Por: Juan Sánchez-Mendoza28/04/2011 | Actualizada a las 22:30h
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La semana próxima sólo tres días serían hábiles No todos los niños esperarían regalos y festejos Hay huercos en la calle que jamás han sonreído La sociedad, en lugar de socorrerlos, los relega Mañana es Día del Niño. Una
fecha conmemorativa que tanto agrada a los adultos como a los huercos, pues los
primeros la toman de pretexto para empinar el codo, mientras los infantes
esperan alguno de los múltiples juguetes que desde hace días oferta la usura
comercial. También con el Día del Niño
inicia un nuevo “puente” en este 2011, ya que la nueva reglamentación
constitucional en materia laboral concede a los asalariados, como descanso
obligatorio, otro día de asueto si la fecha conmemorativa del Día del Trabajo
(uno de mayo) corresponde al sábado o domingo. Por tanto, el lunes próximo
dos de mayo, según tengo en entendido, será inhábil para al menos la burocracia
que tampoco se presentaría a laborar el viernes seis de mayo, ya que es tan
patriotera que igual festeja el cinco de mayo –fecha alusiva a la Batalla de
Puebla ocurrida en 1862, aunque ignore el por qué se surgió tal
acontecimiento--, que cae en miércoles, pero el asueto se corre dos días por
disposición oficial. No quiere imaginarme lo que
pudiera ocurrir con los trabajadores que desfilen el uno de mayo, pues sus
próceres dirigentes ya están decididos a que se les conceda otro día de
descanso por salir a la calle y de ser esto una realidad en los acuerdos
políticos –corrijo, entre las partes patronal y asalariada--, entonces sólo
trabajarían dos días de la próxima semana, amparados en el fuero que les
brindan las organizaciones gremiales. En fin, eso es harina de otro
costal. Por vía de mientras permítame
hacer una reflexión en cuanto a los menores que mañana son festejados. Madurez apurada Cuando hablamos de los niños
que en la calle buscan su sobrevivencia, por lo regular caemos en el error de
generalizar nuestros conceptos. Y es que habitualmente no
atinamos a razonar, siquiera, las diferencias de identidad que existen entre
ellos mismos; como tampoco hemos sido capaces de entender que, frente ante esta
sociedad a la que pertenecen y que los rechaza cotidianamente, su número crece
y se multiplica dando vida a un fenómeno que ya ha rebasado incluso a las
autoridades encargadas de su rehabilitación tanto educativa como familiar. Los menores de edad que en la
calle buscan techo y comida –ya no amor, pues ésta es una palabra ajena a su
vocabulario--, en gran porcentaje son niños y en menor estadística adolescentes
emanados de estratos sociales con mayor carencia económica, cuya personalidad
individualista y deformación emocional los orilla a incorporarse a clanes
delictivos en sus comunidades, al tiempo que les impide cualquier intento
unipersonal de reincorporarse a su familia y a la sociedad, por la simple y
sencilla razón de que nada de ello les interesa, como quizá ellos tampoco le
interesen a las autoridades en sus tres niveles de Gobierno. El medio ambiente en que los niños
nacen, crecen y se desarrollan (por un lado) y la descomposición de sus hogares
(por el otro), hacen que los niños de la calle se rebelen ante las normas
establecidas; que adopten estereotipos de protesta extra estatales y se liguen
a doctrinas encontradas a través de frases filosóficas y símbolos que, que en
fondo, nunca logran comprender. Definición social A los menores que en la calle
fincan sus esperanzas de vida, la sociedad misma los ha definido como seres
inferiores, conformistas, ladrones, homicidas, drogadictos, bravucones,
alcohólicos, deshumanizados, irrespetuosos y abusivos… cuando menos. Pero ellos, en lo particular,
se autodefinen como huercos marginados, activos, cuya energía está dirigida a
la acción, a la aventura, al peligro. Es decir, les gusta el riesgo,
la incertidumbre y viven amenazados por la muerte. Su educación la obtienen en la
calle, broncas y uno que otro “pasón”; en los atracos, redadas, torturas
sicológicas y físicas y en el sexo. Algunos estudiosos de este
fenómeno han dicho: “son niños y adolescentes desubicados tanto familiar como
emocionalmente; su reacción es natural, ya que no se les han brindado espacios
suficientes donde poder reencontrarse; igual carecen de guías morales para
poder entender el lado bueno de la vida. No son malos, sino rebeldes”. Sin embargo esos menores
marginados, a decir de algunos terapeutas consultados para este análisis, son
seres humanos resentidos socialmente; están descorazonados, desprotegidos; su
preparación académica y laboral es mínima regularmente; no entienden más leyes
que las de la propia calle; son entrones inconscientes al peligro y al daño que
puedan causar; desobligados, vagos por naturaleza; atracadores, traicioneros y
mercenarios, aunque sólo lo hagan por diversión, el diario sustento o bien un
“churrito” de marihuana, el “flexo” o un poco de solvente. Sin estas características,
aseguran quienes del tema dicen saber, no podría entenderse el ingreso de un
niño o adolescente a las cuadrillas que operan en la calle y que tanto han
proliferado en Tamaulipas en los últimos tiempos. En lo particular, no obstante,
creo que el surgimiento de los niños de la calle es consecuencia de factores
todavía más profundos. La proliferación En diferentes municipios de la
entidad estatal se ha detectado que los niños de la calle cada día son más y
que en muchos casos son de extracción clase mediera; menores que abandonaron
sus hogares por la descomposición familiar, en tanto que los surgidos de las
clases bajas son resultado de la pobreza, la marginación, la desintegración de
sus familias y la falta de identidad. Por tanto, nos encontramos con
que los niños que en la calle viven son consecuencia de los siguientes
factores: a) problemas sicológicos, b) situación socioeconómica, y c)
emigración, según refieren investigadores en la materia. En el primer caso (y sin
pretender encasillarlos), podríamos ubicar a los menores de edad que en la
calle limpian parabrisas y carrocerías, venden chicles, tragan petróleo, hacen
malabares y posan sus espaldas sobre vidrios despedazados; en el segundo, a los
jovenzuelos que no conocen otro ambiente que el de los cinturones de miseria;
y, en el tercero, a los que abandonan sus lugares de origen para establecerse
en conglomerados carentes de servicios públicos. Estos últimos, al emigrar
directa o familiarmente del campo hacia la ciudad, por su misma naturaleza
tratan de romper con sus raíces y se incorporan a un mundo desconocido donde
son presa fácil de los manipuladores sociales que, en la mayoría de los casos, los
utilizan como carne de cañón. La población rural que se
integra al ecosistema citadino, da por imitar burdamente a la comunidad donde
le toca convivir; olvida los valores morales que le inculcaron allá en el campo
y se somete a las directrices que le marca la propia calle. En cuanto a los menores de
edad que en la calle acrecientan el fenómeno en comento, ellos mismos han dicho
que nada se le puede exigir a un huerco que ha sido educado a golpes; que vive
en zonas donde la muerte prevalece y prácticamente no existe la vida; donde hay
una sociedad podrida que apesta con todo y su agua potable, pues ellos han
vivido ahí, exactamente, donde el hambre y la ignorancia no ofrecen ninguna
expectativa de vida. Sobre todo porque en las zonas
con mayor marginación social (que regularmente ni siquiera conocen los
funcionarios públicos), habitan menores que como guía social sólo conocen la
violencia, el robo y la miseria. En cuanto a valores morales,
ellos mismos han respondido así a preguntas de sociólogos: “¿El amor?, ¿qué es
eso? Con todo y lo anteriormente
comentado, mañana habrá festejos a granel por el Día del Niño. Em@il: jusam_gg@hotmail.comgolpeagolpe@prodigy.net.mx
Juan Sánchez Mendoza
Ha ejercido el periodismo durante más de tres décadas, alcanzado premios estatales en dos ocasiones; autor del libro "68. Tiempo de hablar"(que refiere pormenores del memorable movimiento estudiantil); autor de ensayos literarios; y reportero de investigación de tiempo completo, acá en territorio nacional y más allá de nuestras fronteras y del continente americano.
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