.

Aún es tiempo de que los partidos políticos y todos los aspirantes a la silla presidencial eleven la mira y expresen con claridad cómo y cuándo piensan transformar la problemática actual.

Ellos tienen la palabra y la obligación de hacerlo.

No hay de otra, si es que juegan a convencer y ganar.

El triunfalismo, la perversión, el sectarismo y las bravuconadas, así como la tentación manipuladora, deben quedar al margen.

Y es que la sociedad, más que circo y pan, merece respeto.

Em@il:

jusam_gg@hotmail.com
golpeagolpe@prodigy.net.mx

Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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