Por: Juan Sánchez-Mendoza13/07/2011 | Actualizada a las 09:19h
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En medio de un clima de
incertidumbre política, los diversos actores que operan en el ámbito nacional
ponen en práctica todo tipo de estrategias, habilidades y recursos para no ser
marginados de lo que se ha dado en llamar la sucesión adelantada, que hoy
(igual que en 1999 y el 2005) se distingue por la confrontación y el desgaste
permanentes.
Esta realidad que impacta de
manera directa en la tranquilidad y paz social e inhibe el desarrollo de
nuestro país, la estimulan los principales partidos políticos y los grupos de
interés que existen en México.
Incluso desde las altas
esferas de la administración pública, como la Presidencia de la República.
Y es que con la instalación de
la ultraderecha en la residencia oficial de Los Pinos (en el 2000) entramos a
una atmósfera inédita en cuanto al proceso sucesorio, que no sólo se adelantó
en el ocaso del siglo XX (y repitió seis años más tarde), sino que se salió del
control de quienes lo condujeron, generando así profundas y justificadas
contradicciones.
En el pasado, el sistema
federal determinó de manera precisa el procedimiento a seguir cuando tenía
lugar el cambio de autoridad.
Así, al institucionalizarse el
poder en el México posrevolucionario --con la creación de un partido de amplia
representatividad social que se encargó de implementar las reglas del juego de
la participación política--, el problema de la sucesión presidencial fue un
asunto que estuvo bajo control durante más de 70 años.
En lo formal los sectores,
frentes y movimientos de masas del llamado partido oficial eran los que
“destapaban” a quien con toda certeza sería el nuevo jefe del Ejecutivo
Federal.
Pero en realidad, el
mandatario saliente era el responsable de elegir a su sucesor.
El juego consistía en
considerar varias alternativas y sopesar en el ánimo de los grupos de interés,
aunque de antemano el jefe de las instituciones de la República ya tuviera bajo
su protectorado al elegido.
Todos sabían que “el gran
elector”, en el proceso de cambio de estafeta a nivel Presidencia de la
República, las gubernaturas y hasta algunas diputaciones y senadurías, era el titular
del Ejecutivo Federal.
Su poder resultaba
incuestionable y aquellos que osaban contradecirlo simplemente pagaban las
consecuencias con el anonimato y la marginación, en el mejor de los casos.
De esta forma operó el sistema
político mexicano durante décadas, hasta que en la época de la sucesión del
gobierno encabezado por Carlos Salinas de Gortari –allá en los albores de
1994--, los procedimientos se complicaron y los mecanismos de control y
transferencia pacífica de los mandos del poder empezaron a crujir, a grado tal
que la misma nomenclatura cobró una víctima más en la humanidad de Luis Donaldo
Colosio Murrieta, quien fuera asesinado en plena campaña en la colonia Lomas
Taurinas, de Tijuana, Baja California.
De ahí en adelante inició la
debacle de la institución presidencial y su derecho, no escrito, de imponer al
sucesor.
La última maniobra que
dio resultado la hizo el propio Salinas para meter de emergente a Ernesto
Zedillo Ponce de León, quien a la postre se encargaría de sepultar el esquema
sucesorio priísta, pese a que hizo el intento de prolongar la supremacía
priísta al término de su gestión.
Sin embargo la decisión se
topó con una revuelta ciudadana que sepultó, al menos coyunturalmente, una
tradición autoritaria, engendrada en el seno del sistema político mexicano.
Costumbre en desuso
Con el triunfo de la oposición
panista en julio del 2000, cuando llegó Vicente Fox Quesada a la Presidencia de
la República, el recetario de formas y entendidos en la manera de hacer
política en el país cayó en desuso necesariamente.
México empezó a ser otro, en
tanto que la población otorgó a los políticos, de manera sabia, el poder en
forma equilibrada.
Si bien el Gobierno Federal
quedó en manos de un miembro de la derecha, el Congreso de la Unión (cámaras de
Diputados y Senadores) alcanzó una notable pluralidad, pues sólo podían avanzar
las reformas y los acuerdos si se tomaba en cuenta a las nuevas vertientes
opositoras, que, juntas, alcanzaban mayoría y garantizaban así el equilibrio de
fuerzas. Por algo el entonces
mandatario no pudo operar a su libre arbitrio.
El discurso del nuevo Gobierno
Federal, bajo esa tesitura, propendió a la profundización de la democracia y la
transparencia de los procesos electorales, que era una tendencia impulsada por
fuertes movimientos ciudadanos a través de los años, lo que incluso cobró
cientos de vidas, como bien lo consignan algunos historiadores contemporáneos.
Al paso del tiempo, esa nueva
administración presidencial tuvo que salir de su euforia transformadora, al
constatar que los grupos de interés y la clase política tradicional seguían
imponiendo sus reglas y, a cada paso, dejaban constancia de su enorme poder.
También el entonces mandatario
federal encontró en dichas inercias un excelente filón propagandístico que le
permitió argumentar a su favor por el incumplimiento de las promesas que
hiciera a la ciudadanía en la ceremonia donde estrenó el Bando Tricolor.
Como sea, el caso es que ya
sin “reglas de juego” --en cuanto a la sucesión presidencial, merced a la
situación inédita de la alternancia--, analistas, académicos y personajes de la
política coinciden en señalar que el proceso que en el pasado iniciaba en el
último tercio del mandato, comenzó con la misma instalación de Fox Quesada a la
residencia oficial de Los Pinos.
Lo mismo ha ocurrido en el
régimen de Felipe Calderón Hinojosa, pues nadie es su sano juicio se atrevería
a negar que desde el primer día en que asumió el cargo empezó a manejarse el
tema sucesorio.
Gobernabilidad es riesgo
Hoy la sucesión presidencial
está prácticamente desbordada.
Y más porque el propio señor
de Los Pinos se ha encargado de animar la polémica de manera pública.
Así, de cara a sus propios y
más cercanos colaboradores en la administración pública, gobernadores y
legisladores de extracción albiceleste, al tercer año de su régimen dio el
banderazo al hándicap interpartidista, asegurando que el Partido Acción
Nacional (PAN) conservaría esa posición en el 2012, pues el PRI y el PRD no
lograban repuntar y sus estructuras lucían más que desarticuladas.
Nadie dudó, desde entonces,
que fuera un “destape adelantado” a favor de la ultraderecha; y que al respecto
no había reglas a seguir de manera unánime, ya que su desplante no era (ni es
compartido) por los partidos políticos ni por los amplios segmentos de la
población.
Bajo el mismo sentido, las
expectativas que se abrieron al llegar Felipe a la titularidad del Poder
Ejecutivo Federal quedaron truncadas, en tanto que justamente él y su equipo se
han encargado de manosear y contaminar el tema.
Más aún: debido a su
inexperiencia o mala fe, Calderón Hinojosa y los suyos siguen poniendo en
riesgo la gobernabilidad del país –como en su oportunidad lo hiciera Fox
Quesada--,que hoy se debate en medio de la turbulencia política en tanto los
grandes problemas nacionales se relegan a un segundo plano ante el desencanto
de millones de compatriotas.
Fracturas priistas
El Partido Revolucionario
Institucional (PRI), por su parte, podría de nueva cuenta vivir momentos
peligrosos en su búsqueda de retornar a Los Pinos por la puerta grande –es
decir, mediante el voto--, merced a la descalificación que a priori se hace del
proceso interno con el que habrá de elegirse candidato presidencial.
Así lo dejan entrever las
últimas desacreditaciones entre parte de su nomenclatura, que nuevamente cita
una de las tesis más recurrentes de la inconformidad, como es el favoritismo.
En efecto, desde que inició
esta tempranera disputa sin precedente por la candidatura del tricolor a la
Presidencia de la República, persiste esa ruptura que ha modificado los
escenarios políticos y por ende ha desencadenado un clima de incertidumbre, a
tal grado que los contendientes ni siquiera se han preocupado por evitar la
confrontación, ni en tender un sólido puente de plata a la democracia que tanto
dicen buscar.
Ejemplo de ello son los
epítetos velados que los grupos partidistas se lanzan entre sí y el descrédito
que se promueve en contra del árbitro de la contienda, Humberto Moreira Valdés
–que tampoco es garantía de nada--, por no conformar una estructura dirigente
que en verdad ofrezca imparcialidad en el proceso selectivo.
Los protagonistas de este
affaire parecen soslayar que su cerrazón mantiene en suspenso la estabilidad
social, política y económica de todo el país, no sólo de sus huestes --puesto
que los gobiernos estatales y municipales están involucrados de una u otra
forma en la problemática--, y que si bien hoy son otros tiempos también son
otras las circunstancias, pues en esta justa interpartidista nadie es más ni
nadie es menos.
Se hace camino al andar
*** “Quien pega, primero pega
dos veces”, advierte un refrán popular que podría aplicarse a Santiago Creel
Miranda, ya que luego de anunciar su separación del Senado de la República, sus
bonos han aumentado de manera significativa.
*** Él pide a Ernesto Cordero Arroyo, Alonso José Ricardo Lujambio Irazábal,
Javier Lozano Alarcón y Jesús Heriberto Félix Guerra renunciar al servicio
público; y a Josefina Eugenia Vázquez Mota solicitar licencia como diputada federa,
a fin de competir en igualdad de circunstancias.
*** Lamentablemente el pastor nacional albiceleste, Gustavo Enrique Madero
Muñoz, descarta la medida como condición para intervenir en el rejuego
interpartidista.
*** ¿Sabe Usted por qué? Simple: para proteger, cuidar, encubrir y no exponer a
la crítica al “tapado” de él mismo o del señor de Los Pinos, que obviamente no
es Creel Miranda.
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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