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Sección: Editoriales / Golpe a golpe

Jugando con fuego

Por: Juan Sánchez-Mendoza 08/06/2011 | Actualizada a las 22:36h
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Hay descomposición política, en todo el país
La agudiza el adelantado rejuego sucesorio
Descalificación cotidiana confunde al pueblo
Aterra progresión de la inseguridad pública
 
A cuatro años y medio de haber asumido la Presidencia de la República, Felipe Calderón Hinojosa juega con un barril de pólvora.
 
Y es que no aminora la descomposición política, económica y social que golpea al país entero.
 
Por el contrario, este escenario aumenta en intensidad y frecuencia conforme avanzan los días.
 
Tanto como la terquedad de quienes militan en el membrete albiceleste de querer resolver las disconformidades por el camino de la calumnia y la confrontación.
 
Cotidianamente en la palestra nacional aparecen batallas campales, bataholas, refriegas y hasta riñas callejeras donde interviene la mayoría de los partidos que detentan el poder o aspiran a éste.
 
Las mujeres y los hombres de buena conciencia que enarbolan un noble ideal, por su parte, desde ahora son cooptados por intereses facciosos que a toda costa tratan de inducir su participación electoral con miras al año próximo, mediante embustes y descalificaciones en un claro atentado contra la voluntad del pueblo.
 
De esta forma los grupos de interés pervierten la política más cada día. Y hoy cualquier manifestación ciudadana es reprimida, con el viejo rollo de que sin un interlocutor serio ninguna de sus demandas podría ser atendida, lo que en realidad significa que el ejercicio del poder se ha convertido en el instrumento de dominio e imposición, pues se insiste en aplicar la receta maquiavélica de que el fin justifica los medios.
 
Los conceptos de armonía y unidad no pasan de ser retórica barata para los políticos –Usted lo ha visto--, mientras que la moral se convierte en algo raro y fuera de moda, ya que la hipocresía y el cinismo son ahora los principios con que se manejan quienes buscan el poder por el poder mismo.
 
Actores inhumanos
 
La expresión concreta de la lucha intestina que se libra a lo largo y ancho de todo México, retrata a los políticos de cuerpo entero.
 
Los exhibe como actores cargados de vicios e imperfecciones. Con enfermedad crónica de poder, y, lo peor, deshumanizados.
 
Cotidianamente somos testigos (cercanos o lejanos) del surgimiento de nuevas confrontaciones entre ellos en su clara obsesión de trepar el andamiaje estructural de dominación, sin que nada les importe lo que ocurre abajo, donde está el pueblo, que a su modo busca se le tome en cuenta.
 
Prueba de ello es que entre los dirigentes partidistas subyacen posturas tan encontradas que, al paso del tiempo, se vuelven fundamentalistas sin que exista poder humano capaz de conciliarlas.
 
Entonces tenemos que el desacuerdo, la descalificación y la estéril confrontación, brotan por doquier, plagados de epítetos que más que animar la participación ciudadana generan indolencia y desánimo.
 
Disputa tempranera
 
En el ámbito nacional, insisto, hay ejemplos excelsos y potenciales escenarios que en lo cortito ya dan mucho de qué hablar.
Sobre todo en esta etapa tempranera de la carrera para relevar a los inquilinos del Palacio Legislativo de San Lázaro y del Senado de la República
 
Por eso me atrevo a suponer que la contienda por las 300 curules de mayoría relativa, en lo sucesivo, será una verdadera cena de negros.
 
Sobre todo porque a casi cinco meses de que inicie formalmente el proceso electoral federal del 2012 –en el entendido de que se respeten los tiempos del calendario diseñado por el IFE--, los dirigentes partidistas y hasta los mismos aspirantes a la nominación han empezado a soltar la lengua a diestra y siniestra, sin el menor ánimo de respetar al adversario o generar un clima propicio para que el ciudadano pueda expresarse en las urnas como mejor le venga en gana.
 
Es decir, sin presiones, compra de voluntades ni amenazas de por medio.
 
Claro ejemplo de lo anterior es que los políticos avivan el fuego a la menor provocación, o sin que exista reto, vertiendo declaraciones y juicios cargados de perversidad.
 
Ahí tiene Usted, por ejemplo, las posturas del mismo señor de Los Pinos y de su “delfín” Ernesto Cordero Arroyo; de Andrés Manuel López Obrador y Gustavo Madero; Humberto Moreira Valdez, Manlio Fabio Beltrones Rivera, Santiago Creel Miranda, Josefina Vázquez Mota, Jesús Zambrano Grijalva, Marcelo Ebrard Casaubón y hasta de la misma jerarquía de la Iglesia Católica, que a su modo tratan de influir en el ánimo ciudadano declarando cuanto se les ocurre.
 
Simple y llanamente con el afán de figurar.
 
Pueblo aterrado
 
Junto al desempleo y la pobreza, es la inseguridad pública uno de los problemas que mucho lastiman a nuestra sociedad.
 
Sobre todo cuando esa inseguridad es provocada por quienes trasgreden el marco legal en la comisión de delitos del orden federal.
 
Dicho cáncer penetra hasta los rincones más apartados de la geografía nacional, pero hasta hoy el régimen que preside Felipe Calderón Hinojosa no ha logrado avances sustantivos en su lucha contra la delincuencia organizada.
 
Por el contrario, exhibe yerros en sus sistemas de inteligencia y operativo, pues comunidades otrora pacíficas se han convertido en verdaderos campos de batalla por los enfrentamientos que ahí libran las fuerzas federales y el hampa.
 
Conforme transcurre el tiempo, ahí la delincuencia ha sentado sus reales y defiende a sangre y fuego el territorio “conquistado”, mientras que los militares, marinos y la Policía Federal Preventiva (PFP) no logran encontrar la fórmula para atenuar, al menos, ese lastre que atenta contra individuos y familias.
 
Los más de dos mil municipios del país son espacios de alto riesgo donde impera la ley de la selva, sin que se advierta poder humano capaz de establecer el orden sin que ocurra el derramamiento de sangre inocente. Y menos se vislumbra la aparición de un “superhombre” que meta en cintura a tanto facineroso; y resulta claro el fracaso de las estrategias federales implementadas para frenar los índices delictivos, dando pie a suponer que los retos de la delincuencia organizada se cometen en un marco de impunidad que constituye, además, uno de los principales ingredientes que permiten la propagación del fenómeno.
 
En reiteradas ocasiones se ha comprobado que el hampa teje relaciones y logra penetrar las esferas encargadas de combatirla, lo que ha sido demostrado cuando se logra detener a delincuentes de alto rango, quienes muchas veces resultan ser servidores públicos en activo, lo fueron o sostienen nexos de complicidad con los mandos encargados de la seguridad pública federal.
 
Es más, en el pasado reciente resultaba común enterarse de cómo delincuentes disfrazados de policías, mediante estipendio, lograban colarse a las mejores “plazas” --este mal quizá aún se practica--, a fin de estar cerca de los “patrones” y poder servirles adecuadamente.
 
Secuestros, violaciones, robos, tráfico y venta de estupefacientes, así como viles y cobardes asesinatos, forman parte de una larga lista de modalidades criminales que llenan a diario los espacios y tiempos de los medios de comunicación masiva y siguen al alza.
 
Todo ello daña la credibilidad hacia las instituciones federales encargadas de la seguridad, hasta el grado de que la población agraviada ya está harta de su incapacidad, ineptitud e ineficiencia.
 
Sólo cifras alegres y pretextos escuchamos por doquier por parte de los encargados de combatir al hampa, que desafortunadamente avanza a pasos firmes en todo el país sin que logren detenerlo las autoridades responsables en la materia.
 
Tendencia a minimizar
 
Las declaraciones de altos funcionarios federales que tratan de minimizar el hecho, podrían formar parte de un guión al que acuden frente a sucesos de esta índole --eso lo entiendo perfectamente--, pero de ninguna manera se puede convenir que en ello vaya implícita la tentación de negar una realidad que se palpa a diario, como es la inseguridad pública generada por la ineficiencia.
 
Lo peor del caso es que los ajustes de cuentas ya se cometen a plena luz del día y ante la presencia de menores de edad.
 
Em@il:
jusam_gg@hotmail.com golpeagolpe@prodigy.net.mx

Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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